jueves, febrero 19, 2009

CUENTO DE ORLANDO MAZEYRA


Nos es grato publicar el cuento de Orlando Mazeyra que obtuvo una merecida mención honrosa en el reciente concurso de relato breve de la Feria del Libro de Trujillo.

BANDEJA DE ENTRADA

Orlando:
En verdad, no sé qué texto me has enviado. ¿Es un testimonio personal? ¿Un fragmento de novela? ¿Tu capitulación en la pelea literaria? ¿Tu conversión al carrusel religioso? No lo sé. Para mí, en todo caso, es un texto desigual, distinto a los que me enviaste hace un tiempo, que estaban muy buenos. Los anteriores eran cuentos, con un estilo controlado, una estructura definida y un remate de historia redonda. Lo que veo aquí es rarísimo y, a decir verdad, no sé cómo tomarlo. Tiene partes inteligentes y bien escritas, y otras en las que se nota que estás confundido. ¿De qué se trata esto? ¿Qué ha pasado contigo?
Si es un testimonio y vas a cambiar el fanatismo literario por el religioso, tan solo porque el medio 'culturoso' peruano es hostil o porque un buen cantante de boleros te ha comido el coco, allá tú. Es tu decisión. Por los dos caminos, ni qué decir, todos nos vamos a la mierda, aunque con la religión, debo reconocerlo, muchos parten con una sonrisa en los labios.
Espero que no hayas claudicado, pues creo que tienes talento.
Por otro lado, te informo: en este mundo ya nadie triunfa. El triunfo es una ilusión óptica, ya que la humanidad ha perdido el carnet de trascendencia. Uno no debe buscar eso. Uno solo debe buscar hacer las cosas cada día mejor. No temerle al fracaso. El fracaso es un cómplice, un aliado: muchas veces nos da una mano para salir del hoyo. Como decía el gran Cortázar, la vida es caer y levantarse.
Te deseo lo mejor,
F.

Pocos, muy pocos, saben que no siempre fui un pastor evangélico: antes soñaba con llegar a ser novelista. ¡Qué extraños suelen ser los designios del Señor! Eso sí, los libros de Arguedas tuvieron la culpa. Luego vinieron otros, de distinta factura, aunque ninguno como Los ríos profundos, pues ––después de Dios y la Biblia, por supuesto–– descubrir al niño Ernesto fue lo mejor que me pudo pasar en la vida.
––Si quieres ser escritor, yo te apoyo, pero tienes que irte a Lima de una vez, porque acá sólo serás un borrachín frustrado como tu tío Toño o, peor aún, un putañero sin rumbo, una bala perdida como el Loco Saldívar ––me dijo mi padre y me mandó directo para la capital, sin preguntarme siquiera qué opinaba yo al respecto. No hizo bien ni hizo mal, simplemente lo hizo. No hay vuelta que darle: "Yo he vivido más que tú, por eso tienes que hacerme caso en todo", solía repetirme siempre.
Llegué a Lima con la esperanza de poder codearme con escritores notables: pedirles consejos, además de lecturas. A algunos logré alcanzarles copias de mis relatos más logrados (siempre cargaba religiosamente en mi mochila un par de fotocopias de mis elucubraciones, para cualquier eventualidad). Fue un error, desde luego; pues todos me prometían que revisarían mis manuscritos y me escribirían (les anotaba rápidamente mi correo electrónico o mi número telefónico en la primera hoja de los cuentos, y juro que lo hacía con una ilusión digna del mejor relato acerca de escritores fallidos). Nunca me llamaron o respondieron. Siempre me quedó la duda de si llegaron a leer mis historias o si las echaron al tacho sin mayor trámite. Pienso que no las hojearon, porque, en verdad, estoy convencido de que no eran tan malas.
Cuando ya me hastié del tedio de las clases universitarias (y de repartirles fotocopias de mis textos), quise compartir aunque sea una cerveza con ellos, hablar de literatura (la suya y la mía), el compromiso social y de la realidad nacional.
––¿Por qué quieres ser escritor? ––me preguntó Oswaldo en el bar Palermo.
––Porque me da la gana ––respondí con la altanería que dan los buenos tragos y la candidez juvenil.
––Entonces tienes que escribir mucho, leer el doble y vivir intensamente.
––¿Vivir intensamente? ––le pregunté mirando su profusa y encanecida cabellera… la gente canosa siempre me pareció sabia.
––¡Por supuesto! ––anotó––. Si no vives con intensidad, entonces sobre qué chucha vas a escribir.
Él estaba equivocado, era ateo, su única religión era el marxismo. A veces creo que fracasé porque, en realidad, sólo acaté una de las tres indicaciones: la tercera, por supuesto. El día que cumplí mis dieciocho años lo decidí: voy a vivir intensamente.
Me olvidé del enorme lago y de los hermosos cerros de mi pueblo y, también, de mi loco afán de novelar el mundo andino, al que yo creía conocer con una perfección sobrenatural, arguediana. Así, me metí de lleno en Lima: "mi Lima", como afirmaba cuando paseaba de noche por toda la avenida Arequipa. Y, mientras devoraba a Bukowski, conocí a Rilo (un escritor marginal que me prestaba libros raros), me peleé con Malca (luego supe que era el autor de una salvaje y estremecedora novela llamada Al final de la calle) y le hice llegar un guión de cortometraje a las propias manos del cineasta Pancho Lombardi: era una historia sobre Karicia ––con K, como ella misma me lo aclaró antes de desnudarse para brindarme sus servicios––, la puta que me desvirgó y enamoró en Las Cucardas.
––Lo voy a revisar ––me dijo displicentemente––, pero no te prometo nada.
"Sí, huevón…", pensé para mis adentros, recordando esa vieja promesa que me hicieron tantos escritores grandes, mediocres o desconocidos…
En la peor chingana que he pisado en mi vida conocí a Iván Cruz, fenomenal cantautor cantinero y, por si fuera poco, compañero de ruta. No tengo la menor duda en afirmar que él era un fuera de serie, un LOCO con mayúsculas. Esa misma noche probamos de todo y nos reímos de todo y de todos (empezando por nosotros mismos)… Realmente andábamos perdidos, confundidos… pero, ahora lo sé, siempre estuvimos al lado del Señor: ¡por eso nos salvamos!
***
––¿Apellido? ––preguntó al verme frente a él, sin siquiera mirarme ni estirar la mano en señal de saludo, tal como lo dicta la más elemental urbanidad. Casi de inmediato, su rostro y la inútil Olivetti que había al lado de su ordenador me hicieron recordar a Pablo Quintero. Por esa época yo tenía la extraña obsesión de buscar en la vida real a todos los personajes que Almodóvar inventaba en sus películas.
––Mazeyra ––le respondí nerviosamente, escondiendo las manos en los bolsillos de mi pantalón e intentando dar un paso hacia atrás.
––Ah ––exclamó con desagrado mientras tachaba la carátula de un manuscrito cuyo título alcancé a leer: Todos somos Mentiras––, tú debes ser Orlando Mazeyra; el que le dejó a mi hija esa novelita sobre unos maricas nihilistas que pretenden fundar un nuevo país en la amazonía.
––La novela se llama Selva virgen, señor Cornejo, y me parece que el argumento es algo más complejo de lo que usted se imagina ––alegué perturbado––. Talvez la leyó mal, pero no tengo ningún apuro en llevármela: léala de nuevo si gusta, para que la entienda cabalmente y así tenga un mejor panorama antes de juzgarla. Ojalá pueda comprender que, en primer lugar, la elección de la selva no es arbitraria ni mucho menos gratuita, más bien, trato de recoger lo mejor del mundo andino y del costeño para armar un mosaico, un artefacto unificador que se gesta en la selva pero que crece y, desde allí, se alarga hacia todos los rincones del Perú.
––Mira ––me dijo antes de encender un cigarrillo a medio consumir que rescató del cenicero––, no quiero sonar irrespetuoso, pero vete a otro lado con ese floro. A mí me gusta ser bien sincero con estas cosas: no tienes pasta, dedícate a otra cosa, compadre. Tu novela no pasa de ser un folletín insípido en donde afloran los lugares comunes, un manual para reprimidos que no se atreven a salir del ropero. La historia está más verde que la selva en la que instalas a tus personajes, y, además, me podrás acusar de homofóbico, prejuicioso o ignorante. Te aclaro que no lo soy, por algo tengo una editorial transparente y con un prestigio bien ganado. Y, aunque no me lo vayas de creer, te puedo asegurar que yo admiro más que tú a Eielson, Adán y al mismo Reynoso; pero ya no me gusta publicar historias sobre afeminados… y menos si son tan malas como la tuya.
Insólita perplejidad en mis ojos y fuego redomado que, de abajo hacia arriba y abriéndose paso, lamía apurado las paredes de mis entrañas. El silencio alojó a mi impotencia por menos de diez segundos; pero el silencio a veces quema:
––¡Me llega a la punta del pincho toda la mierda junta que dices! ––repuse indignado; todo lo que acababa de escuchar acerca de mi novela había avivado mi rabia hasta rebasar el límite––. ¿Quién chucha eres tú para menospreciar con tanta raza lo que escribo? ¿A quién le has ganado, petulante de mierda? ¿Cuándo fuiste?
––Creo que ya es hora de que te vayas ––me dijo entregándome mi manuscrito con una cautela tal que me puso en sobre aviso: me gustó verlo pálido, asustado. Sentí un desconocido placer que no hizo más que terminar de soltarme la rienda. Nunca en mi vida le había inspirado tanto temor a nadie. La escena, aparte de magnífica, era digna de novelarse: yo, escribidor en ciernes, escupiendo insultos en la cara de uno de los editores más influyentes del Perú. ¿Alguien me lo creería?
––Tienes razón, Cornejo, ¡acertaste otra vez, oh, editor infalible! ––le dije aplaudiendo con violencia muy cerca de sus narices––. No tengo pasta, no tengo ni una puta pizca de talento… pero igual escribo y lo seguiré haciendo hasta que me lo pidan los cojones. Yo me mato escribiendo todos los días y no arrugo como otros. ¿Sabes de quién estoy hablando o te vas a hacer el huevón?
Se quedó petrificado, confundido, con una boca entreabierta que albergaba dientes amarillentos y desgastados. Luego de varios segundos de indecisión, ejecutó un movimiento torpe y ridículo que hizo caer el cenicero al suelo. Se quedó mirando en silencio cómo las cenizas se terminaban de esparcir por encima de la alfombra.
––Hazme un favor, cholito ––rematé con un tono sarcástico y algo forzado––: cuando te atrevas a escribir algo, házmelo llegar para limpiarme el culo con eso. Yo te prometo que cuando vuelva a escribir sobre maricones me voy a inspirar en ti y en la cara de loca desesperada que has puesto. No te las des de intelectual, porque tú no eres más que un aprendiz de alimaña.
***
Al único que me creí capaz de contarle mi amarga experiencia con el editor Cornejo fue a Iván. Él, sin ser escritor y sin conocerlo personalmente, me creyó:
––No les hagas caso: así son esos.
Muchos lo subestiman, inclusive hasta el día de hoy que ya es otra persona, pero Iván siempre fue una persona amable y conversadora. A veces hasta hablábamos de literatura… sus lecturas tenía…
––Yo no creo en dioses ni en musas ––me dijo Iván––. La inspiración no es otra cosa que una mentira; la mentira madre de todas las mentiras que han inventado los hombres. Aceptar que la inspiración no existe puede resultar siendo trágico para algunos, pero para otros, como yo, esta aceptación da paso a la auténtica creación.
––¿Y cuál es la auténtica creación? ––le preguntaba para darle más cuerda.
––La de los bulldozers. Los artistas somos como esas enormes máquinas. Nuestra potencia radica en nuestras palabras; mejor en singular: la palabra… Con las palabras nos abrimos camino y somos como los bulldozers. ¿Recuerdas a Valdelomar?
––El caballero Carmelo …
––No te hablo de ese cuento que, de hecho, es una historia muy linda; me refiero a sus opiniones acerca del arte. Si no estoy hablando piedras, creo que él fue quien dijo que el primer deber del artista era abrirse camino y no dejar que los demás lo aplasten.
––Me parece una idea cierta e interesante que me hace recordar al viejo Cornejo: él intentó aplastarme; pero, volviendo al tema, lo que me jode de Valdelomar es que era demasiado vanidoso y posero… Eso de autoproclamarse El Conde de Lemos me hace pensar que la vanidad es hermana de la frivolidad.
––La vanidad es el motor del progreso universal –apostilló Iván.
––¿Sábato? ––pregunté algo inseguro.
––Exacto, en El Túnel . ¿Tú tienes alguna buena frase por ahí?
––Una como para ti –dije sonriendo–: hay perfectos hijos de puta que son grandes artistas.
––¿Bryce? ––inquirió dubitativo.
––No, Pérez-Reverte.
–– A ése sí que no lo conozco. Pero yo tengo una mejor.
––A ver lánzala.
––La realidad ofende, pero el trago defiende.
––Esa sí es de Bryce ––le dije convencido.
––No, tú también fallas, chochera. Esa es de mi cosecha personal, ¿qué te parece?
––Bueno… Sin duda es tuya porque sintetiza perfectamente tu vida.
––¿Por qué mierda dices eso?
––Porque tú eres un borracho sin remedio como Bryce ––sentencié dándole palmadas en el hombro.
––¿Y tú? ––preguntó irritado––. Un hijo de puta como Vargas Llosa.
Y sí. Verdad a medias, jodida, jodidísima verdad en cuanto a lo de hijo de puta. Verdad a medias porque, para mi mala suerte, yo no era Vargas Llosa ni podía escribir algo tan bueno como La ciudad y los perros… era, más bien, algo así como el Perro de la Ciudad ––relato que no obtuvo ni una sola mención honrosa en los más de diez concursos en los que participó–– que varias veces intentó huir despavorido hacia una Selva Virgen para encontrarse con su amado pueblo y con la generosa Lima que lo acogió; pero nunca encontró el camino (o se negó a encontrarlo, como suele suceder cuando negamos a Dios).
Talvez el viejo Cornejo, más que un daño, me hizo un favor. El Señor lo puso en mi camino y se lo agradezco infinitamente pues, retirarme inédito de mi oficio de literato me ha otorgado un cierto aire de dignidad. Antes, me creía el Henry Miller de la avenida Arequipa, el Truman Capote que hace décadas Lima y el Perú estaban esperando. ¿En qué rayos estaba pensando? ¿Por qué no te escuchaba, mi Señor?
Ahora sé que mi vida no era una Selva Virgen sino una selva profanada. Y permaneció así mientras no entendí que todos somos mentiras, todos somos pecado; todos menos el Creador. Antes rezaba, pero le rezaba al diablo sin darme cuenta. Y le rogaba que un buen premio literario acalle para siempre mis inútiles escarceos que ––como en el poema de Borges–– entretejían naderías.
No sabía, todavía, que el éxito y el fracaso no son nada más que dos impostores. Atiborraba mi vida con bases de concursos y seudónimos, con ilusiones vanas, sobres Manila, fotocopias de manuscritos olvidados, taxis que me llevaban presuroso a la oficina de Serpost más cercana. Y fue precisamente yendo a dejar un manuscrito que me accidenté, estuve en coma siete meses, y al despertar me encontré con Dios. Empecé de cero, la Biblia me dio las pautas.
"Nadie sabe lo de nadie: DIOS SABE DE TODOS", me dijo al oído Iván Cruz, el día que me encontró en la iglesia evangélica. Lo abracé, lloré y le prometí que le ayudaría a componer la canción soñada, la mejor de todas: Le doy gracias a Dios.
Y así fue.

domingo, febrero 15, 2009

UNOS VERSOS DE VALLEJO Y UN PREMIO PARA EL CINE PERUANO


Vallejo decía: "¡Sierra de mi Perú, Perú del mundo,/ y Perú al pie del orbe; yo me adhiero!" Estos versos revelan el afincamiento del poeta en la sierra y la posibilidad de universalizar el legado cultural andino. Es decir, la sierra dentro del Perú situado en el ámbito internacional. Vallejo no solo escribía en español, sino también en francés. Dejó obras de teatro y textos de crítica teatral escritos, con gran maestría, en la lengua de Baudelaire. En pocas palabras: cosmopolitismo e indigenismo fusionados en la magia de la escritura.


Ayer me entero de que la película La teta asustada se alzó con el oso de oro en el Festival de Berlín. Y escucho a Claudia Llosa agradecer el premio en un perfecto inglés, luego observo a la actriz ayacuchana Magaly Solier cantar en quechua y terminar con un "gracias", dicho en la lengua de Cervantes o, mejor, pronunciado en un castellano andino. Me pregunto si este premio no nos reencuentra con lo mejor de nosotros mismos, si no se trata de un homenaje a nuestra diversidad cultural, asumida no como un obstáculo, sino como un permanente desafío. Vallejo pensaba que los aportes de la cultura andina pudieran universalizarse e imagino la emoción de Llosa escuchando el canto en runasimi en un importante escenario de Berlín. Felicitaciones y a celebrar.

martes, febrero 10, 2009

LIBRO SOBRE JOSÉ WATANABE

En diez días, aproximadamente, saldrá la edición de mi libro que llevará por título Mito, cuerpo y modernidad en la poesía de José Watanabe. Se trata de seis ensayos. El título de cada uno de ellos es el siguiente: "De cómo la poesía de JW nació en Laredo", "JW y el río de los años setenta", "JW, el haiku y la sabiduría del silencio", "El huso de la palabra y el abismo de la modernidad", "Historia natural: el bestiario a la orilla del mito", "Cosas del cuerpo: la vida es solo física". Aquellos que deseen adquirir el libro, pueden escribirme al siguiente correo: ensayo00@yahoo.com; aquí va un adelanto del mencionado volumen.

INTRODUCCIÓN

Quisiera empezar contando una historia. George Moore envía un telegrama extenso al poeta José Emilio Pacheco pidiéndole que le conceda una entrevista, pero esta se frustra de modo súbito. El artífice de Irás y no volverás escribe un poema para explicar por qué recusa el diálogo con los periodistas: “Carta a George B. Moore en defensa del anonimato”; allí afirma que no tiene nada que agregar a sus textos. El receptor debe solazarse con la lectura de estos, pues la poesía es “una forma de amor que solo existe en silencio,/ en un pacto secreto entre dos personas,/ de dos desconocidos casi siempre”. La biografía, según el poeta mexicano, debe quedar de lado y ceder ante la presencia de un manojo de palabras elegidas con la habilidad de un tejedor de sílabas en la pasividad de la noche. Pacheco termina con esta sentencia: “En realidad los poemas que leyó son de usted:/ Usted, su autor, que los inventa al leerlos”.
Me imagino el asombro que habrá sentido Moore al recibir la negativa del poeta, pero también quisiera reflexionar sobre el papel del lector en la construcción del sentido de una obra literaria. El emisor es hermano del receptor: aquel vive únicamente a través de la interpretación de este. Pacheco subraya que la gente se preocupa por la vida del artista (a quien ve como un payaso de circo) y ya no se interesa por descifrar el sentido de los poemas o novelas. Algo parecido ha sucedido con la recepción de la obra de César Moro: la crítica ha puesto en el centro la homosexualidad del escritor y ha dejado en la periferia el rico material figurativo-simbólico que se desprende de sus poemas. Es decir, nuevamente la falacia del biografismo: la página del escritor refleja al pie de la letra la vida del autor real. Aclaremos: no se trata de desconocer la biografía del escritor, sino de centrar la atención en el texto artístico y no tanto en aquélla, pues ¿cómo algunas obras anónimas han quedado como monumentos de nuestra tradición cultural si se desconoce hasta el nombre de su hacedor?
La biografía del autor real no determina el sentido del poema, sino que el universo imaginario de este remite a otros textos (los mitos de la región de la que procede el poeta, por ejemplo). Algunas experiencias del autor real pueden haber influido en la gestación de la obra; pero el escritor transforma la biografía en ficción.
Este conjunto de ensayos no tiene la pretensión de objetividad de una tesis universitaria, sino que es una primera aproximación exegética a la poesía de José Watanabe (Laredo
[1], La Libertad, 1946), quien pertenece a la denominada Generación del Setenta. Lo conocí hace algunos años y me sorprendió la sencillez con la que leía sus versos y se comunicaba con el público. No había la arrogancia del elegido ni la voluntad parricida que han caracterizado a ciertos miembros de su generación. Me parecía que Watanabe era un maestro oriental que disponía los tres versos del haiku con la sabiduría y prudencia de un hombre que, al despuntar el alba, ha meditado sobre la cotidianidad que todos los seres humanos debemos afrontar y así desprende una enseñanza sin los vanos ropajes de la solemnidad.
Pienso que es un autor clave de la literatura hispanoamericana por la manera como ha bebido de dos tradiciones (la oriental y la occidental) para producir una poesía donde dialogan dos o más culturas y en esa suerte de intercambio de valores y visiones del mundo hay un efluvio de contradicciones y procesos de exclusión que son susceptibles de ser analizados desde la óptica de la crítica literaria. ¿La razón? La cultura occidental, durante mucho tiempo, fue considerada como la cultura por antonomasia, pero ahora ese edificio comienza a entrar en un serio deterioro y empezamos a percibir la necesidad de aproximarnos a otras prácticas culturales excluidas, hecho que permita dar una respuesta a la crisis del mundo occidental (pérdida de valores, racionalidad instrumental, barbarie tecnológica).
Este libro intenta ser un acercamiento a la poesía de Watanabe a partir de la lectura de El huso de la palabra (1989), Historia natural (1994) y Cosas del cuerpo (1999)
[2]. Elegí esos tres poemarios porque allí se observa el pensamiento mítico, una reflexión sobre el cuerpo en la modernidad y una crítica de la racionalidad instrumental. Creo que la poesía de Watanabe puede ayudarnos a comprender la crisis del mundo de hoy. Como lector, he descubierto en aquella una preocupación central por la inclusión del discurso de los marginales y por hacer de este planeta un lugar más humano. Comencé a leerla desde principios de los años noventa y, cada vez que emprendo un viaje por avión o tren, dispongo en mis maletas un lugar para esos tres poemarios e incluso, sin darme cuenta, me he ido aprendiendo de memoria los versos de tanto repetirlos y de reflexionar sobre su mensaje.
¿Cuál es la perspectiva metodológica que preside este conjunto de ensayos? Considero que el método debe adaptarse al texto y no a la inversa, pues la utilidad de aquél es desentrañar los intrincados laberintos de este. Rechazo el mero lucimiento de una terminología que toma al discurso literario como un subterfugio y deja de lado la dimensión intersubjetiva y esclarecedora de la crítica literaria. Si uno analiza un poema es para echar luces sobre el sentido de éste y no para convertir el método en un fetiche que sea un fin en sí mismo. También descreo de la aplicación, en las humanidades, de algunos esquemas atados a un paradigma que viene de la lógica formal o del positivismo. El ensayista debe asumir su subjetividad, pero ésta tiene que estar sistematizada y sujeta a un cierto control para que no distorsione su percepción del objeto de estudio. Por ello, estoy de acuerdo con una óptica plurimetodológica donde entren en correlación (a la manera de un diálogo platónico) la antropología, la historia y la crítica literaria. Todo ello al servicio del esclarecimiento del sentido del texto. Claro está que mi interpretación no es la única posible, pero quisiera suscitar la discusión sobre un objeto de estudio muy poco abordado por la crítica literaria en el Perú. No hay un solo libro que aborde exclusivamente la poesía de Watanabe: la pobreza de la bibliografía secundaria --salvo algunas excepciones-- es francamente penosa y revela un inexplicable desinterés por una obra que cada vez logra mayor reconocimiento en el extranjero: ¿cuándo estudiaremos a nuestros poetas como si fueran clásicos en vez de imitar ciegamente los modelos teóricos que vienen del país del norte y de Europa?
Además, pienso que el crítico literario debe tener un punto de vista interdisciplinario y realizar un trabajo de campo para profundizar en el estudio del pensamiento mítico de Laredo que subyace a la escritura de Watanabe. En ese sentido, hemos realizado entrevistas a ciertos informantes con el propósito de reconstruir los hilos de una visión mágico-religiosa, cuyas resonancias se dejan sentir en El huso de la palabra e Historia natural.
A través de una perspectiva que se nutre del pensamiento mítico y de una reflexión sobre el cuerpo como espacio sobre el cual se ejerce el discurso del poder, Watanabe medita acerca de la racionalidad instrumental
[3] y la barbarie tecnológica que priman en la modernidad como prácticas cotidianas que intentan controlar el cuerpo y el lenguaje de los individuos. Alguien vigila nuestros movimientos y no deja que utilicemos determinados vocablos. Como decía Michel Foucault[4], se trata de toda una tecnología del poder que opera de manera directa o sutil para someter al cuerpo y controlar el discurso de los hablantes.
Pero qué es la modernidad. Como sabemos, es una etapa que se caracteriza por el cambio constante, la heterogeneidad (pluralidad de comportamientos y expresiones discursivas) y la presencia de una literatura que ejerce una crítica despiadada del pasado: el hombre emplea su racionalidad para analizar todos los fenómenos, incluido el problema del lenguaje; por eso, los hechos adquieren una dimensión histórica y supraindividual de manera que la eternidad, entendida a la manera medieval, pasa a un segundo plano
[5].
Hay que añadir, además, el papel que adquiere el individuo como entidad que exige el respeto a su actitud crítica y libertad de opinión. No debemos confundir la modernidad con la modernización. Por ejemplo, si uso radares o computadoras, pero pienso como Luis XIV; entonces he optado por la modernización tecnológica, mas no constituyo un ejemplo de un individuo moderno en el sentido estricto del término porque pienso que el Estado soy yo y que no debe haber una separación de poderes ni un respeto a la libertad ni a la actitud crítica del individuo. Así, el uso de máquinas y dispositivos de enorme complejidad instaura una forma de novedad por la cual el individuo se enfrenta (premunido de una tecnología avanzada) a la conquista de la naturaleza; sin embargo, ello no significa necesariamente la materialización de un verdadero proyecto de modernidad.
Como afirman Lakoff y Johnson
[6], pensamos a través de metáforas. Éstas no solo son un asunto de poetas sino que gran parte de nuestro pensamiento se estructura sobre la base de estas figuras literarias, de metonimias y sinécdoques; pero algunas de ellas nos ayudan a vivir, y otras, a morir. Cuando alguien afirma que la guerra es la única salida a la crisis del mundo actual, construye una metáfora que nos ayuda a morir. En cambio, cuando Watanabe dispone sus versos, esculpe metáforas que permiten la convivencia entre los seres humanos, entonces vemos que, como decía César Vallejo:

el punto por donde pasó un hombre ya no está solo. Únicamente está solo, de soledad humana, el lugar por donde ningún hombre ha pasado. Las casas nuevas están más muertas que las viejas, porque sus muros son de piedra o de acero, pero no de hombres. Una casa viene al mundo, no cuando la acaban de edificar, sino cuando empiezan a habitarla.

Invito al lector a transitar por las habitaciones de la poesía de Watanabe. Se trata de un viaje a través de la magia de la palabra, travesía inacabable.


[1] Situado en la provincia de Trujillo, cuya capital es la ciudad del mismo nombre, al norte del Perú.
[2] Las ediciones que son la base de nuestro ensayo son: El huso de la palabra. Lima Seglusa, 1989; Historia natural. Lima, Peisa, 1994, y Cosas del cuerpo. Lima, Caballo Rojo, 1999. Cada vez que cite un poema de Watanabe en su totalidad, colocaré al final del mismo la página para que el lector pueda ubicar rápidamente la referencia.
[3] Cf. Crítica de la razón instrumental, de Max Horkheimer. Madrid, Ed. Trotta, 2002.
[4] Cf. Michel Foucault. Vigilar y castigar, Nacimiento de la prisión. Buenos Aires, Siglo XXI, 1991.
[5] Cf. Octavio Paz. Los hijos del limo. Vuelta. Bogotá, Ed. Oveja Negra, 1985, p. 10 y ss.
[6] Lakoff, George [y] Mark Johnson. Metáforas de la vida cotidiana. Madrid, Cátedra, 1995, p. 39 y ss.