sábado, diciembre 28, 2013

Un nuevo libro de David Sobrevilla



Filósofo de renombre, profesor universitario, investigador infatigable y autor de una prolífica obra, David Sobrevilla (Huánuco, 1930) es autor de libros imprescindibles como Repensando la tradición occidental. Filosofía, historia y arte en el pensamiento alemán (1986), Repensando la tradición nacional (2 volúmenes, 1988 y 1989), César Vallejo, poeta nacional y universal (1994), entre otros. Una de las labores que ha emprendido con entusiasmo, hace algún tiempo, ha sido la de repensar la obra de José Carlos Mariátegui a la luz de los nuevos aportes en el ámbito de la filosofía y de las ciencias sociales en el mundo actual. Al estudio de la obra del Amauta, le ha dedicado un notable libro: El marxismo de Mariátegui y su aplicación a los 7 ensayos (2005). En esa misma senda se ubica Escritos mariateguianos. Artículos y reseñas en torno a José Carlos Mariátegui y su obra (Lima: Fondo Editorial de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega, 2012. 244 pp.) Sin duda, Sobrevilla maneja en sus libros una bibliografía sobre Mariátegui que es muy completa, de manera que ha leído textos sobre el Amauta que han sido publicados no solo en español, sino también en alemán, inglés, italiano y francés, entre otros idiomas.
Escritos mariateguianos se halla dividido en dos partes: artículos y reseñas. En la primera, hay ocho ensayos; en la segunda, siete comentarios a libros de reciente aparición sobre la obra mariateguiana. En el primer ensayo (“La visión estética del arte y de la literatura de su tiempo”), Sobrevilla subraya cómo Mariátegui toma en cuenta tres criterios para calibrar la importancia de una obra de arte: 1) el realismo de la obra artística, 2) la novedad de la misma y 3) la capacidad del arte para que “obre revolucionariamente” si manifiesta la fe en un mito (p. 29).
En el segundo ensayo (“La visión de la política mundial en La escena contemporánea”), el filósofo peruano estudia cómo Oswald Spengler influyó en Mariátegui, pues, para el pensador alemán, toda cultura tenía un nacimiento, juventud, vejez y muerte. El Amauta realizó, según Sobrevilla, una interpretación marxista de aquellas ideas de Spengler y consideró que la sociedad capitalista iba camino a su desaparición; en cambio, la socialista podría superar la crisis y vencerla. La crisis mundial, para el Amauta, tiene una arista económica (un país  puede haber logrado su independencia política, pero seguir sojuzgado desde el punto de vista económico), un aspecto político (Mariátegui analiza el surgimiento de las revoluciones, el nacionalismo y el fascismo) y otro ideológico (y artístico), pues el relativismo de Einstein y de Spengler ha llevado a una crisis artística que es el producto de surgimiento de escuelas vanguardistas, las cuales anuncian la decadencia del orden capitalista.  
En el tercero, Sobrevilla aborda la importancia de la revista Amauta en tanto revista política, pues allí se discutían problemas internacionales. Se sabe que Mariátegui proyectó que su revista se llamara Vanguardia, pero luego le cambió el nombre por Amauta. César Falcón consideraba que dicha publicación no iba a llamar la atención de la clase trabajadora, pero no fue así. Asimismo, es necesario reconocer que, durante algún tiempo, la revista estuvo volcada fundamentalmente al análisis de textos literarios y obras de arte.
En el cuarto (“La tesis de Mariátegui sobre el carácter feudal de la economía colonial peruana”), el filósofo peruano discute una tesis de Mariátegui: el carácter feudal de la economía colonial en el Perú. Sobrevilla considera, sobre la base de un análisis minucioso, que dicha tesis no es defendible, pues, sustentándose en Immanuel Wallerstein (El moderno sistema mundo), considera que en la encomienda se desarrolló el embrión de una economía capitalista y, además, en el Virreinato la minería jugó un papel más esencial que la agricultura en el ámbito económico: “los encomendados no eran vasallos del señor feudal sino del rey” (p. 85).
En el quinto (“La visión del mito en José Carlos Mariátegui, Mariano Iberico y Luis Alberto Sánchez”), el autor compara la visión de tres autores acerca del mito. Influido por Spengler, Eucken y Sorel, Mariátegui considera que el ser humano necesita un mito, una especie de ideal que oriente su vida y le permita construir un mundo nuevo. Iberico consideraba que en América Latina no había mito, entonces no existía un alma popular. Por su parte, Sánchez señala que en América Latina ha habido mitos y ejemplifica este hecho mencionando los relatos de Manco Cápac y de Pachacámac, entre otros. La conclusión a la que llega Sobrevilla es que Iberico y Mariátegui desconocieron las tradiciones literarias indígenas donde se manifiestaba un ostensible pensamiento mítico
En el sexto (“Prada y Mariátegui”), Sobrevilla realiza un análisis comparativo entre el pensamiento del Amauta y el del autor de Pájinas libres. Mariátegui considera que González Prada fue más literato que político. Acusa a este último de no haber podido fundar el socialismo peruano. Por su parte, González Prada, en uno de sus últimos artículos, compara al anarquismo con el socialismo. Según Prada, este último es muy reglamentarista y opresor “como el Estado” (p. 133); por el contrario, el anarquismo recusa todo sometimiento del individuo a las leyes. El autor de Horas de lucha concibe que el socialismo autoritario concede una preeminencia a “la captura del poder” (ibídem). Este ensayo es muy ilustrativo porque revela cómo González Prada se anticipó genialmente a lo que llamaremos después la crisis del socialismo real.
En el séptimo (“Mariátegui e Iberico”), el autor de Repensando la tradición occidental estudia cómo Iberico comenzó su carrera como filósofo bajo la impronta del positivismo, luego abrazó el espiritualismo de Henri Bergson y desplazó su interés de lo estético a lo religioso. Iberico y Mariátegui coinciden en que había un sentimiento de crisis generalizada en la época en la cual les tocó vivir. Iberico no creía en el proyecto socialista de Mariátegui y, por lo tanto, consideraba que en la regeneración del sentimiento religioso estaba la solución de la crisis del hombre en aquella época.
En el octavo y último ensayo (“La recepción de los 7 ensayos en las ciencias sociales peruanas”), Sobrevilla explicita los períodos de recepción de los 7 ensayos: 1) Etapa inicial (desde 1928 hasta finales de los años cincuenta del siglo pasado), donde se perciben la lectura de Víctor Andrés Belaunde, la del aprismo y del marxismo ortodoxo, 2) Segunda etapa (desde finales de los años cincuenta hasta 1989), donde se señala que Mariátegui fue, sobre todo, un marxista heterodoxo, y 3) Tercera etapa (desde 1989 hasta el presente), donde se trata de indicar los aportes y limitaciones del pensamiento mariateguiano, dicha época concuerda con “la crisis del marxismo real existente”  (p. 171).
En cuanto a las reseñas sobre libros dedicados a Mariátegui, Sobrevilla discute los aportes de autores como Jorge Gaete, Narciso Bassols, Marc Becker, Francis Guibal, José Morales Saravia, Michael Pearlman y Jorge Oshiro. En el libro de Gaete, observa una preocupación desmesurada por el estudio del lenguaje en la ensayística de Mariátegui. En el texto de Bassols, nota vacíos bibliográficos. En tesis universitaria de Oshiro, Sobrevilla discute que Mariátegui deba ser entendido, únicamente, sobre la base de la filosofía de Spinoza.

Escritos mariateguianos es un libro muy valioso para comprender el pensamiento de Mariátegui porque aborda de manera mesurada los aportes y las falencias que se evidencian en este último. Además, Sobrevilla evidencia un buen manejo del análisis comparativo y una lectura crítica de la bibliografía centrada en el análisis de la obra del Amauta.

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