Presentación de La racionalidad deshumanizante de Elton Honores


La investigación literaria en el Perú ha privilegiado el estudio de la novela y el cuento de cuño realista y ha dejado de lado el relato de ciencia ficción. Autores como José María Arguedas, Mario Vargas Llosa y Ciro Alegría, entre otros, se enmarcan en el ámbito de la tradición realista. Dicha perspectiva de la investigación literaria ha olvidado el relato fantástico que tiene cultores como Luis Loayza, José Adolph o Harry Belevan en el Perú. Sin duda, hemos asumido una falacia sin darnos cuenta: creer que un cuento realista es superior a un relato fantástico. Asimismo, pensamos también equivocadamente que el primero puede hacer una mejor crítica política que el segundo. La investigación de Elton Honores intenta, con éxito, develar ese error y superarlo merced a un trabajo impresionante con las fuentes bibliográficas. Ha publicado libros tan importantes como Mundos imposibles. Lo fantástico en la narrativa peruana (2010) y La civilización del horror. El relato del terror en el Perú (2014). Honores navega a contracorriente, pues la investigación especializada ha dejado fuera del canon a ciertos autores de relato fantástico que él desea revalorar y estudiar rigurosamente. El rigor filológico de Honores es digno de mención. Primero, busca los textos literarios olvidados injustamente por los críticos literarios oficiales. Segundo, revisa la bibliografía secundaria hasta agotarla. Tercero, indaga por las fuentes teóricas sobre la literatura fantástica.
El libro que hoy nos convoca --La racionalidad deshumanizante. El teatro político y la ciencia ficción (1886-1989) — es un sesudo estudio sobre el teatro peruano que abarca más de un siglo y consigna una bibliografía de más de 30 páginas al final del volumen. Sabemos que el género teatral ha sido casi olvidado en el Perú. Hay investigadores peruanos expertos en narrativa como Antonio Cornejo Polar o José Miguel Oviedo o Tomás Escajadillo; o en poesía, como Estuardo Núñez o Alberto Escobar o Américo Ferrari. No sucede así con el teatro que espera un análisis más minucioso y provisto de un marco teórico riguroso. El ensayo de Honores contribuye en llenar ese vacío y se encuentra dividido en cinco capítulos.
En el primero, el autor se sitúa en una perspectiva diacrónica, es decir, intentar dar cuenta del proceso del teatro latinoamericano. Sin lugar a dudas, un análisis de las obras teatrales no debería dejar de lado la ubicación de estas en el panorama de la literatura peruana. Honores, en este caso, se sustenta en Beatriz Risk, quien distingue tres generaciones: la realista, que abarca desde 1890 a 1920 y se caracteriza por el funcionamiento de códigos naturalistas y costumbristas; la vanguardista, que comprende desde 1920 a 1950 e implica la exploración onírica y de una realidad múltiple; y, por último, la del nuevo teatro, que empieza desde 1950 y llega hasta 1980. En lo que concierne al Perú, el investigador plantea cinco períodos: el del teatro costumbrista (desde el siglo XIX hasta 1945) con autores como Manuel Ascensio Segura, Felipe Pardo y Aliaga, Leonidas Yeroví, entre otros; la etapa del teatro poético (1945-1960) que se halla representado por Jorge Eduardo Eielson, Felipe Buendía, Sebastián Salazar Bondy, Juan Ríos, por ejemplo; el período del teatro arte (1956-1968) donde se sitúan Julio Ramón Ribeyro, Enrique Solary Swayne, Juan Rivera Saavedra, verbigracia; la etapa del teatro político (1968-1980), representado por Alonso Alegría, Alberto Mego, José Adolph, entre otros; y, por último, el período del teatro de violencia política y de conflicto armado (1980-2000), momento donde aparecen grupos como Cuatrotablas o Yuyachkani y autores como  Rodolfo Hinostroza o Roberto Sánchez Piérola. Después de ese panorama histórico, Honores emprende el estudio del teatro de ciencia ficción. Lo primero que constata es que este último ha sido muy poco estudiado en Latinoamérica.
Ahora me gustaría centrarse en la obra del poeta, cuentista, ensayista y dramaturgo Rodolfo Hinostroza, figura imprescindible de la llamada generación del sesenta. Como sabemos, Hinostroza publicó dos poemarios capitales: Consejero del lobo (1965) y Contra Natura (1971). Asimiló los aportes de Saint-John Perse, Ezra Pound y Charles Olson para pergeñar una obra neovanguardista de gran experimentación en la página en blanco, a la manera del simbolista Stéphane Mallarmé. Asimismo, produjo relatos de ciencia ficción como “La memorias de Drácula” y un ensayo dedicado a Mallarmé. Sin embargo, escribió Apocalipsis de una noche de verano (1987), una obra teatral (basada en Sueño de una noche de verano de William Shakespeare) que es analizada minuciosamente por Honores y que se sitúa en el ámbito del peligro nuclear en el contexto de la Guerra Fría entre la ex Unión Soviética y los Estados Unidos. Honores afirma: “Hinostroza confronta  el mundo de las hadas con el de los humanos, ambos en dos planos distintos de realidad. Como seres mitológicos, aquellos pueden intervenir en las acciones humanas, o confundirlos, pero sus objetivos son distintos: los seres élficos son lascivos y buscan la plena satisfacción sexual, mientras que los humanos, la destrucción. Así, Eros y Thanatos dominan ambas realidades” (p. 158). En tal sentido, como señala Fernando de Diego Pérez, se formulan dos realidades en Apocalipsis de una noche de verano: el teatro isabelino y la realidad latinoamericana, sometida a los intereses del imperialismo estadounidense.
El libro de Honores permite reflexionar sobre algunos aspectos metodológicos de la investigación literaria. El investigador intenta, como dice Antonio Cornejo Polar en otro contexto, “historizar la sincronía”, es decir, analizar el proceso de las obras teatrales de ciencia ficción sin olvidar el abordaje de los mecanismos textuales de cada texto. Asimismo, Honores hace una revisión puntillosa de la bibliografía secundaria que examina cada obra teatral y su vínculo con la tradición literaria. No se ciñe a un solo método, sin que manifiesta una pluralidad metodológica y un acercamiento interdisciplinario muy valiosos e innovadores. Por todo lo expuesto, felicito a Elton Honores por esta nueva entrega, así como invito al público receptor a  leer este ensayo que ilumina el estudio del teatro en el Perú.


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