domingo, noviembre 21, 2010

UN NUEVO POEMARIO DE CARLOS LÓPEZ DEGREGORI


La obra poética de Carlos López Degregori (Lima, 1952) se ha ido cimentando con el tiempo. Su incesante búsqueda de la palabra exacta, su asimilación de la poética simbolista de la sugerencia y de la imaginería heredera del surrealismo son un ostensible testimonio de cómo este poeta ha ido madurando, desde sus primeros libros, hasta llegar a una poesía de gran intensidad verbal, pero que no cae en el hermetismo (sinónimo, a veces, de retórica) y, además, evita el exceso prosaísta. Gran lector de los poetas de los años cincuenta y cultivador persistente del poema en prosa, López aún espera una lectura detenida de su poesía cuyo aporte a la lírica peruana contemporánea todavía no ha sido calibrado en su verdadera dimensión. La crítica literaria especializada tiene una deuda con él. No hay un solo libro íntegro que esté centrado en el estudio de esta escritura. Existen solo ensayos y aproximaciones de carácter fragmentario: nos falta una investigación que dé cuenta del recorrido cautivante de un poeta que ha pergeñado ya nueve libros y ello constituye la huella de una indesmayable fe en la palabra y de un pertinaz ejercicio del hacer literario.
Tengo en mi escritorio Una mesa en la espesura del bosque (Lima: Peisa, 2010). Acabo de releer el poemario. Lo leí por vez primera días después de la presentación del mismo que estuvo a cargo de Luis Chueca y Eduardo Chirinos. Debo confesar que sus palabras aún no han perdido, para mí, su frescura inicial. El texto atrapa al lector desde la primera página. Sospecho que es por un abanico de razones: una de ellas es la musicalidad de la palabra. Si algo no sacrifica López es el ritmo de su poesía que se sostiene a través de un puntilloso escandido de las líneas del poema y de una alternancia, muy bien pensada, entre el verso corto y el de largo aliento. El lector siente las pausas que han sido meditadas con minuciosidad y laborioso oficio. Otra razón es la difícil sencillez que se respira en Una mesa en la espesura...; diría que es una simplicidad engañosa, porque si uno indaga por el sentido del discurso poético, percibe que hay una complejidad, entre bambalinas, que asoma solo en la profundidad de los versos. Un tercer asunto digno de ser puesto de relieve es la madurez reflexiva (es decir, un largo camino vital) que se desprende de este poemario. Da la sensación de estar ante alguien que no solo ha vivido mucho, sino que ha meditado largamente sobre la problemática de la convivencia humana.
"Una barca de piedra" puede iluminar, un poco más, el panorama: "Soy un repetidor/ Todo lo que dices lo anoto con amorosa exactitud/ pesando cada hebra de sentido.// Cuando duermes hablo contigo lo que duermes./ Cuando gritas anticipo las palabras/ que no te atreves a pronunciar". Esta imagen del yo respecto del "tú" configura no solo una imagen de dos amantes que son el anverso y reverso de una sola moneda, sino la concepción de cómo el sujeto presagia lo que va a pronunciar, con temblorosos labios, el otro. Esa suerte de diálogo por anticipado transforma al poema en un elogio de la palabra del otro. El hecho de anotar los posibles vocablos del "tú" configura el espesor del deseo y su posicionamiento en el cosmos.
Uno de los poemas más sugestivos del libro es "Pulsos" que describe la escena de reposar apoyando la cabeza en una ventana de avión mientras que este se desplaza a 30000 pies. Me pregunto: ¿qué reflexión aflora en el yo en medio de la noche? La humanización del "ave nocturna", el fuselaje, las luces que se encienden y se apagan, abren paso a una honda reflexión sobre la fugacidad de la vida.
Metáforas que se imbrican una tras otra. Símiles que parecen inagotables. Tacto narrativo. Mesura, pero a la vez intensidad. Innumerables aciertos en este notable poemario de López Degregori.

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