martes, agosto 22, 2006

REDES METAFÓRICAS EN LA PIEDRA ALADA E HISTORIA NATURAL, DE JOSÉ WATANABE/ CFC


El último libro de José Watanabe (Laredo, 1946) ha tenido un indiscutible éxito en España. Estuvo más de veinte semanas entre los poemarios más vendidos y ha concitado un creciente interés por parte de la crítica especializada. Nos estamos refiriendo a La piedra alada (2005). Quisiera realizar un análisis estilítico-estructural del poema que tiene el mismo título que el libro, poniendo de relieve las figuras retóricas con el fin de interrelacionar los componentes figurativos y la cosmovisión que subyace al texto literario. Luego trataremos de relacionar la propuesta de La piedra alada con la simbología animal presente en Historia natural (1994) para situar la reflexión de Watanabe sobre la base de un análisis intertextual que precise semejanzas y diferencias entre ambos poemarios. Planteamos la necesidad de una retórica expandida sobre la base de los planteamientos de Stefano Arduini[1]. Sin embargo, antes de concentrarnos en el análisis del mencionado poema, resulta pertinente abordar el sentido del título del poemario en vista de que el poeta moderno, desde Baudelaire hasta nuestros días, organiza su libro tomando en cuenta el recorrido del sentido concebido como una corriente continua que va del primer poema hasta el último al interior de esa unidad semántica denominada poemario.

A)LA SIGNIFICACIÓN DEL TÍTULO DE LA PIEDRA ALADA

El título funciona como un paratexto fundamental porque es un anticipador de los contenidos semánticos que se actualizan en un texto literario. Watanabe suele elegirlo con mucha minuciosidad; por ejemplo, Historia natural en tanto título alude a una suerte de síntesis dialéctica entre la “civilización” y la “naturaleza”. Para Watanabe, hacer una “historia natural” significa tomar como punto de partida la transformación de animales y vegetales con el fin de reflexionar acerca de ciertos temas fundamentales como la fugacidad del tiempo, el papel de lo onírico en la vigilia y el funcionamiento de la reciprocidad como principio medular para la sobrevivencia de las especies. Además, el poeta considera que algunos aspectos de la naturaleza (la vida de la iguana o del pájaro chotacabras) permiten esclarecer algunas características de la civilización.

La piedra alada --en tanto título-- profundiza en la simbología de la piedra y retoma lo que Gaston Bachelard[2] denominaba la poética de las alas. Se trata de un oxímoron que realiza el emparejamiento siguiente: LO ESTÁTICO TIENE MOVIMIENTO. Desde una óptica cognitiva, debemos entender que la piedra posee vida y la posibilidad de un desplazamiento de la esfera de lo bajo al ámbito de lo alto. Más adelante profundizaremos en el análisis del poema “La piedra alada” con el fin de precisar algunos componentes semánticos complementarios.

Sin embargo, resulta pertinente desarrollar algunas connotaciones de la piedra en algunos poemas del libro. En “La piedra del río” se afirma que ella se confunde con la madre, se eleva ocupando una dimensión espacial medular y llega casi a constituir una suerte de Axis mundi[3] (un eje a partir del cual se ordenan los objetos e individuos del mundo); no obstante, el poeta rechaza inmediatamente la metáfora de connotaciones maternales y subraya la diferencia esencial entre la piedra (que guarda la intimidad del ser humano) y la madre (que yace muerta y olvidada por sus hijos). “La boca” destaca que las piedras poseen una connotación casi arqueológica y semejan “huesos de un animal prehistórico”; en ese sentido, son restos del accionar de los seres vivos en el mundo. En “Los bueyes”, Watanabe remarca que éstos son de piedra y se miran de modo agresivo como testimonio de que la vida es una lucha constante. “Jardín japonés” concibe a la piedra como un modelo ético: enseña discreción y humildad. Por su parte, el poema “Las piedras de mi hermano Valentín” asocia al elemento pétreo con el sol y las imágenes caloríferas: la flama y lo ígneo parecen hermanarse para constituir la cura de las enfermedad, hecho que permita amenguar el dolor sobre la base del empleo de un saber periférico, cuestionador de los preceptos de la medicina convencional que ocupa la posición central del discurso del poder hegemónico.


B) ANÁLISIS DEL POEMA “LA PIEDRA ALADA”


Abordemos este texto porque es una muestra de la simbología de la piedra en la lírica de Watanabe:

El pelícano, herido, se alejó del mar
y vino a morir
sobre esta breve piedra del desierto.
Buscó,
durante algunos días, una dignidad
para su postura final:
acabó como el bello movimiento congelado
de una danza.

Su carne todavía agónica
empezó a ser devorada por prolijas alimañas, y sus
huesos
blancos y leves
resbalaron y se dispersaron en la arena.
Extrañamente
en el lomo de la piedra persistió una de sus alas,
sus gelatinosos tendones se secaron
y se adhirieron
a la piedra
como si fuera un cuerpo.


Durante varios días
el viento marino
batió inútilmente las alas, batió sin entender
que podemos imaginar un ave, la más bella,
pero no hacerla volar.



Hay una metáfora medular, en el tercer verso, que asocia la brevedad de un texto o de una acción con la dureza de una piedra. No es exagerado afirmar que la piedra es vista como la página en blanco en la que se inserta el cuerpo del pelícano como si éste fuera un conjunto de palabras que va del mar (=la comunicación plena) al desierto (=el silencio). Este tránsito, este desplazamiento son indicios de una migración y una búsqueda. El pelícano migrante está humanizado y busca una muerte digna. Identifica un espacio que le permita entregarse a los brazos de la muerte y dejar su huella a través de la asunción de una determinada postura que constituya el sello personal, intransferible del paso del ser vivo en el mundo.

Un oxímoron (“bello movimiento congelado/ de una danza”) constituye una apología del pelícano que se aferra y deja testimonio de ese hecho ante la página en blanco (=la piedra). Sería pertinente profundizar deshilvanando los contenidos figurativos: el movimiento del pelícano agónico equivale al de un bailarín que permanece casi inmóvil siguiendo los acordes de una danza. ¿Un movimiento inmóvil? ¿Una oscura claridad? ¿Una música muda? Según Arduini[4], el oxímoron se inserta en el campo figurativo o cognitivo de la antítesis porque revela una radical oposición entre dos isotopías: la vida frente a la muerte en este caso. Además, el poema manifiesta la belleza de una síntesis: el pelícano es un cuerpo danzante al filo de la muerte; del mismo modo, un artista que baila, busca la perfección de su arte y su figura (ora en movimiento, ora en actitud estática) hace que la música pueda vincularse a la inmovilidad y a una atmósfera de hielo. El frío se liga culturalmente a lo inerte; pero lo interesante del texto es que las imágenes gélidas poseen una dimensión estética. Y sin esta última, la vida –según el poeta— no parece adquirir un pleno sentido.

De ahí que adquiera significación la personificación del componente pétreo: “Extrañamente/ en el lomo de la piedra persistió una de sus alas”. El cuerpo del pelícano se adhiere al de la piedra. Pareciera haber una infrecuente cercanía entre el animal y esta última. La persistencia, como antes lo era la dignidad, constituye un valor que tiene trascendencia y vence a la muerte. El animal muere, pero deja su rastro imborrable. La adherencia a la roca significa que el pelícano humanizado da su testimonio: las palabras se “pegan” a la página en blanco de modo inevitable.

El final confiere al poema una enorme complejidad. El viento marino que representa la posibilidad de una plena comunicación no puede hacer volar al pelícano. Ha triunfado el silencio, pero incluso éste tiene belleza porque es sinónimo de cómo un ser vivo concibe que la vida, hasta en los momentos más arduos, es sinónimo de lucha constante.

¿Cuál es la cosmovisión que subyace a “La piedra alada”? Resulta imprescindible señalar que en Historia natural (1994) ya se manifestaba el funcionamiento de un bestiario, pues cada animal esconde una profunda simbología que es necesario desentrañar. El título de cada poema, a veces, hace referencia a cierto animal. En la segunda sección de Historia natural ello es evidente.

Los bestiarios fueron muy usuales en la Edad Media para propagar una cosmovisión religiosa y provocar, en el lector, el miedo al infierno. En la literatura latinoamericana, tenemos el caso de Juan José Arreola, quien en Bestiario (1959) plantea que el rinoceronte representa al filósofo positivista que embiste de modo embravecido y ciego; el elefante, a la maquinaria pesada, pero dotada de una buena dosis de inteligencia y memoria; el búho, al intelectual kantiano que se solaza en su teoría del conocimiento; y la hiena, a la violencia criminal que ha obtenido innumerables adeptos en el mundo moderno. Arreola traza un diagnóstico de la modernidad a partir del análisis de los animales más representativos. Se trata de un antecedente medular de Historia natural; no obstante, hay diferencias sustanciales.

Recordemos la simbología de algunos animales en Historia natural. Para Watanabe, la lagartija (en “La estación del arenal”) se asocia con la vida fugaz, está oculta y observa al yo poético. Revela un comportamiento imperturbable, ya que no se deja inquietar por ningún ruido. No resulta capaz de enfrentar obstáculos muy exigentes. El poeta afirma de modo contundente: “Huiría/ si resonara en el aire lo que confusamente está dentro de mí”; es decir, no podría resistir la percepción de las contradicciones más profundas de la interioridad del hablante. En tal sentido, no es un animal resistente, sino más bien débil y huidizo. La lagartija huye entre los médanos y hace que la arena se caiga suavemente. Simboliza a esa frágil existencia que, cuando menos lo esperamos, se nos escapa de las manos.

La iguana (poema “En el desierto de Olmos”) tiene un alto contenido mágico para Watanabe en vista de que se sacrifica y se goza de su carne; no obstante, si se arroja sus huesos a un perro, entonces éste puede estremecerse: la iguana puede luchar ya sin vida contra un enemigo porque tiene poderes que parecen ir más allá de la muerte. Hay que considerar que el poeta considera que la verdad puede tener un contenido mítico y ella es representada por la iguana.

Aquí se observa que la verdad se construye a partir del empleo del mito como discurso explicativo que actualiza una determinada cosmogonía; así, Watanabe cuestiona la primacía del conocimiento científico oficial e intenta asumir un saber marginal que se manifiesta en el universo de la cotidianidad.

El pájaro chotacabras y el toro (en “El acuerdo”) representan la reciprocidad en el imaginario popular porque llegan a un consenso: el primero se posa sobre el segundo y logra que la bestia se quede en paz, pues ésta escucha que las uñas del ave le rascan su piel y “siente/ la lengüita/ que le limpia la sangre de la matadura”. El pico –dice el poeta—actúa como si fuera un instrumento de enfermera y cura al animal del dolor que le causa la sangre que brota de su cuerpo.

He ahí una imagen que rebosa de ternura. En realidad, subyace a este poema un proyecto social: llegar a un acuerdo presupone dominar a la bestia (es decir, la violencia y el autoritarismo). No hay desarrollo ni progreso social sin un acuerdo previo que posibilite un entendimiento entre las partes: el pájaro chotacabras le transmite afecto al toro y éste deja la agresividad y se entrega a las riendas de la paz.

El ciervo personifica el deseo de eternidad que subyace al ser humano cuando se entrega al mundo de los sueños: aquél manifiesta elasticidad y una potencialidad de vuelo. Si viene un cazador y le da muerte, entonces el ciervo levanta sus alas y huye hacia el cielo. Hay la idea de que su saliva es milagrosa, pues cura las heridas. Además, el yo poético sueña con ese animal (“Mi miedo volverá a cubrirlo de atributos/ de inmortal”) y a veces éste le provoca una ira inmensa: el hombre es fugaz, pero en el ámbito onírico aparece la imagen del ciervo que vence la muerte y se eleva hacia la bóveda azul.

La oruga encarna el trabajo penoso para convertirse en un ser de aire (la mariposa). El poeta afirma que los animales poseedores de alas tienen más prestigio que los afincados en la tierra. Por ejemplo, en Occidente, una paloma blanca simboliza la paz; en cambio, una serpiente, la tentación y el pecado. La conversión de oruga a mariposa lleva implícita la necesidad del arduo trabajo para el progreso individual y colectivo: “Te he visto ondulando bajo las cucardas, penosamente, trabajosamente”. Según Miguel Ángel Huamán, la oruga permite saber que “[e]stamos frente a la muerte de las utopías y del ideal de la modernidad. Ubicados en un reino regido por la razón instrumental, por lo mismo, instalados en la duda irónica frente a la posibilidad de convertirnos en otros”[5]. Es decir, la imposibilidad de la transformación a causa de la crisis del proyecto de la modernidad.

Los caballos (en “Las rodillas”) se asocian con la luz y la posibilidad del descanso en la yerba. Sorber agua significa, para los potrillos, sumergirse en la pureza de ésta para respirar la luz. Además, los caballos frotan su cuerpo en la corteza de los pinos y ello les produce un placer indescriptible. Recuerdan la historia del deán Antonio de Saavedra, quien, según el poema, vio los sembríos muertos, entonces “se arrodilló delante del agua represada/ y así avanzó, rompiendo las piedras con sus rodillas”. Su esqueleto se encuentra en la iglesia de Huanchaco.

En La piedra alada, Watanabe retoma algunos elementos de Historia natural. Por eso, el pelícano migrante representa la manera como los seres vivos se adhieren a la vida y dejan testimonio de las vicisitudes de la existencia. Al final, terminan muriendo con dignidad, pero luchando hasta el último momento. Este proceso tiene, para el poeta, una inocultable dimensión estética: el ala del pelícano muerto tendrá siempre una belleza inigualable.




[1] Stefano Arduini. Prolegómenos a una teoría general de las figuras. Murcia, Universidad de Murcia, 2000.
[2] Gaston Bachelard. El aire y los sueños. México, FCE, 1993, p. 85.
[3] Cf. Mircea Eliade. Lo sagrado y lo profano. Bogotá, Labor, 1996, p. 38.
[4] Ibídem, p. 119.
[5]Miguel Ángel Huamán. “Poesía: modernidad y postmodernidad: dos poemas”. En: Socialismo y participación, Nº 58. Lima, agosto de 1999, p. 144. Se trata de uno de los pocos trabajos rigurosos sobre la poesía de Watanabe.

No hay comentarios.: