domingo, abril 27, 2008

QUIPU 3: JUAN OSORIO RUIZ


El tercer escritor elegido para su publicación en Quipu es el hasta hoy inédito narrador Juan Osorio Ruiz, nacido en Huancayo en 1976.

A partir de la fecha, Quipu anuncia que sus ediciones serán mensuales y ya no quincenales, de modo que los cuentos o poemas ganadores serán publicados por la red de blogs asociados al proyecto no cada dos lunes, sino cada cuatro lunes de ahora en adelante, para facilitar la labor de las personas encargadas de la evaluación.

Asimismo, comunicamos a los lectores y participantes que uno de los ofrecimientos que recibimos en un principio, la publicación impresa de los textos en el suplemento Identidades del diario El Peruano, no se ha podido mantener en pie en razón del poco espacio disponible en el periódico, motivo que escapa al poder de los encargados de este proyecto.

Quienes necesiten recordar las bases de participación, podrán verlas en los blogs Puente Aéreo y Quipu esta semana.


Ripucuchcaniñam ccamña allimlla/Juan Osorio Ruiz

Mi bisabuela llegó desde Huancavelica unos meses después de la muerte de mamá, a mitad de una tarde en la que las ventanas lagañosas impregnaban de frío la sala de mi casa. Llegó del brazo de mi padre, su nieto, envuelta en sus innumerables polleras, luciendo un sombrero gris decorado con coquetos ribetes rojos, saludándonos con tiernas frases quechuas llenas de diminutivos y con una minúscula maletita en la que traía todo lo que necesitaba: una que otra prenda de ropa, una bolsita con menjunjes que sólo ella sabía utilizar y el álbum de fotos familiares de contenido casi arqueológico.


Una vez instalada en la que era hasta entonces mi habitación, mi padre nos convocó a mis hermanas y a mí para pedirnos estar siempre solícitos y atentos con ella por lo avanzado de su edad. Sin embargo, pronto descubrimos que mi bisabuela tenía la rara cualidad de anticiparse a todo, y a todos: se levantaba muy temprano y con el caminar propio de quien ha comprendido que hay un momento en la vida a partir del cual toda prisa es inútil, pues todo plazo se vence y toda prerrogativa se acaba, se dirigía a la cocina a preparar el más viscoso y más delicioso quáker con leche del mundo. Y antes de que cualquiera de nosotros dijera “Buenos días abuelita” ya estaba ella disponiendo las ollas y cortando las verduras en trocitos de exactitud matemática para prepararnos el almuerzo. Y mientras se cocían las verduras y echaban color los guisos, se sentaba al lado de la cocina a gas, que desdeñaba en un comienzo, a saborear sus trocitos de pan remojados en quáker con leche, haciendo largas pausas y dando mordiscos suaves y periódicos, cual sacerdote en ofrenda eucarística, con una parsimonia que no era producto de la disminución de sus fuerzas, sino de su sabia actitud ante la vida.

Mi abuelo, su hijo, había llegado también a nuestra casa un mes antes a insistencia de mi padre pues los muchos años de bohemia le estaban pasando factura (intereses moratorios incluidos) y aunque a regañadientes, había sido internado en una clínica cercana donde tratarían de curarlo. No había pasado ni una semana desde la llegada de mi bisabuela cuando recibimos la noticia de que los riñones de mi abuelo habían dejado de funcionar. Tras una corta agonía falleció por insuficiencia renal.

Dicen que mi bisabuela había criado a mi padre, su nieto, a mi abuelo, su hijo; había cuidado también de su esposo, mi bisabuelo, y desde muy corta edad, se había encargado de la atención de su padre, mi tatarabuelo. A la luz de los resultados, su caprichosa buena salud no había sido un don tan preciado pues mientras los eslabones más antiguos de esa cadena interminable que es una familia, se habían ido muriendo, a ella le había tocado en suerte mantenerse a pie firme sosteniendo la cadena, sepultando a los más antiguos, y cuidando de los más jóvenes sin emitir queja alguna.

Al contrario de lo que todos pensábamos, la partida de su hijo, mi abuelo, no la afectó demasiado, parecía siempre encontrarse de buen ánimo, excepto algunas mañanas muy temprano, cuando yo la sorprendía sentada en el jardín interior de la casa, con la mirada perdida y hablando sola con ese tonito arrullador que sólo la gente de la sierra es capaz de pronunciar, delicioso, melancólico y musical.

A partir de la muerte de mi abuelo fuimos nosotros, sus bisnietos, los destinatarios de toda su atención; sus mimos se hicieron más prolíficos, sus comidas más reconfortantes, las conversaciones en quechua con mi padre fueron más subliminales a mis oídos y los tejidos de tupida lana con los que nos enfundaba para soportar el frío serrano no tuvieron comparación.

Pero pronto la acrobática economía familiar fue ensombreciendo nuestro cómodo chalet como se oscurecen las tardes antes de una severa granizada. Mi padre era un policía ejemplar pero un pésimo negociante. Y si bien al comienzo no todo el dinero se perdió en las dislocadas empresas que iniciaba, su soledad terminó deprimiéndolo y conduciéndonos a todos a los linderos de la ruina.

Así pasaron varios meses en los que algo fue cambiando en casa. A medida que mi padre se sumía en más deudas, los cariños de mi bisabuela fueron adquiriendo una dimensión distinta, aunque se mostraba excesivamente maternal, nosotros ya estábamos bastante crecidos como para aceptarla como reemplazante de nuestra madre. Aunque no era su culpa, había llegado a nuestra casa demasiado tarde, a destiempo. Así que pronto sus cariños nos hostigaron, sus comidas perdieron el encanto y hasta mis hermanas prefirieron enfrentar al frío invierno en los brazos de algún adolescente oportunista y ya no con las chompas de lana tejidas por mi bisabuela.

Entonces ella, silenciosa y discreta, no hacía mayor cosa que acurrucarse al lado de la cocina a gas, que ya no desdeñaba tanto, inquebrantable en su intención de confeccionar innumerables prendas de lana con la esperanza de que alguna vez volviéramos a usarlas.

Así, nuestra anciana huésped fue paulatinamente convirtiéndose en un mueble confinado en un rincón de la cocina, aferrada a sus costumbres e imposibilitada de comunicarse con nosotros por las distancias del idioma y las insalvables brechas abiertas por el tiempo y las circunstancias.

Aquella noche mi padre había llegado borracho a casa y mi bisabuela, diligente como siempre, le había servido una gran taza de café cargado, lo había llevado hasta su dormitorio y le había intentado quitar los zapatos antes de recostarlo en su cama. Mi padre, obnubilado por el alcohol, se había empecinado en dormir con los zapatos puestos, algo que para mi abuela era inaceptable. “Déjame tranquilo que tú no eres ni mi esposa, ni mi madre” le había imprecado. Tras una pausa prolongada, ella sólo llegó a decir: “Ripucuchcaniñam ccamña allimlla” y en silencio se retiró a su habitación.

A la mañana siguiente, cuando me levanté, encontré ropas tiradas a lo largo del oscuro pasadizo que conducía al jardín interior; allí, junto a la puerta, se encontraba mi bisabuela sentada en una diminuta banca que se ahogaba entre sus polleras, cortando con unas viejas tijeras la última chompa que había tejido con incansable esmero. Sus labios susurraban una cancioncilla medio triste y medio dulce que me pareció reconocer, quizá de algún tiempo remoto en el que yo aún no existía.

Caminé hasta colocarme junto a ella, sus delicadas manos soltaron las tijeras y me acomodaron el cabello dándome luego la usual nalgadita convertida en caricia. “Ripucuchcaniñam ccamña allimlla huahua”, me dijo a mí también. A pesar de no entender el significado de aquella frase impronunciable para mí, supuse que quería que la dejara sola. Mientras ella retomaba sus insondables pensamientos me escabullí hasta el umbral de mi dormitorio desde donde todavía podía verla. Su canción terminó unos minutos después para dar paso a un silbido entonado, alternado con gorgoritos deliciosos que me hicieron sonreír. Y con toda calma, como la había visto desde su llegada, se levantó y caminó hasta su cuarto, abrió aquella diminuta maleta con la que había arribado, sacó las fotos que guardaba celosamente y las puso en su velador, en su lugar introdujo los retazos de las prendas de lana que había cortado; la cerró sin prisa, la puso debajo de su cama y se acostó.

La mañana estaba sorprendentemente quieta y tibia, las paredes verde pastel de su habitación hacían ver su cuerpo más pequeño y más distante. Alguna avecilla dejaba oír su trinar en el preciso instante en el que comprendí lo que sucedería después.

Con la mirada incrustada en el techo se persignó juntando sus manos, rezó con ese repetido susurro algodonoso y cuando hubo terminado se persignó, tomó la colcha que le llegaba hasta la cintura y se cubrió el cuerpo y luego el rostro, hasta quedar en la posición exacta en la que quedan los muertos. Y luego partió, partió en busca de la muerte que la había dejado olvidada en mi casa.

JOSÉ WATANABE ENTRE NOSOTROS

Hace un año, víctima de una penosa enfermedad, falleció José Watanabe (1946-2007), uno de los grandes poetas de la llamada Generación del 70. Estaba gozando de un merecido prestigio tanto en el Perú como en el extranjero. Se había convertido en un autor de culto a quien los lectores seguían con inusual perseverancia: cada presentación de un nuevo volumen de Watanabe era un verdadero éxito y revelaba esa magia de la palabra que caracterizaba su honda poesía.

Se dio a conocer con un breve pero intenso poemario: Álbum de familia (1971), que mereció el Premio Poeta Joven del Perú en 1970. Pasaron varios años y el poeta de Laredo no publicó ningún libro. Sin embargo, en 1989, salió a luz El huso de la palabra, texto que lo consagró como una de las voces esenciales de la poesía del siglo XX. Allí observamos que la de Watanabe es una escritura sincrética donde se dan cita el pensamiento mítico de Laredo, la influencia de las religiones orientales manifiesta en el haiku, un tono irreverente e irónico, un paradigma de la poesía conversacional absolutamente restructurado y cierto lenguaje del cuerpo asociado a una reflexión desmitificadora de los íconos de la cultura oficial. Poemas como "Como si estuviera debajo de un árbol" desembocan en reflexiones críticas en torno a la modernidad instrumental (lo útil es lo único real) y plantean el retorno a una relación más espontánea entre el hombre y la naturaleza sin caer en estereotipos románticos ni en un culto al yo, el cual se observa, con claridad meridiana, en otros poetas de la Generación del 70.

Luego vendría Historia natural (1994) que consolidó la propuesta de El huso... porque formuló un bestiario donde a partir de una anécdota visual el poeta medita en torno al asombro de la existencia y a la fugacidad de ésta. Aparecen rasgos del mundo andino en la lírica de Watanabe a través del pensamiento mítico de Laredo; pues su madre le contaba relatos que despertaban la imaginación de José cuando él era niño, narraciones que constituyeron una de las principales fuentes de su poesía.

Escueto poemario, Cosas del cuerpo (1999) fue, sin duda, una verdadera sorpresa. Poetas como Eielson (Noche oscura del cuerpo, por ejemplo) habían concebido una literatura intensa sobre la base del motivo del cuerpo; sin embargo, Watanabe afina su mirada irónica e irreverente, e imagina que el cuerpo es un espacio donde lo grotesco tiene su indubitable hermosura. "El guardián del hielo" es una restructuración absolutamente novedosa del tópico del carpe diem, basada en una observación de la vida de los marginales y en un principio de solidaridad: "No se puede amar lo que tan rápido fuga./ Ama rápido dijo el sol,/ y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,/ a cumplir con la vida:/ yo soy el guardián del hielo".

Uno de sus últimos poemarios, La piedra alada (2006) tuvo una resonancia indiscutible en España y dio inicio a su consagración internacional. El poema que da título al libro evidencia cómo la piel de un pelícano muerto queda pegada a una piedra y, a partir de allí, el poeta reflexiona sobre la belleza del cuerpo triunfante sobre la muerte.

Muchas páginas se pudieran escribir sobre José Watanabe. Para los que tuvimos la suerte de conocerlo, podemos decir que siempre fue un amigo cordial (exento de esa sed de prestigio que tienen otros escritores), un artista fiel a la palabra, un orfebre que desmenuzaba cada sonido hasta llegar a tallar una obra: el poema que espera, sediento, al lector en medio del universo.










jueves, abril 17, 2008

70 AÑOS SIN CÉSAR VALLEJO


Indiscutible cumbre de la poesía peruana, César Vallejo (1892-1938) se fue de este mundo hace setenta años. Internacionalizó la poesía peruana y llegó a influir, de modo poderoso, en la literatura peninsular. Abrió el discurso de la poesía a la asimilación de un vocabulario que venía de la filosofía y de las ciencias sociales. Abordó temas políticos en sus versos sin caer en la prédica panfletaria. Fue un poeta experimental: no se cansó de intentar nuevas vías para renovar la lírica moderna. Amplió el léxico de la poesía con términos que remiten al cuerpo, al lenguaje de la biología o de la economía. Los heraldos negros se ubica en la franja entre Julio Herrera y Reissig y los intentos vanguardistas . Un poema como “Idilio muerto” constituye un sui generis acercamiento al mundo andino: nada de idealizaciones neorrománticas ni regionalismos superfluos. Trilce es un libro insólito que significó, en cierta forma, la partida de defunción del modernismo. Poemas humanos tocó el tema de la ciudad como metáfora del capitalismo, de la misma forma como Baudelaire –en un contexto disímil— vio a mendigos y a saltimbanquis pulular en la Ciudad Luz. No más palabras. Mejor citar un fragmento de “Hoy me gusta la vida mucho menos…”

Hoy me palpo el mentón en retirada
y en estos momentáneos pantalones yo me digo:
¡Tánta vida y jamás!
¡Tántos años y siempre mis semanas!...
Mis padres enterrados con su piedra
y su triste estirón que no ha acabado;
de cuerpo entero hermanos, mis hermanos,
y, en fin, mi sér parado y en chaleco.

sábado, abril 12, 2008

JUAN GONZALO EN EL RECUERDO


Fue un poeta que tocó los bordes de la oralidad y desmitificó la idea de que la poesía era solo una reunión de elegidos. Asumió, con creatividad, la simplicidad formal sin caer en el esquematismo de la lírica panfletaria. Tuvo, sin duda, una vida difícil, pero su obra permanece inalterable a pesar del tiempo transcurrido. Me refiero a Juan Gonzalo Rose (1928-1983), quien hace 25 años dejó estas áridas tierras, pero cuyo mensaje nos sigue cautivando. No cultivó la experimentación verbal como Jorge Eduardo Eielson; tampoco se nutrió de los aportes del surrealismo como Javier Sologuren. En la obra de Juan Gonzalo se percibe el influjo de la poesía española de la Generación del 27 y algo de Antonio Machado y de Juan Ramón Jiménez.

Hay un poemario breve mas intenso: Simple canción (1960). Allí Rose, en doce poemas, aborda el tema del amor desde una óptica neorromántica. Una expresión llana y sin vanos alambicamientos colma esos versos. Por momentos, asoma la influencia de Pablo Neruda. ¿Los temas? La imposibilidad de comunicarse con el ser amado, la soledad del yo poético frente a la inmensidad del planeta y la muerte previa a un extraño proceso de regeneración en la naturaleza: "Si me muero, buscadme/ en las altas montañas". Solo queda --como homenaje al maestro-- transcribir íntegramente la "Tercera canción":

Se me pasea el alma.

Los días ya no saben
si buscarme
al pie de mis rodillas,
o en tu lecho.

Se me pasea el alma
por tu cuerpo.

miércoles, abril 09, 2008

110 AÑOS DE LA MUERTE DE STÉPHANE MALLARMÉ


Tengo a mi lado un libro de un poeta francés. Lo leo con delectación: se trata de Stéphane Mallarmé (1842-1898). Hace 110 años se fue de este mundo, pero nos dejó su laboratorio lingüístico y ahora su actualidad está fuera de toda duda. Fundó una nueva forma de concebir la poesía. Para él, un poema debía sugerir y no mostrar; utilizar el espacio de la página en blanco: el título de este blog está inspirado en su legado; alejarse de la temática política para sumergirse en el principio de la analogía; y revelar la maestría de su hacedor.

Hay una frase de Mallarmé que siempre me ha cautivado. La escribió en su célebre prefacio a "Una jugada de dados jamás abolirá el azar" (1897), donde anticipa los experimentos de las vanguardias artísticas porque la poesía de aquél es un puente vivo que va desde el Simbolismo y llega al fragor del verso vanguardista. La cito: "Todo sucede a manera de hipótesis". El siglo XIX fue, en gran medida, de raigambre positivista. Mallarmé le da al poeta la posibilidad de tejer hipótesis. La relación entre ciencia e imaginación es, hoy, admitida por todos. Un físico empieza con una intuición (una metáfora, al fin y al cabo) y luego llega a una fórmula. El poeta navega entre figuras retóricas, pero puede transmitirnos un conocimiento intuitivo sobre el mundo.

¿Y la cultura visual? Hoy vivimos para ver; Mallarmé, hace más de 100 años, ya se había anticipado a ello en "Una jugada de dados...", poema concebido casi como un pentagrama y donde las palabras parecen danzar una alrededor de la otra. No me queda sino terminar esta divagación transcribiendo uno de sus poemas:


TODA EL ALMA RESUMIDA...

Toda el alma resumida
Cuando lenta la exhalamos
En varias volutas de humo
Abolidas en las otras

Atestigua algún cigarro
Quemando sabiamente antes de que
Casi la ceniza se separe
De su claro beso de fuego

Así el coro de cantos
Vuela en el labio
Excluye de él si tú inicias
Lo real porque vil

El sentido muy preciso borra
Tu vaga literatura
(Traducción: C. Fernández)