miércoles, marzo 24, 2010

LA UTOPÍA NEGRA DE CARLOS GARCÍA MIRANDA


La narrativa de Antonio Gálvez Ronceros (Chincha, 1932) obtiene cada vez mayor reconocimiento, sin embargo, pocos han sido los estudiosos que se han acercado rigurosamente a ella. Con el fin de llenar esos vacíos, aparece Utopía negra. Representación, escritura/oralidad e identidad cultural en la narrativa negrista de Antonio Gálvez Ronceros, del profesor sanmarquino Carlos García Miranda (Lima, 1968). El volumen se halla dividido en dos partes: la primera centrada en cómo la crítica especializada aborda la cuentística de Gálvez Ronceros en relación con la denominada generación del cincuenta, el grupo Narración (del cual formaron parte Luis Fernando Vidal, Miguel Gutiérrez, Augusto Higa y Oswaldo Reynoso, entre otros) y tendencias narrativas como el regionalismo, la vertiente realista, el realismo mágico, la literatura popular y la tendencia urbana. Asimismo, García subraya cómo es analizado el universo cultural negro en la obra de Gálvez Ronceros por investigadores como María Cuba Manrique, Ana María Portugal y Carlos Orihuela. Aquí se plantea de qué manera el autor de Monologo desde las tinieblas recrea imaginariamente el habla de los negros de Chincha.
La segunda parte consigna el aporte personal de García Miranda para el estudio de la producción cuentística de Gálvez Ronceros. Premunido de categorías tomadas de la narratología (como focalización, modalidad y distancia) y de los estudios culturales (“literatura del borde” o de contacto intercultural), el investigador llega a precisar el funcionamiento de la escritura y la oralidad en Monólogo desde las tinieblas y concluye con el tema de la identidad cultural en la narrativa negrista de Gálvez Ronceros.
El libro tiene varios méritos. Es una buena introducción al estudio del autor en cuestión, escrita con una prosa ágil y didáctica. Revela un indiscutible orden expositivo. El lector puede adentrarse en el universo cultural de Gálvez Ronceros sin dificultad alguna. Además, emplea varios métodos: el de la narratología y el de los estudios culturales, representados, en Latinoamérica, por Ángel Rama y Antonio Cornejo Polar. En otros términos, discrepa del monismo interpretativo y manifiesta una cercanía por la perspectiva hermenéutica que descree de la fetichización del método, que deja de lado las particularidades del objeto de estudio para convertir a este último en una suerte de Dios omnipotente.
Puedo objetar que faltó sutileza en algunas conclusiones demasiado categóricas: “Programáticamente, para Narración la literatura es reflejo de la realidad social. En cambio, en la obra de Gálvez Ronceros ésta es, ante todo, representación artística” (p. 24). No estoy tan seguro de que se pueda afirmar que para Narración la producción literatura sea un mero reflejo de la realidad social. De otro lado, comparar lo “programático” con los productos artísticos es algo que merecería quizá mayor finura expositiva. Además, encontramos, en los ensayos, referencias bibliográficas que no son completadas en la bibliografía final, la cual pareciera estar incompleta.
Estas objeciones no mellan el indiscutible mérito de La utopía negra como un valioso acercamiento a un clásico vivo de nuestra narrativa y orfebre de la palabra: Antonio Gálvez Ronceros.

domingo, marzo 14, 2010

LABRANDA DE RÓGER SANTIVÁÑEZ



Integrante del iconoclasta grupo “Kloaka”, Doctor en poesía hispanoamericana por la Universidad de Temple, Róger Santiváñez (Piura, 1956) ha forjado un estilo en el ámbito de la lírica de los años ochenta que se caracteriza por una búsqueda de un equilibrio entre el coloquialismo imperante desde los años sesenta en el Perú y expresiones más elaboradas, acaso impregnadas de un estilo más barroco, propenso al paralelismo sintáctico y a la profusión de aliteraciones.

De ello puede dar testimonio Labranda (Lima: Tranvía Editores, 2009), cuya segunda edición llegó a mis manos hace algunos meses.
Se trata de un poemario dividido en tres partes: “Hall”, “Once Again” y “Homenaje a Ezra Pound”. La primera sección tiene un poema liminar (“Stretti”) y, luego, cuatro momentos: “Winter”, “Spring”, “Summer Time” y “Autumn”. En el texto inicial (“Stretti”), el poeta configura un paisaje donde, a la manera de una poética de la sensación, habla de aguas parpadeantes, de un petirrojo y de un mundo ondulante, imágenes que, por momentos, nos recuerdan –salvando las distancias— a la poesía de José Lezama Lima: “Aguas parpadeantes inquietas avanzan/ Sus pájaros planean & sucumben ante/ El fragor súbito del súbito sol en penumbra dorada” (p. 11).

En la estación del invierno, destaca un tono heredero de Reinos de Jorge Eduardo Eielson. Santiváñez coincide con este último en lo que respecta al tópico del ángel tan caro a Rainer María Rilke. En “Aglae” se alude a un fauno, hecho que nos trae a la memoria la lírica de Stéphane Mallarmé.
En “Spring”, el poeta intenta un contraste entre la cotidiana de Lima asociada a la adolescencia del yo poético y el mar que lleva a la muerte de una gaviota: “La rada en que fallece una gaviota”. En “Summer Time”, aparece un torrente de metáforas: “Talle de rosa firme en lo cenizo/ De tu piel papel escrito & retocado/ Reventazón de mástil bajo toalla”. Imágenes sugestivas al lado de recursos típicamente barrocos como la sustantivación del adjetivo (“lo cenizo”) y el cúmulo de aliteraciones de la líquida /l/ ponen de relieve un trabajo minucioso en el nivel de significante.

En la estación de otoño, se manifiesta la figura del sujeto migrante que se desplaza de Sudamérica a Filadelfia (poema “Jazmín”) y que percibe, como dice Antonio Cornejo Polar, el mundo escindido en su memoria, donde el “allá” y el “aquí” parecieran confundirse en la mente del hablante. Se habla de Piura y el texto termina con un idilio en Filadelfia. Se “confunden” los tiempos y espacios: el corazón del yo poético da la impresión de querer irse a Sudamérica, pero algo liga al locutor con Fildadelfia.


Labranda es un libro muy valioso en el ámbito de la poesía hispanoamericana actual. Su propuesta es barroca; sin embargo, navegar a contracorriente es sinónimo de asumir un desafío, pero también de riesgos. Poetas como Lezama Lima o novelistas como Alejo Carpentier han configurado una visión del mundo plenamente barroca. Santiváñez es un escritor muy talentoso, mas sus recursos, herederos de Lezama, aún no han podido conformar un universo (una ideología) cabalmente barroca. Tenemos confianza de que lo hará en los próximos poemarios que leeremos con interés y delectación.

martes, marzo 09, 2010

HOMENAJE A BLANCA VARELA


En la Casa de la Literatura Peruana se realizará el Homenaje a la poeta Blanca Varela, cumplido un año de su fallecimiento. El encuentro, que es organizado por la Casa de la Literatura Peruana, Christian Elguera y la Revista Virtual de Literatura El Hablador, será el 12 de marzo en la Estación Desamparados, Centro Histórico, desde las 4:00 pm. Ingreso libre.

En este homenaje participarán, respectivamente: Lourdes Rojas, Jesús Zavala, Nils Quispe, Alberto Valdivia, Óscar Limache, Camilo Fernández, Rocío Silva Santisteban y Mariela Dreyfus.

Casa de la literatura peruana

Christian Elguera

Revista Virtual de Literatura El Hablador

www.elhablador.com

Homenaje a Blanca Varela

12 de marzo

4: 00 p.m.

Programación

4: 00 p.m. – 4: 15 p.m.

Presentación

Christian Elguera

Agustín Prado


4: 15 p.m. -5: 15 p.m.

“La realidad, el existencialismo y el deseo vareliano”

Participan: Lourdes Rojas, Nils Quispe, Jesús Zavala

Modera: Benjamín Sandoval


5: 15 p.m. – 6: 15 p.m.

Alberto Valdivia

“Blanca Varela: Panorámica de una conciencia que despierta"

Óscar Limache

Lectura de Blanca Varela frente al océano Pacífico".

Modera: Christian Elguera


6: 15 p.m. – 7.10 p.m.

Camilo Fernández Cozman

"Estructuras figurativas en la poesía de Blanca Varela".

Modera: Jesús Zavala


7: 10p.m. – 8: 10 p.m.

Rocío Silva-Santisteban

Mariela Dreyfus

“Disertación sobre Blanca Varela”

Modera: Luis Fernando Chueca

viernes, marzo 05, 2010

IN MEMORIAM ESTHER CASTAÑEDA (1947-2010)




En los años ochenta la Escuela de Literatura de la Universidad de San Marcos tuvo, sin duda, profesores de muy alto nivel. Basta recordar algunos nombres ilustres: Antonio Cornejo Polar, Desiderio Blanco, Wáshington Delgado, Francisco Carrillo, Edgardo Rivera Martínez, Carlos Garayar, Luis Fernando Vidal, entre otros. En ese cúmulo de maestros, destacó Esther Castañeda por su espíritu de investigación y entrega a la difícil labor de la docencia en una época signada por la violencia y por el deterioro económico de las universidades nacionales. Muchas veces se ha dicho que la razón de ser de la enseñanza universitaria es la investigación, cauce que permite que el conocimiento fluya, interminable, del maestro al alumno. Ahora que pululan centros de enseñanza que rinden pleitesía al lucro, quizá sea necesario recordar que lo importante es el amor por el saber y que ello justifica la tarea intelectual de pensadores como Raúl Porras Barrenechea, Jorge Basadre o Estuardo Núñez, y su indiscutible legado en un país que no valora, con justeza, las obras de sus grandes creadores.

Hace unos días, un mail me comunicó que Esther Castañeda, aquella persona que me dictó cursos memorables como “Metodología del trabajo intelectual” y “Literatura Peruana del siglo XIX”, había dejado de existir. Dio a conocer poemarios como Interiores (1994), Carnet (1996), Falso huésped (2000), Piel (2001) y Chosica / Fiebre de familia (2005). Estudió el aporte de las revistas de vanguardia en su interesante libro El vanguardismo literario en el Perú (1989). Pedro Escribano nos recuerda que por iniciativa de Castañeda se creó el curso de “Literatura escrita por mujeres” en la Universidad de San Marcos, donde se le confirió la merecida distinción de Profesora Emérita.

Nada es producto de generación espontánea: siempre hay un proceso que explica plenamente el surgimiento de nuevos acontecimientos en el ámbito de la cultura. El legado de Castañeda está en sus discípulos, aquellos que aprendieron con ella a encaminarse por la senda de la investigación. Ni un mal incurable pudo amenguar el ánimo de Esther Castañeda, quien en sus últimos años impulsó, con inusual ahínco, el sello Magdala Editores; escribió versos, publicó libros y dio recitales. Testimonio de que la literatura quizá pudiera vencer la muerte.


*Foto (cortesía La República)


jueves, marzo 04, 2010

ÚLTIMO DÍA (relato)/ ALEXANDER CAMPOS SOTO



Deja vencer su cuerpo sobre la cama, hunde la cabeza en la almohada e intenta dormir. No lo consigue. Un edredón azul cubre, a medias, su enjuta humanidad. Escucha el ruido monótono que proviene de la calle. Ya nada le llama la atención. Ahora todo le apesta.
Desea sumergirse en el sueño, un vago aire llega a acariciarle las mejillas. La tristeza lo invade y de sus ojos se desprenden unas cuantas lágrimas. Y, por fin, se queda dormido.
Luego de unas cuantas horas, despierta. Mira la hora en el reloj que está sobre el velador. Son las tres de la tarde. “¡Cómo pasa el tiempo!”, se dice a sí mismo. Va deprisa hacia el baño, ve su semblante en el espejo, quiere creer que se trata de un rostro bello y lozano. Mentira: ahora lo divisa pálido, sin vida, como una hoja seca arrastrada por el viento.
Mira los anaqueles de la pequeña vitrina, tantas cajitas de antidepresivos y somníferos. Intenta tomar un puñado de cápsulas, un cóctel suicida… Una imagen perversa pasa por su mente y, luego de un repentino ataque de pánico, tira las pastillas por la ventana con una rabia que no cabe en su cuerpo.
Se dirige hacia el viejo ropero y desempaca el traje azul marino que le regaló su padre. Y piensa: “si tengo que morir, lo haré sin miramientos, pero también con elegancia”. Se siente soberanamente ridículo, un pobre diablo infinito.
Sale a la calle, apesadumbrado, vacilante, camina algunas cuadras. Alza la mirada hacia el cielo y distingue un avión fulgurando en medio de las nubes. El debería de estar en ese avión, porque siempre deseó visitar Francia, esa tierra tan hermosa y esquiva: un país que solo conocía por fotos, películas y por las grandes novelas que había leído. Desde niño se obsesionó con París: conocer el amor, la mujer de su vida, pasearse con ella bajo la sombra de la torre Eiffel… visitar librerías, la tumba de Vallejo, sentarse en algún banco a contemplar la tarde…
Recuerda las palabras de aliento que le decía un familiar que vivía al otro lado del mundo: “en cuanto termines el colegio, yo te ayudaré a realizar tu sueño”. Solo se burló de él, lo pisoteó, lo humilló y, claro está, la promesa nunca se cumplió.
Jamás se sintió capaz de imaginar su último día de vida. No podía ser de esa manera: solo y sin un porvenir, caminando por algunas calles que de tan conocidas le resultaban hostiles.
Se dispone a tomar una taxi e irse al mar (a Ancón o La Herradura… a donde lo lleve el infortunio). Recuerda las playas de su infancia mientras los estudiantes universitarios deambulan por su costado, pensar que él pudo ser uno de ellos. Tal vez si hubiera ingresado a la Católica, todo sería distinto, ¿o no?
Se va en un taxi rumbo al mar y trata de creer –soñar absurdamente– que ese viejo chofer que serpentea curvas es más infeliz que él. Al llegar observa a unas mujeres muy bellas tomando sol en la orilla, puede que sean norteamericanas, o tal vez francesas. Sí, unas preciosas hembras parisinas le resultan caídas del cielo. Las mira por un momento y se siente odiosamente frívolo. Acaso si hubiese aprendido el francés ahora podría abordarlas sin miedos ni rubores. Si hubiera estado con una de ellas –cualquiera de las tres, sabe que a estas alturas ya no está para escoger–, su vida sería más auspiciosa.
Llega al fondo del muelle, las turistas quedaron atrás y seguramente ni se percataron de su presencia. Escucha el ruido de las olas, mira por última vez lo que ocurre a su alrededor. Y se despide del mundo con un grito que a nadie le llama la atención. “Todo acabó”, se dice a sí mismo y, antes de enfrentar al océano, piensa que quizá es un buen día para aprender a nadar.
Al sumergirse en el agua, creyó con inusitada emoción que alguien lo emulaba, pasaba entonces a convertirse en el pionero de los ensueños más descabellados, su corazón le decía algo indescifrable, ridículo: al otro lado del mundo, París seguía aguardando.



*Alexander Campos Soto. Nació en Santa Cruz (Cajamarca, Perú) el 01 de febrero de 1990. Actualmente estudia Derecho en la Universidad San Martín de Porres.