martes, mayo 14, 2013

Entrevista en portal "Libros peruanos"




El portal "Libros peruanos" me hizo una entrevista que salió en tres partes, donde analizo la poesía de César Moro y la de Wáshington Delgado, entre otros temas. Las preguntas son de Alejandro Mautino.

http://www.youtube.com/watch?v=oEbyGoh4yh4

http://www.youtube.com/watch?v=S56L_v8-DBA

http://www.youtube.com/watch?v=VOWDCXCgYw8

domingo, abril 14, 2013

"Lumbra" de Benggi Bedoya


¿Estamos en una época de mitificación o en un contexto donde reina la perspectiva desmitificadora de los grandes íconos de la cultura occidental? Umberto Eco había hablado de una desmitificación de la simbología de ciertos repertorios institucionalizados. Hay algunos autores que trabajan con el imaginario grecolatino para hacerlo dialogar con el presente.

El primer poemario de Benggi Bedoya Rosales (Chimbote, 1986) lleva por título Lumbra (Lima: Paracaídas, 2012, 27 pp.) constituye una búsqueda incesante de nuevas formas expresivas. Opta por un recurso que recuerda el empleado por Blanca Varela en Ese puerto existe: el ocultamiento del yo femenino a través de un locutor masculino. La poeta escribe: “Cuando fui niño/ armé cada una de las piezas/ Con la licencia/ del primer aprendizaje” (p. 9). Además, utiliza las referencias mitológicas: hay un poema que lleva por título “Apolo” y otro, “Dafne”. En el último caso, la escritora subraya la oposición de esta última a la “poética del cuerpo”. Dafne termina siendo “el laurel abominable”, después de haber sufrido los efectos de la flecha de Eros. En cuanto al dios Apolo, este es calificado como vanidoso y como un ser “Invisible al escultor”. Hay otro texto que está centrado en la figura de Dédalo, famoso por haber construido el laberinto de Creta, sin embargo, el corazón de Dédalo se oculta en este último. Podríamos comentar el poema dedicado a Ícaro o el consagrado a la figura de Ariadna.

La propuesta de Bedoya se sustenta en la vuelta al tiempo mítico, al origen y al reencuentro del ser humano con los dioses grecolatinos. Desarrolla, además, la simbología del fuego, tan cara a las propuestas de Gaston Bachelard y de Mircea Eliade. Por eso, el fuego es asociado con lo sagrado en el primer poema. Posteriormente en “Sin nombre” se alude al “osario de las flamas/ Que mueren lentamente” (p. 7). El ritmo de los versos está logrado, quizá faltó mayor originalidad en lo que concierne al uso de las referencias mitológicas. Por momentos, da la impresión de que estas no dialogan, de manera fecunda, con la modernidad, sino que permanecen en el ámbito de lo convencional. Al margen de ello, Lumbra es un poemario que revela el indiscutible talento de su autora.

martes, marzo 19, 2013

I Coloquio Internacional de Retórica e Interdisciplina







En la ciudad de Mendoza (Argentina), del 21 al 24 de marzo, se realizará el I Coloquio Internacional de Retórica e Interdisciplina, organizado por la Asociación Latinoamericana de Retórica y contará con la presencia de ponentes como Marc Angenot (Universidad McGill - Canadá) y Philippe Joseph Salazar (Director de Estudios Retóricos de la Universidad of Cape Town, Sudáfrica). La información completa se puede ver aquí.

domingo, febrero 10, 2013

La poesía reunida de Jorge Eslava




Autor de tres poemarios y de varios libros de literatura infantil, Jorge Eslava (Lima, 1953) ha realizado una silenciosa pero significativa carrera poética.  Ítaca (1983) obtuvo el Premio Copé de Poesía en 1982; Territorio (1989) confirma su predilección por el afinamiento formal del poema; y Escollera (1992) recrea el viaje del poeta a Lisboa y la exploración del tema de la familia, tan caro a cierto autores como César Vallejo y Pablo Guevara, entre otros. Estos tres libros acaban de ser reunidos en un volumen que lleva por título Las marcas. Poesía reunida (Lima: Borrador, 2012, 158 pp.) y que tiene la virtud, además, de incluir tres prólogos, cada uno de los cuales lleva la firma de Carlos López Degregori, de Ana María Gazzolo y Eduardo Chirinos.

En Ítaca observo el influjo de la poesía de Constantino Cavafis, uno de los grandes poetas griegos contemporáneos. Eslava ha sabido asimilar la sutileza descriptiva de aquel escritor y, asimismo, se ha nutrido de la lectura gratificante de Luis Cernuda, sobre todo el de Los placeres prohibidos. De dicho poeta español, Eslava toma dos versos notables: “Qué ruido tan triste el que hacen/ dos cuerpos cuando se aman”. Ítaca se desliza entre las referencia helénicas y el sugestivo tema  del cuerpo: “Contra las galaxias transparentes/ los mares inflamables de tu cuerpo” (p. 22). El locutor desarrolla la metáfora de entrar a la casa del cuerpo y el estremecimiento de los espacios corporales hasta vincular a estos con los ejes temporales: “tu cuerpo recién lavado a medianoche,/ sobre la penumbra/ que recibe cada movimiento que articular,/ trémula aún” (p.25). El tono levemente laudatorio (otra lección de Cavafis) es, por momentos, inquisitivo a través del empleo de interrogantes sucesivas. Las preguntas, en algunos poemas, se suceden una tras otra y el poeta insiste en que la respuesta parece estar lejana como una montaña.

Territorio insiste en privilegiar el espacio donde el poeta se solaza en la reflexión sobre el propio hacer literario. El primer texto configura una poética: “Me basta este poco de soledad,/ el temblor de viento y de una humana inquietud” (p. 71).  El locutor redujo los libros: no basta la erudición para escribir poesía, parece decirnos. Los hijos y la amada duermen en paz; pero el poeta prefiere enredarse en su soledad para expresar su disconformidad en el mundo: la inquietud es, aquí, sinónimo de anhelo insatisfecho y de indagación constante. Eslava insiste en describir una escena (por ejemplo, en “Mujer comiendo una manzana”) a la manera de un pintor que configura una silueta: una mujer duerme, otra se halla “De pie ante la ventana” (p. 77), una tercera se encuentra “descalza sobre la madera” (p. 80). El paisaje lo completa la orilla del mar (léase la marea) al lado de la rotunda presencia de la familia: “Mi hijo trepa/ el árbol y yo debiera, desde adentro, prevenirle” (p. 84).

Escollera es el último libro de Eslava y allí se intensifica la recurrente presencia del mar: “Todo lugar era el mar. Y cada momento” (p. 122). La gran metáfora que preside este poemario es que la vida es el mar y sin este, aquella no posee sentido alguno. En tal sentido, no se percibe claramente los límites entre lo humano y lo marítimo: “Las olas estallaban contra tu frente” (p. 121). El hablante busca, por eso, en los corales la respuesta a las más profundas preguntas sobre su existencia humana. “Diego Alonso” es un poema intenso, pues allí se representa a un niño que juega con un montículo de arena sin advertir la oleada producida por el crujir del viento: la marea vence y el niño percibe la derrota, pero se da cuenta de que la existencia es solo sinónimo de lucha constante: “él contempla la derrota inesperada y descubre/ una minúscula constelación de algas y guijarros” (p. 135).

Las marcas es una valiosa recopilación de la poesía de Jorge Eslava, un escritor identificado con la palabra y la creatividad. Revela, a todas luces, cómo el poeta se ha mantenido fiel al afinamiento formal al servicio de la honda reflexión acerca de los laberintos de la existencia humana.



domingo, diciembre 23, 2012

"El río imaginado" de Alejandro Susti




Docente universitario, compositor y músico, Alejandro Susti (Lima, 1959) ha publicado cinco poemarios: Corte de amarras (2001), Casa de citas (2004), Cadáveres (2009), Escombros de los días (2010) y El río imaginado (2012). En su trayectoria como poeta, puedo reconocer dos momentos: el período de los inicios constituido por los tres libros, donde se observa la búsqueda de un estilo propio y el influjo de la poesía de Antonio Cisneros y Luis Hernández, entre otros poetas de la llamada generación del sesenta; y la etapa de madurez que comienza con Escombros de los días y culmina con El río imaginado, poemario que obtuvo el Premio Copé de Plata, otorgado por Petroperú, en 2011. Un tema que recorre la obra de Susti, a partir de Cadáveres, es el de la muerte y que cobra auge en Escombros de los días: “Prefiero la vida del muerto:/ la dura persistencia de sus huesos/ la capa helada de sus días y fósiles de plata/ todo ello al fin idiota de nuestros pasos/ al hiato abrupto de los sueños” (p. 29). Dicha reflexión se centra en la figura paterna, por eso, algunos poemas, desde el título, anuncian ese recorrido semántico: “Cuerpo de mi padre (1)”, “La sangre de mi padre”, entre otros.

El río imaginado (Lima: Copé, 2012, 70 pp.) confirma las virtudes de Escombros de los días, pero posee una estructura más compleja y evidencia el empleo de la prosa poética: tiene dos partes que remiten a dos universos culturales disímiles (“Hemisferio Norte” y “Hemisferio Sur”). Desde el punto argumentativo, tenemos aquí una dimensión comparativa que subyace a dicho procedimiento. Se trata, sin duda, de oponer una experiencia de migrante latino en los Estados Unidos (“Postales americanas” se denomina el primer apartado de “Hemisferio Norte”) a  la vivencia de regresar al Perú (“Costa de Lima” es uno de los poemas más intensos al respecto). En otras palabras, estamos en presencia de lo que Antonio Cornejo Polar llamó “sujeto migrante”, aquel cuya memoria se halla fragmentada entre un “aquí” y un “allá”: puede mirar, desde el mundo andino, la urbe moderna, hecho que se observa en “Idilio muerto”, poema de César Vallejo; o en otros textos de Antonio Cisneros, donde se ve la ciudad de Niza a partir de la óptica de un profesor latino que ha migrado a dicha urbe.

Si bien la biografía no se refleja fielmente en un poema, sí constituye una cantera de experiencias inagotables. El propio Susti ha vivido durante varios años en Estados Unidos y ha regresado a Perú, particularidad que, de alguna forma, influye en su obra lírica. No obstante, un crítico literario no puede concebir que un poema constituya un reflejo mecánico de la vida del autor, pues de ese modo olvidaría el trabajo de filigrana con el lenguaje realizado por el poeta.

Uno de los grandes aciertos de El río imaginado es el cambio de tono que realiza Susti a lo largo del poemario. En Cadáveres había una cierta monotonía estilística que le quitaba fuerza y capacidad persuasiva al mencionado libro. En El río…, por el contrario, hay un tono narrativo (poema “Tierra prometida”), otro lírico (“El ojo que llora”), una dicción irónica (“Breve historia de Isabel Jones”), entre otras posibilidades. Esta característica es una lección muy bien aprendida de la lectura de poetas como Rodolfo Hinostroza y Antonio Cisneros.

En “Hemisferio Norte”, Susti asimila los aportes de sus maestros para configurar una crítica a la exclusión y marginación que sufren los latinos en los Estados Unidos. Para ello, emplea un simbología bíblica (Cisneros había hablado de la alegoría de la ballena para referirse a la alienación del mundo capitalista en “Apéndice del poema sobre Jonás y los desalienados”) y utiliza la noción de “tierra prometida” para desarrollar la idea de cómo los migrantes latinos se desplazan a los Estados Unidos buscando un horizonte más promisorio: “río de locomotoras y telégrafos y ferries  que acuchillan las distancias/ de los inmigrantes ilegales y la vida nueva hecha a plazos/ río del negocio de los caballeros de los clubes y casinos y monedas” (p. 11). El poema “Hormiga” recuerda algunos pasajes de Canto ceremonial contra un oso hormiguero, donde Cisneros. Susti remarca: “Eres una hormiga en los confines de un infierno nunca imaginado” (p. 13). Ello le permite al poeta reflexionar sobre la violencia en el mundo moderno: “aquel Padre ordenaba que el Gran Templo fuera destruido a cañonazos y pedradas, pues los simulacros –como todo en esta vida, anunciaba nuestro Padre—serían siempre condenados al polvo y al olvido” (p. 14). En “Banca del parque”, el hablante lírico desmitifica la noción de progreso. Tanto los exploradores como los colonos y exiliados buscan el paraíso perdido, pero este se transforma en “la proclama del Progreso enjaulada en la voz de un mercachifle” (p. 16).

“Hemisferio Sur”, por el contrario, se inaugura con el descenso del avión que llega desde Estados Unidos a Perú: “El pasajero va y viene, imaginado por el río” (p. 41). En tal sentido, el río de la vida (concebido por Jorge Manrique) pasa a ser el “río que durando se destruye” (Pablo Neruda). En la poesía de Susti, el río es la metáfora del movimiento del que migra buscando nuevos horizontes y regresa a su país para instalarse en el recodo de su patria: “Aterrizar, amerizar, posar sobre el agua del río” (p. 43). Poemas como “El cielo de Lima” o “Cerro San Cristóbal” son reflexiones sobre cómo el discurso de la violencia y de la muerte ha predominado en la historia del Perú.

El río imaginado es un poemario estructurado con solidez y busca la renovación de la poesía conversacional a través de la experiencia del sujeto migrante. Se trata, sin duda, del poemario más logrado de Alejandro Susti.

martes, diciembre 18, 2012

"Vacaciones de invierno"





La poesía peruana, a partir de los años ochenta del siglo pasado, transita por varias vías. Una primera tendencia pone de relieve la recuperación del legado del coloquialismo anglosajón que predominó a partir de los años sesenta con la obra de Antonio Cisneros y Rodolfo Hinostroza. Una segunda busca recuperar los aportes de la poesía de los años cincuenta y regresar a poetas como Jorge Eduardo Eielson, Blanca Varela o Javier Sologuren. Una tercera, por el contrario, enfatiza el hálito neobarroco y se sumerge en la lectura de la tradición.  La reformulación creativa de la poética conversacional, la vuelta al orden y el neobarroco son direcciones hacia las cuales tiende nuestra poesía.
En ese contexto, la poesía escrita por mujeres ha cobrado un auge indiscutible. Hay que mencionar a Rocío Silva-Santisteban, Mariela Dreyfus, Patricia Alva, Magdalena Chocano, Andrea Cabel, Monserrat Álvarez, Victoria Guerrero, entre otras, como testimonio de la importancia de la producción poética femenina en estos últimos años. Allí podemos situar el segundo libro de Ana Carolina Quiñonez que lleva por título Vacaciones de invierno (Buenos Aires: Vox, 2012,  33 pp.), cuya temática gira en torno al erotismo y a la familia como ejes fundamentales.
Frente a la poesía expansiva de algunos representantes de la poesía conversacional (por ejemplo, Miguel Ildefonso), Quiñonez prefiere el verso corto y sentencioso, austero en el empleo de la adjetivación y proclive al uso del encabalgamiento. En tal sentido, su escritura se emparenta con la de Gonzalo Rose en Simple canción o la de Blanca Varela en El libro de barro o Concierto animal. Por ello, Quiñonez toma distancia de la poética neobarroca de Rafael Espinosa más cercana al empleo de la adjetivación y al uso de un simbolismo de cuño distinto, como en su poemario Los hombres rana.
Vacaciones de invierno es un escueto volumen compuesto por quince poemas divididos en tres partes. En la primera (“Lecciones de nado”) predomina un erotismo “animalesco”, basado en la poética del olfato y de la mirada. Me hace recordar el título de un poema del surrealista César Moro: “El olor y la mirada”. Se trata de una poética que Gaston Bachelard llamaría la poética del agua, la que se basa en la fluidez de los afectos. La idea remite a la noción de “Agua sexual”, título de un célebre poema de Pablo Neruda de Residencia en la tierra. Como sabemos, el poeta chileno consideraba que el erotismo aproxima al ser humano a la fuerza cósmica de la naturaleza. Pero también se halla presente en la cosmovisión de Vicente Aleixandre en La destrucción o el amor: la concepción de que la desnudez acerca al hombre a las plantas y animales. Por su parte, Quiñonez yuxtapone elementos que se asocian tanto a la civilización como a la naturaleza: concibe que la piscina es un bosque y que los seres humanos, en el goce sexual, transitan como si fueran peces pequeños. El trabajo con la miniatura, tan importante en la obra de César Moro, se manifiesta en  el poema “El fin de la aventura”: el paroxismo sexual hace que los seres humanos se vuelvan entes pequeños, pues ya no están en una piscina sino solo en una pecera. Ello permite a la poeta cuestionar los convencionalismos sociales a partir del erotismo y del acercamiento a la casa de la naturaleza (“En la casa del árbol/ dejabas de ser un niño”). El yo poético deja de ser la “hija modelo” de sus padres y, por el contrario, se entrega al erotismo como una especie de liberación interior.
En la segunda parte (“Otros lugares”) se explora, más bien, el lado “animalesco” de la relación humana para configurar un bestiario: el animal que observa, atento, la urbe como sinónimo de modernidad, pero curiosamente esas ciudades se hallan desiertas. Sin duda, una contradicción, como si fuera más auténtico ser un animal en el más ilustre sentido de la palabra que caminar en un lugar citadino, pleno de habitantes. Posteriormente, el hablante procede a representar los afectos a través de las figuras de animales aéreos: “El estremecimiento/ es una criatura/ con alas”. Hay aquí una tendencia a enfatizar la importancia de las sensaciones olfativas en la relación erótica (“Tu nuevo olor seduce”, “El olfato de los insectos/ los impulsa/ a perseguir mis movimientos”). Por eso, en el poema “Otros lugares” se ve la oposición entre los animales y la modernización tecnológica. Los conejos, los topos y el lobo se van del bosque; pero parece que ellos no tuvieran espacio alguno en el mundo regido por la tecnología: los afectos también quedan excluidos, pues el final es contundente: “a través de la ventana/ se ve  la nieve/ filas de carros en las veredas/ alguna hojas secas// El lobo abandona el bosque// No hay ofrendas”.
En la tercera parte (“Vacaciones de invierno”) ya no predominan ni los peces ni el agua, sino la familia regida por dos personajes: el padre y la madre. Frente a la poética líquida del erotismo de la primera parte, aquí prepondera la atmósfera más terrestre. En tal sentido, la compleja relación entre el padre y el hijo se desarrolla en “La piel del caballo”. La figura paterna se asocia con la falta de comunicación, pues el padre mantiene la puerta cerrada frente al niño: “El niño/ conoce de memoria/ la entrada a un invernadero/ ahí se refugia/ del ruido de su padre/ y se pasea/ como un caballo// no busca ser invisible/ pero tampoco espera/ que lo reciban/ con las puertas abiertas”.  Casi un juego a las escondidas entre el padre y el hijo, coronado por una situación de desamparo: en el fondo, el niño parece sentirse en una honda soledad. El mismo tema se manifiesta en “Paseos familiares”: “Aún veo/ el asiento vacío/ reservado para mi padre/ en la montaña rusa/ donde me negaron la entrada/ varias veces”. En este caso, observo aquello que George Lakoff y Mark Johnson llaman “metáfora orientacional”, es decir, la basada en las relaciones abajo-arriba, dentro-fuera,  atrás-adelante, rodeante-rodeado, etc. Por eso, “la montaña rusa” se asocia con lo alto y con la esfera del poder paterno, a la cual el hablante lírico no tiene acceso alguno. Pero el “asiento vacío” revela cómo el poder, desde la ausencia, se percibe como algo casi incontrolable. El hablante  se autorreconoce en la casa de los espejos y se ve obligado a dejar un espacio para la figura paterna: “insistí en dejar un espacio/ para él”.  
Ahora bien, La configuración del bestiario (peces, caballo, insectos, etc.) que se evidencia en el libro alcanza su cúspide en la figura de la madre. En “Ningún temporal puede alcanzarte, madre”, el locutor personaje (el “yo”) se dirige a un alocutario representado (el “tú”) para sugerirle que proteja a las crías porque la madre antropófaga puede devorarlas. Imagen mitológica de gran contenido simbólico. La familia se halla totalmente desintegrada, vale decir, hecha añicos. La madre únicamente tiene en mente “los reclamos/ que le harían sus hijos/ cuando le diesen/ la noticia”. Cuando el yo le dice al tú que insemine el vientre de la hembra, entonces sugiere la necesidad de un ritual de fecundación que esté más allá de toda conducta antropófaga.
Vacaciones de invierno es un buen poemario. Quizá en algunos textos (por ejemplo, en “El plástico de los edificios”) la concentración verbal no llega a cuajar plenamente: el poema corto es un género muy difícil. Los maestros japoneses usaban el haiku y en tres versos traducían genialmente la percepción de un instante. Los poetas herméticos italianos, como Giuseppe Ungaretti, manejaban con destreza el poema corto. Al margen de ello, Vacaciones de invierno tiene densidad, hondura y un sugerente simbolismo.