viernes, febrero 19, 2010

POÉTICAS ANDINAS DE MAURO MAMANI MACEDO


La poesía puneña no ha merecido el análisis crítico que dé cuenta de su riqueza, diversidad cultural y cosmovisión andina. Sabemos que el vanguardismo peruano tuvo, en la lírica, dos vertientes: una cosmopolita (donde brillan, con luz propia, Martín Adán, Emilio Adolfo Westphalen, César Moro y Xavier Abril) y otra indigenista (representada por César Vallejo y los exponentes del grupo "Orkopata"). Esta explicación demasiado esquemática ha evidenciado sus carencias para asediar la obra de poetas como Carlos Oquendo de Amat, quien habla de su "aldeanita de seda", pero, a la vez, emplea el espacio de la página en blanco, a la manera de Stéphane Mallarmé y Guillaume Apollinaire, en textos como "New York". ¿Indigenismo y visión cosmopolita en la fusión del genial autor de 5 metros de poemas?

Esa es una de las interrogantes que atraviesa el reciente libro del profesor sanmarquino
Mauro Mamani Macedo (Arequipa, 1969), cuyo título Poéticas andinas. Puno (Lima: Pájaro de fuego, IIH de la UNMSM y Guaraguao: 2009) muestra la paladina intencionalidad de asediar los versos de autores como el ya citado Oquendo de Amat, Gamaliel Churata, Efraín Miranda, Alejandro Peralta, Inocencio Mamani, Dante Nava, Omar Aramayo, José Luis Ayala, Gloria Mendoza y Boris Espezúa.

En uno de los ensayos, el investigador aborda la referencialidad en la poesía de Inocencio Mamani poniendo énfasis en el estudio de la figura de la prosopopeya que emparenta dicha obra con la fábula como género discursivo. En otro de los estudios, el crítico asedia las migraciones exteriores e interiores que se manifiestan en la obra de Oquendo de Amat. Premunido de la categoría de "sujeto migrante", formulada por Antonio Cornejo Polar, el hermeneuta reconoce el espacio del viaje y del recorrido que atraviesa 5 metros...
: "La ruta exterior va del campo a las ciudades, de la aldea a las urbes" (p. 72). En cuanto a la migración exterior, "El sujeto regresa de la locura y se encierra en su mundo interior, en ese tiempo y espacio adquiere un aprendizaje" (p. 74).
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Mamani analiza también la poesía de Efraín Miranda precisando la poética de lo telúrico que inunda el pensamiento de este último. Resulta valiosa la noción de desplazamiento como categoría hermenéutica. Ello le transfiere al enfoque teórico un dinamismo sumamente ilustrativo y, por lo tanto, evita las perspectivas maniqueas y estáticas.

Que esta breve nota sea una invitación a leer Poéticas andinas. Quizá hubiera sido necesario un análisis algo más minucioso del arsenal retórico de los poemas, pero ello no opaca el mérito que posee este interesante libro de crítica.

lunes, febrero 15, 2010

LA TEORÍA DE LOS CAMBIOS DE ENRIQUE VERÁSTEGUI


La relación entre poesía y conocimiento tiene, sin duda, larga data. Desde Edgar Allan Poe (quien relacionó la poesía con la matemática en "Filosofía de la composición") hasta Ezra Pound (la poesía debía ser una ciencia como la biología o la química, afirmaba el impenitente "amigo inconfesable" de Luis Hernández) ha pasado mucha agua bajo el puente. Ya afirmaba Guillaume Apollinaire: "Bajo el puente Mirabeau fluye el Sena/ También viejos amores". ¿Qué horizonte de posibilidades se abre cuando un poema nos lleva al siempre intrincado laberinto del saber en la denominada era del conocimiento?

César Vallejo nos habla de Heráclito, de Marx y Darwin. Rodolfo Hinostroza gusta de las circunferencias y de la fórmula de la teoría de la relatividad. Los ejemplos podrían multiplicarse. Recordemos el léxico de Saint-John Perse y su universo pleno de referencias vegetales que traduce una cosmogonía impregnada de una sensibilidad moderna y, por ende, autocrítica. Ya lo decía Octavio Paz, si no afilamos nuestra conciencia crítica, estamos aún en el páramo del medioevo.

Que este prefacio nos sirva, en algo, para adentrarnos en el último poemario de Enrique Verástegui: Teoría de los cambios (Sol negro editores: 2009), quien deja de lado el poema-río que se había manifestado en ambiciosos proyectos, como Ángelus novus, para volver al universo de la sugerencia a partir de textos más breves, pero de gran capacidad sugestiva. Aquellos que leímos, con fervor, esa ópera magna llamada En los extramuros del mundo que marcó toda una generación e hizo cambiar de rumbo a la lírica peruana, nos sentimos reconfortados ante la presencia de versos como los siguientes: "Escribí ese poema en la otra vida/ y lo refrendo ahora. No es un karma,/ es el apretón de manos entre el pasado y el futuro./ Tal vez no escribí ese poema ayer, sino en un mundo múltiple/ donde pasado, presente, y futuro se confunden:/ luz al final del túnel/ que traspasa la montaña hacia la luz" (p. 66).

La poesía de Verástegui se nutre de múltiples referencia culturales: Kant, Hegel, Leibniz, Russell, Wittgenstein, el mundo oriental, entre otras. El yo poético afirma que se le ha prohibido pensar cuando en realidad lo importante "es organizar el caos" (p. 16). Para ello se opone radicalmente a un ícono de la llamada generación del 50: el gran poeta Javier Sologuren, quien se asocia a la vejez y a las convenciones sociales dominantes. El desorden de Verástegui se confronta con la norma "culta" encarnada por el poeta de Vida continua.

Sentarse como un yoga y admitir que la Biblia, Platón y Horacio se equivocaron, constituyen un acto de entrega a la frescura y belleza del universo: "teoría de los cambios florece cuando sueñas" (p. 37). En fin, un poemario que confirma el talento de Enrique Verástegui y su posición privilegiada en el orbe interminable de la poesía latinoamericana.