domingo, diciembre 23, 2012

"El río imaginado" de Alejandro Susti




Docente universitario, compositor y músico, Alejandro Susti (Lima, 1959) ha publicado cinco poemarios: Corte de amarras (2001), Casa de citas (2004), Cadáveres (2009), Escombros de los días (2010) y El río imaginado (2012). En su trayectoria como poeta, puedo reconocer dos momentos: el período de los inicios constituido por los tres libros, donde se observa la búsqueda de un estilo propio y el influjo de la poesía de Antonio Cisneros y Luis Hernández, entre otros poetas de la llamada generación del sesenta; y la etapa de madurez que comienza con Escombros de los días y culmina con El río imaginado, poemario que obtuvo el Premio Copé de Plata, otorgado por Petroperú, en 2011. Un tema que recorre la obra de Susti, a partir de Cadáveres, es el de la muerte y que cobra auge en Escombros de los días: “Prefiero la vida del muerto:/ la dura persistencia de sus huesos/ la capa helada de sus días y fósiles de plata/ todo ello al fin idiota de nuestros pasos/ al hiato abrupto de los sueños” (p. 29). Dicha reflexión se centra en la figura paterna, por eso, algunos poemas, desde el título, anuncian ese recorrido semántico: “Cuerpo de mi padre (1)”, “La sangre de mi padre”, entre otros.

El río imaginado (Lima: Copé, 2012, 70 pp.) confirma las virtudes de Escombros de los días, pero posee una estructura más compleja y evidencia el empleo de la prosa poética: tiene dos partes que remiten a dos universos culturales disímiles (“Hemisferio Norte” y “Hemisferio Sur”). Desde el punto argumentativo, tenemos aquí una dimensión comparativa que subyace a dicho procedimiento. Se trata, sin duda, de oponer una experiencia de migrante latino en los Estados Unidos (“Postales americanas” se denomina el primer apartado de “Hemisferio Norte”) a  la vivencia de regresar al Perú (“Costa de Lima” es uno de los poemas más intensos al respecto). En otras palabras, estamos en presencia de lo que Antonio Cornejo Polar llamó “sujeto migrante”, aquel cuya memoria se halla fragmentada entre un “aquí” y un “allá”: puede mirar, desde el mundo andino, la urbe moderna, hecho que se observa en “Idilio muerto”, poema de César Vallejo; o en otros textos de Antonio Cisneros, donde se ve la ciudad de Niza a partir de la óptica de un profesor latino que ha migrado a dicha urbe.

Si bien la biografía no se refleja fielmente en un poema, sí constituye una cantera de experiencias inagotables. El propio Susti ha vivido durante varios años en Estados Unidos y ha regresado a Perú, particularidad que, de alguna forma, influye en su obra lírica. No obstante, un crítico literario no puede concebir que un poema constituya un reflejo mecánico de la vida del autor, pues de ese modo olvidaría el trabajo de filigrana con el lenguaje realizado por el poeta.

Uno de los grandes aciertos de El río imaginado es el cambio de tono que realiza Susti a lo largo del poemario. En Cadáveres había una cierta monotonía estilística que le quitaba fuerza y capacidad persuasiva al mencionado libro. En El río…, por el contrario, hay un tono narrativo (poema “Tierra prometida”), otro lírico (“El ojo que llora”), una dicción irónica (“Breve historia de Isabel Jones”), entre otras posibilidades. Esta característica es una lección muy bien aprendida de la lectura de poetas como Rodolfo Hinostroza y Antonio Cisneros.

En “Hemisferio Norte”, Susti asimila los aportes de sus maestros para configurar una crítica a la exclusión y marginación que sufren los latinos en los Estados Unidos. Para ello, emplea un simbología bíblica (Cisneros había hablado de la alegoría de la ballena para referirse a la alienación del mundo capitalista en “Apéndice del poema sobre Jonás y los desalienados”) y utiliza la noción de “tierra prometida” para desarrollar la idea de cómo los migrantes latinos se desplazan a los Estados Unidos buscando un horizonte más promisorio: “río de locomotoras y telégrafos y ferries  que acuchillan las distancias/ de los inmigrantes ilegales y la vida nueva hecha a plazos/ río del negocio de los caballeros de los clubes y casinos y monedas” (p. 11). El poema “Hormiga” recuerda algunos pasajes de Canto ceremonial contra un oso hormiguero, donde Cisneros. Susti remarca: “Eres una hormiga en los confines de un infierno nunca imaginado” (p. 13). Ello le permite al poeta reflexionar sobre la violencia en el mundo moderno: “aquel Padre ordenaba que el Gran Templo fuera destruido a cañonazos y pedradas, pues los simulacros –como todo en esta vida, anunciaba nuestro Padre—serían siempre condenados al polvo y al olvido” (p. 14). En “Banca del parque”, el hablante lírico desmitifica la noción de progreso. Tanto los exploradores como los colonos y exiliados buscan el paraíso perdido, pero este se transforma en “la proclama del Progreso enjaulada en la voz de un mercachifle” (p. 16).

“Hemisferio Sur”, por el contrario, se inaugura con el descenso del avión que llega desde Estados Unidos a Perú: “El pasajero va y viene, imaginado por el río” (p. 41). En tal sentido, el río de la vida (concebido por Jorge Manrique) pasa a ser el “río que durando se destruye” (Pablo Neruda). En la poesía de Susti, el río es la metáfora del movimiento del que migra buscando nuevos horizontes y regresa a su país para instalarse en el recodo de su patria: “Aterrizar, amerizar, posar sobre el agua del río” (p. 43). Poemas como “El cielo de Lima” o “Cerro San Cristóbal” son reflexiones sobre cómo el discurso de la violencia y de la muerte ha predominado en la historia del Perú.

El río imaginado es un poemario estructurado con solidez y busca la renovación de la poesía conversacional a través de la experiencia del sujeto migrante. Se trata, sin duda, del poemario más logrado de Alejandro Susti.

martes, diciembre 18, 2012

"Vacaciones de invierno"





La poesía peruana, a partir de los años ochenta del siglo pasado, transita por varias vías. Una primera tendencia pone de relieve la recuperación del legado del coloquialismo anglosajón que predominó a partir de los años sesenta con la obra de Antonio Cisneros y Rodolfo Hinostroza. Una segunda busca recuperar los aportes de la poesía de los años cincuenta y regresar a poetas como Jorge Eduardo Eielson, Blanca Varela o Javier Sologuren. Una tercera, por el contrario, enfatiza el hálito neobarroco y se sumerge en la lectura de la tradición.  La reformulación creativa de la poética conversacional, la vuelta al orden y el neobarroco son direcciones hacia las cuales tiende nuestra poesía.
En ese contexto, la poesía escrita por mujeres ha cobrado un auge indiscutible. Hay que mencionar a Rocío Silva-Santisteban, Mariela Dreyfus, Patricia Alva, Magdalena Chocano, Andrea Cabel, Monserrat Álvarez, Victoria Guerrero, entre otras, como testimonio de la importancia de la producción poética femenina en estos últimos años. Allí podemos situar el segundo libro de Ana Carolina Quiñonez que lleva por título Vacaciones de invierno (Buenos Aires: Vox, 2012,  33 pp.), cuya temática gira en torno al erotismo y a la familia como ejes fundamentales.
Frente a la poesía expansiva de algunos representantes de la poesía conversacional (por ejemplo, Miguel Ildefonso), Quiñonez prefiere el verso corto y sentencioso, austero en el empleo de la adjetivación y proclive al uso del encabalgamiento. En tal sentido, su escritura se emparenta con la de Gonzalo Rose en Simple canción o la de Blanca Varela en El libro de barro o Concierto animal. Por ello, Quiñonez toma distancia de la poética neobarroca de Rafael Espinosa más cercana al empleo de la adjetivación y al uso de un simbolismo de cuño distinto, como en su poemario Los hombres rana.
Vacaciones de invierno es un escueto volumen compuesto por quince poemas divididos en tres partes. En la primera (“Lecciones de nado”) predomina un erotismo “animalesco”, basado en la poética del olfato y de la mirada. Me hace recordar el título de un poema del surrealista César Moro: “El olor y la mirada”. Se trata de una poética que Gaston Bachelard llamaría la poética del agua, la que se basa en la fluidez de los afectos. La idea remite a la noción de “Agua sexual”, título de un célebre poema de Pablo Neruda de Residencia en la tierra. Como sabemos, el poeta chileno consideraba que el erotismo aproxima al ser humano a la fuerza cósmica de la naturaleza. Pero también se halla presente en la cosmovisión de Vicente Aleixandre en La destrucción o el amor: la concepción de que la desnudez acerca al hombre a las plantas y animales. Por su parte, Quiñonez yuxtapone elementos que se asocian tanto a la civilización como a la naturaleza: concibe que la piscina es un bosque y que los seres humanos, en el goce sexual, transitan como si fueran peces pequeños. El trabajo con la miniatura, tan importante en la obra de César Moro, se manifiesta en  el poema “El fin de la aventura”: el paroxismo sexual hace que los seres humanos se vuelvan entes pequeños, pues ya no están en una piscina sino solo en una pecera. Ello permite a la poeta cuestionar los convencionalismos sociales a partir del erotismo y del acercamiento a la casa de la naturaleza (“En la casa del árbol/ dejabas de ser un niño”). El yo poético deja de ser la “hija modelo” de sus padres y, por el contrario, se entrega al erotismo como una especie de liberación interior.
En la segunda parte (“Otros lugares”) se explora, más bien, el lado “animalesco” de la relación humana para configurar un bestiario: el animal que observa, atento, la urbe como sinónimo de modernidad, pero curiosamente esas ciudades se hallan desiertas. Sin duda, una contradicción, como si fuera más auténtico ser un animal en el más ilustre sentido de la palabra que caminar en un lugar citadino, pleno de habitantes. Posteriormente, el hablante procede a representar los afectos a través de las figuras de animales aéreos: “El estremecimiento/ es una criatura/ con alas”. Hay aquí una tendencia a enfatizar la importancia de las sensaciones olfativas en la relación erótica (“Tu nuevo olor seduce”, “El olfato de los insectos/ los impulsa/ a perseguir mis movimientos”). Por eso, en el poema “Otros lugares” se ve la oposición entre los animales y la modernización tecnológica. Los conejos, los topos y el lobo se van del bosque; pero parece que ellos no tuvieran espacio alguno en el mundo regido por la tecnología: los afectos también quedan excluidos, pues el final es contundente: “a través de la ventana/ se ve  la nieve/ filas de carros en las veredas/ alguna hojas secas// El lobo abandona el bosque// No hay ofrendas”.
En la tercera parte (“Vacaciones de invierno”) ya no predominan ni los peces ni el agua, sino la familia regida por dos personajes: el padre y la madre. Frente a la poética líquida del erotismo de la primera parte, aquí prepondera la atmósfera más terrestre. En tal sentido, la compleja relación entre el padre y el hijo se desarrolla en “La piel del caballo”. La figura paterna se asocia con la falta de comunicación, pues el padre mantiene la puerta cerrada frente al niño: “El niño/ conoce de memoria/ la entrada a un invernadero/ ahí se refugia/ del ruido de su padre/ y se pasea/ como un caballo// no busca ser invisible/ pero tampoco espera/ que lo reciban/ con las puertas abiertas”.  Casi un juego a las escondidas entre el padre y el hijo, coronado por una situación de desamparo: en el fondo, el niño parece sentirse en una honda soledad. El mismo tema se manifiesta en “Paseos familiares”: “Aún veo/ el asiento vacío/ reservado para mi padre/ en la montaña rusa/ donde me negaron la entrada/ varias veces”. En este caso, observo aquello que George Lakoff y Mark Johnson llaman “metáfora orientacional”, es decir, la basada en las relaciones abajo-arriba, dentro-fuera,  atrás-adelante, rodeante-rodeado, etc. Por eso, “la montaña rusa” se asocia con lo alto y con la esfera del poder paterno, a la cual el hablante lírico no tiene acceso alguno. Pero el “asiento vacío” revela cómo el poder, desde la ausencia, se percibe como algo casi incontrolable. El hablante  se autorreconoce en la casa de los espejos y se ve obligado a dejar un espacio para la figura paterna: “insistí en dejar un espacio/ para él”.  
Ahora bien, La configuración del bestiario (peces, caballo, insectos, etc.) que se evidencia en el libro alcanza su cúspide en la figura de la madre. En “Ningún temporal puede alcanzarte, madre”, el locutor personaje (el “yo”) se dirige a un alocutario representado (el “tú”) para sugerirle que proteja a las crías porque la madre antropófaga puede devorarlas. Imagen mitológica de gran contenido simbólico. La familia se halla totalmente desintegrada, vale decir, hecha añicos. La madre únicamente tiene en mente “los reclamos/ que le harían sus hijos/ cuando le diesen/ la noticia”. Cuando el yo le dice al tú que insemine el vientre de la hembra, entonces sugiere la necesidad de un ritual de fecundación que esté más allá de toda conducta antropófaga.
Vacaciones de invierno es un buen poemario. Quizá en algunos textos (por ejemplo, en “El plástico de los edificios”) la concentración verbal no llega a cuajar plenamente: el poema corto es un género muy difícil. Los maestros japoneses usaban el haiku y en tres versos traducían genialmente la percepción de un instante. Los poetas herméticos italianos, como Giuseppe Ungaretti, manejaban con destreza el poema corto. Al margen de ello, Vacaciones de invierno tiene densidad, hondura y un sugerente simbolismo.



lunes, diciembre 17, 2012

"Todas las sangres en debate"


La obra de José María Arguedas (1911-1969) motiva siempre interminables controversias y ello es secuela de su indiscutible vigencia. Dorian Espezúa Salmón, Catedrático de la UNMSM, de la UNFV y de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, ofrece un iluminador análisis acerca de la llamada mesa redonda ¿He vivido en vano?  que se desarrolló en el Instituto de Estudios Peruanos en 1965 y que tuvo como centro de discusión la novela Todas las sangres. El libro se titula Todas las sangres en debate. Científicos sociales versus críticos literarios (Lima: Magreb, 2011, 356 pp.). En dicho coloquio participaron Alberto Escobar, Henry Favre, José Matos Mar, Aníbal Quijano, Sebastián Salazar Bondy, Jorge Bravo Bresani, José Miguel Oviedo y José María Arguedas.
Espezúa manifiesta un profundo conocimiento de la teoría literaria, sobre todo en lo que concierne a la teoría de la ficcionalidad. El problema que subyace a la mesa redonda de 1965 es el grado de ficcionalidad de Todas las sangres: “Desde mi punto de vista es ingenuo sostener que el lenguaje (re)presenta la realidad o la transparenta realmente, como es ingenuo sostener que nada de la realidad está en el lenguaje que es, básicamente, antropomórfico” (p. 12). En otras palabras, algunos autores sostienen que el discurso literario es casi un reflejo de la viva realidad; otros, por el contrario, consideran, de una u otra forma, que el lenguaje es autotélico, es decir, remite solo a sí mismo. Espezúa, en cambio, se sitúa lúcidamente en una posición intermedia: considera que el lenguaje tiene su propia dinámica, pero representa la realidad de manera creativa. En el debate de 1965, entonces, hay dos posiciones. La primera es la asumida por los científicos sociales, quienes “reclaman una correspondencia isomórfica o precisa entre el mundo real y la novela” (p. 56). La segunda --defendida por Arguedas y Escobar--  plantea que Todas las sangres representa, de modo metafórico, al mundo andino.
Esta problemática lleva a Espezúa a discutir teóricamente categorías complejas como el “realismo”, la “verosimilitud”, entre otras. Basándose en Thomas Pavel, afirma que “(e)l realismo es interesante como teoría del ‘efecto de realidad’, es decir, como un proceso en el cual el lector ‘reconoce’ su propia realidad a través y a partir del texto” (p. 69). Sobre la base de Harshaw, Espezúa subraya que la ficción es un problema de reorganización, no de invención; vale decir, el escritor reordena el material lingüístico y emplea técnicas literarias que producen un efecto de realidad.
Espezúa emplea la hermenéutica, la pragmática y la lingüística cognitiva para aproximarse al desarrollo argumentativo del debate de 1965 sobre Todas las sangres. A partir de Georg Gadamer, remarca que el diálogo es “una actividad humana no necesariamente propia de intelectuales que no consiste simplemente en compartir información o intercambiar palabras a través de un medio de comunicación, sino en mantener  abierto un espacio común de pertenencia, participación, encuentro, convivencia, reconocimiento, crecimiento y transformación a partir de una racionalidad no dogmática que, sin embargo, apunta a un consenso” (p. 176). Veamos cómo actúa cada personaje en el mencionado debate. Alberto Escobar establece las reglas de juego y los marcos de referencia sobre los cuales se desarrollará este último. José Miguel Oviedo habla de la novela desde una perspectiva sociológica. Salazar Bondy confunde al autor real con el narrador de la novela. José María Arguedas confiesa no ser un erudito y “otorga mayor importancia a su experiencia vital” (p. 225). Henri Favre da un giro sociológico de 180 grados al debate y se pregunta si la novela refleja realmente la sociedad que a Arguedas le sirve de referente y llega a contestar negativa: la novela no refleja fielmente la realidad del mundo andino; en otras palabras, Favre cae en la falacia referencial y menosprecia el trabajo estilístico del escritor. Jorge Bravo Bresani no se reconoce ni como sociólogo ni como crítico literario, se reconoce como economista; afirma que la novela de Arguedas lo ha cautivado y que lo indio “no es lo incaico ni lo precolombino, sino más bien el fruto de la mezcla, asimilación e introducción de valores culturales españoles” (p.  243). José Matos Mar afirma que es fundamental distinguir lo estilístico de lo sociológico. Aníbal Quijano coincide con Favre en el sentido de que Arguedas no maneja coherentemente los diversos tiempos históricos, en los cuales se desarrolla la trama novelística.
En la última parte de su libro, Espezúa refuta las observaciones, mayormente sociologistas, que realizaron los expositores y defiende la opción estilística de Arguedas, pero sin caer en el formalismo intransigente ni en algunas posturas posmodernas que reducen el mundo al lenguaje.  Todas las sangres en debate…  es un notable libro de crítica y anuncia a un investigador de valía. Se trata de un ensayo erudito, didáctico y esclarecedor. Por eso, espero que Dorian Espezúa siga en esta senda: estaré atento a sus nuevas publicaciones.

martes, diciembre 04, 2012

Nuevo libro sobre Wáshington Delgado



Orinitorrinco Editores y la UNASAM me acaban de publicar El poema argumentativo de Wáshington Delgado, libro donde abordo la obra del ilustre poeta de Días del corazón. Se trata de un enfoque donde empleo la Retórica General Textual, la Pragmática y la Retórica de la Argumentación para examinar el uso de técnicas argumentativas en dos poemarios fundamentales de Delgado: Para vivir mañana y Cuán impunemente se está uno muerto. Recuso el empleo de un solo método para analizar un poema y, por el contrario, utilizo una pluralidad metodológica que permita al texto poético dialogar con otros textos.