lunes, diciembre 17, 2012

"Todas las sangres en debate"


La obra de José María Arguedas (1911-1969) motiva siempre interminables controversias y ello es secuela de su indiscutible vigencia. Dorian Espezúa Salmón, Catedrático de la UNMSM, de la UNFV y de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, ofrece un iluminador análisis acerca de la llamada mesa redonda ¿He vivido en vano?  que se desarrolló en el Instituto de Estudios Peruanos en 1965 y que tuvo como centro de discusión la novela Todas las sangres. El libro se titula Todas las sangres en debate. Científicos sociales versus críticos literarios (Lima: Magreb, 2011, 356 pp.). En dicho coloquio participaron Alberto Escobar, Henry Favre, José Matos Mar, Aníbal Quijano, Sebastián Salazar Bondy, Jorge Bravo Bresani, José Miguel Oviedo y José María Arguedas.
Espezúa manifiesta un profundo conocimiento de la teoría literaria, sobre todo en lo que concierne a la teoría de la ficcionalidad. El problema que subyace a la mesa redonda de 1965 es el grado de ficcionalidad de Todas las sangres: “Desde mi punto de vista es ingenuo sostener que el lenguaje (re)presenta la realidad o la transparenta realmente, como es ingenuo sostener que nada de la realidad está en el lenguaje que es, básicamente, antropomórfico” (p. 12). En otras palabras, algunos autores sostienen que el discurso literario es casi un reflejo de la viva realidad; otros, por el contrario, consideran, de una u otra forma, que el lenguaje es autotélico, es decir, remite solo a sí mismo. Espezúa, en cambio, se sitúa lúcidamente en una posición intermedia: considera que el lenguaje tiene su propia dinámica, pero representa la realidad de manera creativa. En el debate de 1965, entonces, hay dos posiciones. La primera es la asumida por los científicos sociales, quienes “reclaman una correspondencia isomórfica o precisa entre el mundo real y la novela” (p. 56). La segunda --defendida por Arguedas y Escobar--  plantea que Todas las sangres representa, de modo metafórico, al mundo andino.
Esta problemática lleva a Espezúa a discutir teóricamente categorías complejas como el “realismo”, la “verosimilitud”, entre otras. Basándose en Thomas Pavel, afirma que “(e)l realismo es interesante como teoría del ‘efecto de realidad’, es decir, como un proceso en el cual el lector ‘reconoce’ su propia realidad a través y a partir del texto” (p. 69). Sobre la base de Harshaw, Espezúa subraya que la ficción es un problema de reorganización, no de invención; vale decir, el escritor reordena el material lingüístico y emplea técnicas literarias que producen un efecto de realidad.
Espezúa emplea la hermenéutica, la pragmática y la lingüística cognitiva para aproximarse al desarrollo argumentativo del debate de 1965 sobre Todas las sangres. A partir de Georg Gadamer, remarca que el diálogo es “una actividad humana no necesariamente propia de intelectuales que no consiste simplemente en compartir información o intercambiar palabras a través de un medio de comunicación, sino en mantener  abierto un espacio común de pertenencia, participación, encuentro, convivencia, reconocimiento, crecimiento y transformación a partir de una racionalidad no dogmática que, sin embargo, apunta a un consenso” (p. 176). Veamos cómo actúa cada personaje en el mencionado debate. Alberto Escobar establece las reglas de juego y los marcos de referencia sobre los cuales se desarrollará este último. José Miguel Oviedo habla de la novela desde una perspectiva sociológica. Salazar Bondy confunde al autor real con el narrador de la novela. José María Arguedas confiesa no ser un erudito y “otorga mayor importancia a su experiencia vital” (p. 225). Henri Favre da un giro sociológico de 180 grados al debate y se pregunta si la novela refleja realmente la sociedad que a Arguedas le sirve de referente y llega a contestar negativa: la novela no refleja fielmente la realidad del mundo andino; en otras palabras, Favre cae en la falacia referencial y menosprecia el trabajo estilístico del escritor. Jorge Bravo Bresani no se reconoce ni como sociólogo ni como crítico literario, se reconoce como economista; afirma que la novela de Arguedas lo ha cautivado y que lo indio “no es lo incaico ni lo precolombino, sino más bien el fruto de la mezcla, asimilación e introducción de valores culturales españoles” (p.  243). José Matos Mar afirma que es fundamental distinguir lo estilístico de lo sociológico. Aníbal Quijano coincide con Favre en el sentido de que Arguedas no maneja coherentemente los diversos tiempos históricos, en los cuales se desarrolla la trama novelística.
En la última parte de su libro, Espezúa refuta las observaciones, mayormente sociologistas, que realizaron los expositores y defiende la opción estilística de Arguedas, pero sin caer en el formalismo intransigente ni en algunas posturas posmodernas que reducen el mundo al lenguaje.  Todas las sangres en debate…  es un notable libro de crítica y anuncia a un investigador de valía. Se trata de un ensayo erudito, didáctico y esclarecedor. Por eso, espero que Dorian Espezúa siga en esta senda: estaré atento a sus nuevas publicaciones.

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