I
Mal negocio hiciste, Almagro.
Pues a ninguna piedra
de Atacama podías pedir pan,
ni oro a sus arenas.
Y el sol con su abrelatas,
destapó a tus soldados
bajo el hambre
de una nube de buitres.
II
En 1964,
donde tus ojos barbudos
sólo vieron rojas tunas,
cosechan –otros buitres—
unos bosques
tan altos de metales,
que cien armadas de España
para cargarlos
hubieran naufragado bajo el sol.
El texto se divide en dos partes que establecen determinadas coordenadas temporales muy diferenciadas y ello implica un descentramiento del sujeto. En la primera, el locutor se sitúa como un contemporáneo de Almagro; en la segunda, se ubica en 1964, es decir, en la época contemporánea. La memoria del sujeto se halla claramente escindida entre un “aquí” y un “allá”, entre un pasado impregnado de un saber contemporáneo y un presente inundado de pasado. Por ejemplo, cuando se dirige a Almagro el yo emplea la palabra “abrelatas”, hecho que implica que Almagro sea visto como si fuera un personaje actual y cercano a nosotros (léase “contemporáneo”); sin embargo, cuando el yo se ubica en 1964 utiliza la expresión “cien armadas de España” que remite a un imaginario de las crónicas coloniales.
Frente a una historia contada desde los espacios hegemónicos, el sujeto construye otra historia del Perú desde un lugar de enunciación absolutamente disímil. Niega las totalidades homogéneas y fragmenta su discurso buscando desmitificar determinadas figuras oficiales (como Almagro) sobre la base de las cuales se ha edificado una determinada concepción de nuestro pasado, impuesta por los sectores hegemónicos.
El discurso colonial, encarnado en Almagro, concibe que el oro es el supremo valor por encima de los seres humanos colonizados. Ir a las Indias significaba, para el hombre colonizador, ir a buscar oro. Cisneros ironiza dicha pretensión y hace que su locutor le hable a Almagro (alocutario representado) empleando una variedad lingüística informal. En tal sentido, Almagro termina ridiculizado porque creía que podía encontrar oro en el desierto de Atacama. Entonces, el poeta yuxtapone la imagen del abrelatas, de manera que los soldados de Almagro (acosados por el hambre y el calor de un desierto) terminan siendo simplemente el contenido de una lata de conserva.
En la expresión irónica “Pues a ninguna piedra/ de Atacama podías pedir pan”, hay, en cierto modo, una crítica al discurso colonizador que navega en una suerte de autocomplacencia “narcisista” y que rehúye la rica esfera de la intersubjetividad. Almagro y sus soldados no ven con, claridad meridiana, al otro. Parece ser que los conquistadores no saben dialogar plenamente y no distinguen, de modo fehaciente, la diferencia entre hablar con un ser humano y dirigirle la palabra a una inerte piedra. Allí hay algo que ha sido suprimido por la denominada “historia oficial”: el desprecio por el otro que aflora en el discurso colonizador. En tal sentido, la “otra historia” sí saca a luz el deseo oculto, la palabra silenciada: Almagro deseaba hablar con las piedras porque creía (craso error) que con ellas podía establecer una relación humana.
En la segunda parte del poema se pone de relieve el cuestionamiento irónico de una idea establecida por la historia oficial: la Independencia trajo consigo el bienestar de los peruanos y la emancipación del yugo colonial. Cisneros construye “otra historia” que se nutre de la concepción de José Carlos Mariátegui: en 1964 hay la presencia de “otros buitres” (léase otros individuos que se llevan las riquezas del país), de manera que la situación ha empeorado en el Perú. Antes los conquistadores se llevaron el oro; pero ahora los grupos hegemónicos se apropian, ilícitamente, de todas las riquezas del Perú. La frase final no deja de ser irónica: “cosechan –otros buitres— /unos bosques/ tan altos de metales, /que cien armadas de España/ para cargarlos /hubieran naufragado bajo el sol”.
Mariátegui había advertido: “Sabemos que en el Perú la aristocracia colonial se transformó en burguesía republicana. El antiguo “encomendero” reemplazó formalmente sus principios feudales y aristocráticos por los principios demoburgueses de la revolución libertadora” (Mariátegui, 1992, p. 301). Frente a la cultura oficial que festejaba acríticamente la Independencia, el Amauta mantiene, incólume, su conciencia crítica y señala la continuidad de una línea histórica que vienen desde la aristocracia colonial y llega a los grupos hegemónicos de criollos que lideraron la gesta emancipadora. Cisneros se basa en el pensamiento de Mariátegui para subrayar que en 1964 la situación económica y financiera del Perú es peor en relación con la época de Almagro, pues, en plena era contemporánea, existen “nuevos ricos” que se han apoderado de las riquezas de nuestro país. Se trata de algo omitido por la historia oficial, pero enfatizado desde la perspectiva periférica, basada en el privilegio que se le asigna al sujeto pobre, representado por Túpac Amaru II, el campesino viejo, el afroperuano (en “Canción de negro” y “Canción de negra”) y el siervo como personajes imprescindibles en Comentarios reales. Por eso, Cisneros emplea el romance como forma estrófica y utiliza el poema-crónica para denunciar los abusos de los poderosos como Almagro y Toledo.
Analicemos “Consejo para un viajero”:
Toledo, Señor de Obrajes,
con tus mejores zapatos,
tu espalda dura
y tus cabellos sueltos
sobre la tierra
cabalgas. Señor de Sombra,
las negras cruces
en piedras recién quemadas,
nos anunciaron
tu viaje, Señor de Mulas.
Mas al regreso
no beses mujer o hijos,
pues alacranes
cantan bajo tu lengua,
Señor de Muerte.
Nuevamente percibimos el trabajo con las coordenadas temporales y el descentramiento del sujeto en la poesía de Cisneros. Primero, se inscribe el sujeto en un pasado que, a la vez, es un presente: Toledo parece un personaje contemporáneo, es decir, cercano al locutor personaje; pero luego en la expresión “nos anunciaron su viaje” el texto parece viajar a un pasado casi remoto, cuyas resonancias se siguen escuchando en el presente. Al final, la advertencia del locutor a Toledo está orientada, desde el punto de vista pragmático, a cambiar la conducta de este, transformándose el discurso en una sugerencia: “no beses mujer e hijos, / pues alacranes/ cantan bajo tu lengua”. La fuerza perlocutiva de la frase es obvia: el locutor sugiere a Toledo que se abstenga de realizar ciertas acciones.
En Comentarios reales, Cisneros emplea no solo la ironía, sino también la desmitificación que se sitúa en el campo figurativo de la antítesis (Arduini, 2000) y que tiene un ostensible desarrollo en este poema. Sin duda, “cuando se habla de desmitificación, con referencia a nuestro tiempo, asociando el concepto a una crisis de lo sagrado y a un empobrecimiento simbólico de aquellas imágenes que toda una tradición iconológica nos había acostumbrado a considerar como cargadas de significados sacros, lo que se pretende indicar es el proceso de disolución de un repertorio simbólico institucionalizado” (ECO, 1985, p. 249).
Precisemos el “repertorio simbólico institucionalizado” y cómo el poeta peruano lo disuelve a través de una mirada irónica. El virrey Toledo, considerado el gran organizador del Virreinato en el Perú, tiene un lugar institucionalizado de gran relieve en la historia oficial; forma parte de un imaginario difundido e impuesto por las clases dominantes. Cisneros, por eso, busca reconstruir otra historia y “desacralizar” la imagen de Toledo. El “Señor de Obrajes” se convierte súbitamente en “Señor de Sombras” para transformarse en un “Señor de Mulas” y, al final, en un “Señor de Muerte”. Las cruces sagradas pasan a ser “negras cruces” y luego serán “piedras recién quemadas”. Es como si el mensaje cristiano, poblado de valores morales, tuviera el hálito de un objeto calcinado. La Biblia, metafóricamente, será un ente carbonizado. He ahí la versión periférica de los hechos históricos que porta el locutor en el poema.
El texto concluye con una metáfora que reposa en la imposibilidad de la comunicación. El locutor le dice a Toledo que no emplee el código de los gestos (el beso) ni el lenguaje verbal: la comunicación fracasará porque la muerte (impregnada de violencia) ha estrangulado el flujo comunicativo entre el destinador y el destinatario. Por eso, aparece el alacrán que emite un canto donde anida la imposibilidad de ver al otro. Se trata de un monólogo autoritario. Nuevamente, Cisneros deconstruye la historia oficial para evidenciar los mecanismos del poder hegemónico, el cual condena a los demás al silencio a través del ejercicio de la violencia.
Antonio Cisneros, en síntesis, ofrece una versión periférica de la historia del Perú, subrayando cómo el discurso colonial se ha tornado en dominante y ha teñido la época republicana. Lo importante, para él, es reconstruir nuestro pasado mostrando cómo la cultura invasora se impuso, violentamente, sobre las demás e impidió el desarrollo de una interculturalidad fecunda y enriquecedora. Asumamos el reto de reinventar nuestro pasado a través de un repertorio simbólico que dé cabida a prácticas y discursos enterrados en el archivo oficial de los grupos hegemónicos. Así será posible contemplar esa rica diversidad cultural de América Latina.
NOTAS
(1)Para la definición de mesolecto, véase Cerrón 2003, pp. 75-76.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
ARDUINI, Stefano (2000). Prolegómenos a una teoría general de las figuras. Murcia: Universidad de Murcia.
CERRÓN PALOMINO, Rodolfo (2003). El castellano andino. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú.
CISNEROS, Antonio (1996). Poesía reunida. Lima: Editora Perú.
ECO, Umberto (1985). Apocalípticos e integrados. Barcelona: Lumen.
FERNÁNDEZ COZMAN, Camilo (2009). Rodolfo Hinostroza y la poesía de los años sesenta. Lima: Universidad de Ciencias y Humanidades.
LACAN, Jacques (1986). Seminario. Libro 1. Los escritos técnicos de Freud. Barcelona: Paidós.
MARIÁTEGUI, José Carlos (1992). 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana. Lima: Biblioteca Amauta.