sábado, enero 05, 2008


LA IRONÍA DE JORGE LUIS BORGES EN OTRAS INQUISICIONES


La obra narrativa y poética de Jorge Luis Borges ha sido valorada con justeza, sin embargo, su ensayística no ha merecido estudios minuciosos. El objetivo de esta ponencia es destacar las virtudes de Otras inquisiciones (1952) a partir del abordaje de la ironía como recurso estilístico que permite asumir críticamente la lectura de la tradición occidental. Es decir, Borges lee irónicamente los textos sobre la base de la asunción de las limitaciones de su propio saber y de una cierta desmitificación de ciertos iconos acuñados en nuestra memoria colectiva con el fin de proponer el escepticismo como postura vital para subrayar la necesidad de que el lector asuma una conciencia crítica respecto de los aportes de la tradición cultural occidental
[1].

A)LA IRONÍA COMO FIGURA RETÓRICA

Pierre Fontanier, en un tratado clásico decimonónico (Las figuras del discurso
[2]), dice que la ironía era una figura de expresión que opera sobre la base del mecanismo opositivo. Ella “consiste en decir a través de una burla, agradable o seria, lo contrario de lo que se piensa o de lo que se quiere hacer pensar”[3].
La neorretórica contemporánea, en el siglo XX, ha profundizado en el análisis de la ironía. El grupo de Lieja
[4] considera que la ironía es una figura de pensamiento[5] que opera mediante el mecanismo de la supresión-adjunción[6] porque se disminuye información y luego se agrega un nuevo contenido informativo. Por ejemplo, cuando alguien alude a un escritor de pésima calidad diciendo que se trata de un “excelente escritor”, está suprimiendo la idea explícita de la baja calidad del mencionado autor y está agregando el concepto de que este último tiene, supuestamente, una calidad digna de ser tomada en cuenta. En esa oposición, para el grupo de Lieja, radica la esencia del procedimiento de la ironía.
En la retórica general textual, representada por Tomás Albaladejo y Stefano Arduini, la ironía es considerada desde una óptica disímil. Para Arduini
[7], la ironía se sitúa en el campo retórico o cognitivo de la antítesis porque supone, desde una óptica conceptual, una oposición entre dos ideas. Dicha confrontación va mucho más allá de la sintaxis y del proceso substitutivo y de la noción de desvío; pues sitúa a la ironía como un universal antropológico de la expresión: el ser humano como especie se expresa irónica, metonímica o metafóricamente, pero el contenido de la figura retórica varía de cultura en cultura.
Intentemos definir un poco más la ironía. Lauro Zavala afirma que la ironía es “la presencia simultánea de perspectivas diferentes (que) se manifiesta al yuxtaponer una perspectiva explícita, que aparenta describir una situación, y una perspectiva implícita, que muestra el verdadero sentido paradójico, incongruente o fragmentario de la situación observada”
[8].
Por su parte, Wayne Booth, quien es uno de los que más ha estudiado la ironía, sostiene que cuando la ironía es decodificada de modo pertinente se produce una cierta complicidad entre el emisor y el receptor: “la emoción dominante al leer ironías estables suele ser la de un encuentro, un hallazgo y una comunión entre espíritus afines”
[9].
Analizaré un conjunto de ensayos literarios, agrupados bajo el título de Otras inquisiciones. José Luis Gómez-Martínez
[10] precisa que un ensayo posee algunas características: a) no es exhaustivo, pues tiene un carácter fragmentario y allí no se manifiesta un proceso de sistematización que permita llevar las ideas hasta las últimas consecuencias; b) muestra imprecisión en las citas bibliográficas: no se completan los datos y, por lo tanto, se prescinde de las notas de carácter erudito; c) revela un tono confesional: se emplea el “yo” para transmitir determinadas vivencias muy personales, ya que lo aprendido por la propia experiencia cobra un inusitado relieve; d) evidencia un carácter dialógico: busca estimular la conciencia crítica de un lector y no imponer ideas; no posee la estructura rígida de una tesis universitaria ni de un tratado; e) hace uso de digresiones que, como su nombre lo indica, no tienen una directa relación con el tema que se trata, por ejemplo, Octavio Paz en El arco y la lira (1956) utiliza este tipo de recursos al hablar de la organización rítmica en un poema y luego sumergirse en el ritmo cuaternario de los aztecas; y f) devela una voluntad de estilo: el ensayista hace gala de metáforas, de antítesis y de metonimias que inundan el discurso literario para persuadir al receptor.

B)LA IRONÍA COMO FUNDAMENTO DE LA POÉTICA DE BORGES EN OTRAS INQUISICIONES

Borges emplea la ironía “dans le genre sérieux” como diría Fontanier
[11]. Es decir, no utiliza la parodia ni la carnavalización, sino que se trata de un mecanismo del intelecto unido a una sensibilidad ciertamente desmitificadora de íconos acuñados en la tradición cultural occidental.
Uno de los recursos irónicos más interesantes en Otras inquisiciones es la apelación al lector como posible decodificador del texto. En “El tiempo y J.W. Dunne”, Borges explicita los antecedentes de la visión de Dunne en la tradición filosófica y religiosa universal. Por ejemplo, el séptimo de los muchos sistemas filosóficos, de acuerdo con Paul Deussen, “niega que el yo pueda ser objeto inmediato del conocimiento, ‘porque si fuera conocible nuestra alma, se requeriría un alma segunda para conocer la primera y una tercera para conocer la segunda’”
[12]. Schopenhauer también admite –según Borges— que el sujeto cognoscente no puede ser conocido porque sería materia de conocimiento de otro sujeto cognoscente y así llegamos a la multiplicación ontológica, es decir, a una especie de laberinto sin salida[13]. Borges advierte que Herbart “había razonado que el yo es inevitablemente infinito, pues el hecho de saber a sí mismo, postula un otro yo que se sabe también a sí mismo, y ese yo postula a su vez otro yo”[14].
Dunne creía en un número infinito de tiempos: el porvenir es preexistente y hacia él fluye “el río absoluto del tiempo cósmico”
[15]. Entonces, anota Borges, el tiempo primero se traslada al tiempo segundo y éste al tiempo tercero, y así sucesivamente hasta el infinito.
Después de esta aclaración, Borges incorpora la siguiente sentencia: “No sé qué opinará mi lector. No pretendo saber qué cosa es el tiempo (ni siquiera si es una “cosa”), pero adivino que el curso del tiempo y el tiempo son un misterio y no dos”
[16]. La ironía radica en que Borges admite que a él no le interesa indagar por la esencia del tiempo, hecho que solamente se puede entender como una confrontación entre un sentido explícito y otro implícito. Se dice, de modo enfático, que no se intenta saber la naturaleza del tiempo; pero, en realidad, las ideas vertidas en el ensayo como totalidad contradicen dicho sentido explícito y plantean que, en realidad, a Borges sí le interesa muchísimo la esencia del tiempo. En esta oposición radica la esencia del procedimiento irónico, utilizado por el escritor argentino: mostrar de modo tangible algo que entra en contradicción con el sentido tácito de la frase. Por eso, la retórica general textual señala que la ironía se sitúa en el campo figurativo de la antítesis, pues el emisor piensa sobre la base de confrontaciones de dominios semánticos y orquesta un discurso donde hay una pugna entre un estrato superficial (explícito) y otro profundo (implícito). El lector percibe la “distancia semántica” entre lo que se dice al pie de la letra y la intención tácita del emisor del mensaje; así logra reconstruir la significación de la frase.
Otro recurso irónico es el de la adjetivación antitética con un propósito claramente desmitificador. En “La creación y P. H. Gosse”, Borges señala que algunos teólogos piensan que “Adán fue creado por el Padre y el Hijo a la precisa edad en que murió el Hijo: a los treinta y tres años”
[17]. El zoólogo Philip Henry Gosse retomó dicha idea, pues creía en un tiempo causal que fue interrumpido por la creación:
El estado n producirá fatalmente el estado v, pero antes de v puede ocurrir el Juicio Universal; el estado n presupone el estado c, pero c no ha ocurrido, porque el mundo fue creado en f o en h. El primer instante del tiempo coincide con el instante de la Creación, como dicta San Agustín, pero ese primer instante comporta no sólo un infinito porvenir, sino un infinito pasado. Un pasado hipotético, claro está, pero minucioso y fatal. Surge Adán y sus dientes y su esqueleto cuentan 33 años; surge Adán (escribe Edmund Gosse) y ostenta un ombligo, aunque ningún cordón umbilical lo ha atado a una madre
[18].

Después de esta aclaración, Borges incorpora el siguiente comentario: “Dos virtudes quiero reivindicar para la olvidada tesis de Gosse. La primera: su elegancia un poco monstruosa. La segunda: su involuntaria reducción al absurdo de una creatio ex nihilo”
[19]. Es irónico hablar de una “elegancia un poco monstruosa” porque el sentido explícito pone de relieve el dominio semántico de la monstruosidad ligado a lo grotesco de ver la figura de Adán con un ombligo, aunque no haya habido ningún cordón umbilical. Es también grotesco, desde el punto de vista de la tradición canónica, concebir que Adán sea Cristo, el hijo de Dios que vino a redimir a la humanidad. Sin embargo, el sentido implícito es otro: el hablante usa irónicamente el adjetivo “monstruoso” en la acepción de “admirable”, pues Borges, en el fondo, admira profundamente a Gosse debido a que desea rescatar del olvido el aporte de este zoólogo cuya imaginación es, para el escritor argentino, portentosa[20]. Nuevamente observamos cómo el procedimiento de la ironía se basa en el mecanismo de la oposición: lo aparentemente grotesco tiene, en realidad, una connotación admirable para el escritor argentino, quien desmitifica el concepto clásico de elegancia acuñado en el imaginario occidental al plantear que esta última puede implicar un grado de “monstruosidad” y de carácter abiertamente grotesco, hecho perceptible en la obra de Gosse.
En el ensayo “Las alarmas del doctor Américo Castro”, Borges polemiza con el célebre erudito español, quien plantea que el español rioplatense es inferior al peninsular. Castro
[21] subraya que el idioma hablado en Buenos Aires revela una grave alteración, “cuya causa remota son ‘las conocidas circunstancias que hicieron de los países platenses zonas hasta donde el latido del imperio hispano llegaba ya sin brío’”[22]
Para desacreditar la principal tesis de Castro, el escritor argentino hace gala de la ironía: dice que el método de aquél es “curioso”, es decir, inaceptable y carente de rigor porque apela a una fácil generalización. En efecto, “descubre (Castro) que las personas más cultas de San Named de Puga, en Orense, han olvidado tal o cual acepción de tal o cual palabra; inmediatamente resuelve que los argentinos deben olvidarla también...”
[23]
La ironía borgeana es la del escritor periférico que se burla de Américo Castro, quien cómodamente se sitúa en el centro para excluir los usos de la lengua española por parte de la comunidad lingüística rioplatense. Borges realiza un proceso de desmitificación: los sectores hegemónicos creen que Castro personifica la normativa peninsular de modo indubitable. Entonces, el escritor argentino verifica que hay razonamientos falsos en La peculiaridad lingüística rioplatense y su sentido histórico, donde se observa –creemos— el funcionamiento de un acendrado etnocentrismo por el cual la cultura peninsular es vista equivocadamente como superior a la hispanoamericana.
Desmitificar, en este caso, significa quitar prestigio y derribar las hipótesis del intelectual español. Borges lo logra a través del mecanismo de la ironía:
En la página 122 (de La peculiaridad lingüística rioplatense y su sentido histórico, anotado nuestro), el doctor Castro ha enumerado algunos escritores cuyo estilo es correcto; a pesar de la inclusión de mi nombre en ese catálogo, no me creo del todo incapacitado para hablar de estilística
[24].

Es decir, ser incluido en la “ilustre lista” de Américo Castro no significa un mérito sino un demérito. Borges demuestra que aquél no sabe nada de estilística y desconoce profundamente los criterios mínimos para diferenciar la obra bien escrita de aquella pésimamente construida desde el punto de vista estético. En realidad, lo que Borges ha querido decir es que la lista elaborada por Castro es prácticamente un dislate. Al final la ironía borgeana asume la posición de un sujeto periférico que cuestiona la manera como es concebida la cultura desde los centros hegemónicos europeos y defiende, con brillo y algo de sarcasmo, la especificidad del español hispanoamericano.
Muchos piensan que Borges es un escritor que vive a espaldas de la cultura latinoamericana y se solaza complacientemente en los viejos tópicos de la filosofía occidental. Esta idea revela un profundo desconocimiento de los laberintos de la obra borgeana, donde se reflexiona irónicamente acerca del tiempo, de la metáfora o del mundo visto como una cadena de sueños interminables. Borges dialoga con Schopenhauer o Berkeley; pero lo hace, muchas veces, desde una óptica desmitificadora y sutil, y no desde una perspectiva acrítica ni eurocentrista.

C)CODA

Borges es un escritor que emplea la ironía para apelar al lector y dicho procedimiento subyace a la poética de Otras inquisiciones. No se trata de una ironía paródica o carnavalizadora, sino de un sutil mecanismo del intelecto que, unido a una relectura crítica de la tradición occidental, permite cuestionar y relativizar nuestro saber y nos hace cómplices con el autor de esta fascinante travesía literaria por los recorridos del tiempo y del infinito.

Referencia bibliográficas


Arduini, Stefano. Prolegómenos a una teoría general de las figuras. Murcia, Universidad de Murcia, 2000.
Borges, Jorge Luis. Otras inquisiciones. Madrid, Alianza Editorial, 1999.
Booth, Wayne. Retórica de la ironía. Madrid, Ed. Taurus, 1986.

Fontanier, Pierre. Les figures du discours. Paris, Flammarion, 1977.
Gómez-Martínez, José Luis. Teoría del ensayo. 2da. edición. México, UNAM, 1992.
Groupe μ. Rhétorique générale. Paris, Éditions du Seuil, 1992.

Zavala, Lauro. Humor, ironía y lectura. Las fronteras de la escritura literaria. México, UAM Xochimilco, 1993.


NOTAS

[1] La parte teórica de este artículo sobre la ironía apareció, con leves modificaciones, al inicio de un ensayo nuestro (“La ironía desmitificadora de Carlos Germán Belli”) que salió en el número 15 de Martín (revista de la Universidad San Martín de Porres) en setiembre de 2006.
[2] Fontanier, Pierre. Les figures du discours. Paris, Flammarion, 1977. Este tratado fue publicado desde 1821 a 1830.
[3] Ibídem, pp. 145-146. La traducción es nuestra.
[4] Se trata de un grupo de profesores de la Universidad de Lieja (Bélgica) encabezados por Jacques Dubois. Ellos realizan un análisis retórico de tendencia estructuralista.
[5] El grupo de Lieja (o grupo Mi) llama metalogismo a la figura de pensamiento.
[6] Cf. Groupe μ. Rhétorique générale. Paris, Éditions du Seuil, 1992, p. 139.
[7] Cf. Arduini, Stefano. Prolegómenos a una teoría general de las figuras. Murcia, Universidad de Murcia, 2000, p. 119.
[8] Zavala, Lauro. Humor, ironía y lectura. Las fronteras de la escritura literaria. México, UAM Xochimilco, 1993, p. 39.
[9] Booth, Wayne. Retórica de la ironía. Madrid, Ed. Taurus, 1986, p. 57.
[10] Gómez-Martínez, José Luis. Teoría del ensayo. 2da. edición. México, UNAM, 1992. Aunque no lo precisa de modo ostensible, Gómez-Martínez se refiere al ensayo literario y no al ensayo académico stricto sensu. Por ejemplo, Luis Loayza cultiva el ensayo literario; en cambio, Antonio Cornejo Polar se mueve en el campo del ensayo académico.
[11] Cf. nota 2.
[12] Borges, Jorge Luis. Otras inquisiciones. Madrid, Alianza Editorial, 1999, p. 35.
[13] Ibídem.
[14] Ibídem, pp. 35-36.
[15] Ibídem, p. 37.
[16]Ibídem, p. 38.
[17] Ibídem, p. 42.
[18] Ibídem, pp. 44-45.
[19] Ibídem, p. 46.
[20] Cf. Ibídem, p. 41. Allí Borges afirma: “El tema (ya lo sé) corre el albur de parecer grotesco y baladí, pero el zoólogo Philip Henry Gosse lo ha vinculado al problema central de la metafísica: el problema del tiempo. Esta vinculación es de 1857; ochenta años de olvido equivalen tal vez a la novedad”.
[21] Se trata del libro de Américo Castro cuyo título es la Peculiaridad lingüística rioplatense y su sentido histórico. Buenos Aires, Ed. Losada, 1941.
[22] Borges, Jorge Luis. Op. cit., p. 48.
[23] Ibídem, p. 50.
[24] Ibídem, p. 55.

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