viernes, octubre 19, 2007





LLAMADAS NOCTURNAS / DAVID DURAND ATO



"Parece que no ha pasado nada/pero hay muchos rostros/ en los que se adivina/ que han estado llamando,/llamando y gritando,/ en medio de la noche" (Bernando Atxaga. Poemas híbridos)



Se levantó de pronto asustada. Había estado demasiado sumergida en el sueño como para darse cuenta de dónde se encontraba. Miró a su alrededor y no notó nada extraño: su hermana dormía en la cama de lado y el silbato lejano del guardián era el mismo sonido solitario de siempre. Una gota de sudor seco le recorría, como resbalando por una superficie rugosa y áspera, la frente; se lo quitó desganada y se acomodo de espaldas mirando el techo de calamina y estuvo un rato tratando de recordar. Todo esto lo había ocurrido en breves segundos, aún sentís su corazón agitado, como si intentará escaparse del pecho. ¿Pero qué había pasado? Trató de pensar y poco a poco se fue introduciendo en el recuerdo del sueño. Una calle irremediablemente desconocida, el susto de encontrase en una irreprochable soledad, la noche que se amotinaba en sus ojos y una luz, tal vez de los postes, casi agonizante, como quien pide permiso a las sombras para poder despertarlas. Comenzó a sentir que la pesadilla se tornaba, en su memoria, cada vez más real. Volvió a sentir esa sensación de pavor, de susto por la atmósfera tenebrosa de ese lugar. Comenzó a recordar el sitio y le parecía que se tornaba tan irreal como familiar a la vez. Era una ciudad, si eso era, pero más grande y solitaria. La noche envolvente y la oscuridad asfixiante. Entonces sintió la desesperación de su sueño: ahí la perseguían. ¿Pero quién? Entonces, nuevamente atemorizada, prendió las luces del tocador. Su corazón latía con más fuerza, sólo volver a ver a la hermana que dormía la tranquilizó. En el sueño huía de las sombras, que se multiplicaban por las calles de esa ciudad, por sus parques, por las casas. Entonces, allí, corría desesperada buscando a alguien que la ayude porque su miedo y terror comenzaban a apoderarse de su sueño. La oscuridad intentaba atraparla, tragársela y adentrarla en su vientre, y si esto ocurría su existencia se apagaría, o lo que es peor el dolor aumentaría en sus piernas y en todo su cuerpo. Se renovó nuevamente la desesperación de soportar sus piernas pesadas, de sentir sus brazos grávidos e inútiles. Las luces de esas calles se apagaban en la medida en que avanzaba y ella buscaba alguna salida, hasta que vio un teléfono público. Se metió en le cabina y en su alteración marco un número desconocido, pero muy en el fondo presentía que tenía que llamar a esa persona para poder salvarse. Cuando tenía el auricular en la oreja, apretándolo con su hombro, y sus manos buscaban algo arañando el poste de luz, ahí su sueño terminaba, y ella se quedaba con la impotencia de haber escuchado timbrar sin que nadie en el otro lado de la línea le respondiera. En este último intento, sentía que su cuerpo se deshacía.
Revivió el sueño con toda claridad pero le molestó no recordar a quien llamaba con tanta desesperación. Tal vez a su madre, a una amiga, ¿a Dios?, le parecía imposible dar una respuesta correcta o al menos cercana. Sabía que huía de las sombras. Pensando en todo esto, y más calmada, se quedó dormida.
A la mañana siguiente trató de rememorar el sueño paso a paso, pero le pareció cansado y no era capaz de recordar ciertas cosas, pero aún se mantenía expectante y algo sobresaltada. Recordaba con nitidez los momentos finales: su mano cansada y adolorida y los dedos flojos que marcaban los números ininteligibles.
Luego de estar un rato en la cama pensando, hizo lo que siempre hacía. Se levantó, arregló sus cosas, se dio un duchazo, desayunó y salió rápidamente a la universidad. Algunas cosas no le estaban funcionando últimamente, la situación había empeorado, pero se mantenía tranquila, esperando que todo mejore por si solo. Siempre esperaba. En las horas siguientes sólo se dedicó a sus labores de universidad, manteniendo siempre su responsabilidad en lo justo. En el almuerzo no encontró mejor ocasión que entretenerse viendo a las palomas que revoloteaban afuera del comedor. En la tarde mantuvo la misma actitud. Sus clases fueron como siempre.
Un tanto tarde, regresó a su casa. La noche estaba muy fría y el viento había raspado con fuerza su cara. Trató de mirar la noche tratando de ver “algo más”. Fue infructuoso. Al entrar se sentía muy cansada y estaba un poco somnolienta. Cenó una que otra fruta y se dispuso a leer algo en su sala, sentándose al lado del teléfono. Marcó el número de una amiga, tenía un trabajo pendiente. Ocupado. Lo intento dos veces más. Se sintió aletargada y poco a poco fue quedándose dormida.
Se despertó un par de horas después cerca de las doce y le conmovió el silencio espectral de toda la casa. No había ningún ruido, ni siquiera el silbato del guardián. Esperó pero no escuchó nada, el silencio era sepulcral. Se miró en el espejo que estaba colgado en la pared. Observó su cara y notó un diminuto reflejo en su frente. Una gota de sudor se entercaba en bajar despacio, como si el tiempo se hubiera entercado en ese pequeño graniculo de agua. Sintió tanta pesadez en sus piernas que no se atrevió a levantarse. No sabía porque estaba tan nerviosa. Algo la amarraba a su asiento. Hacia frío y se dio cuenta que estaba muy sudorosa, tenía que cambiarse y acostarse para no sufrir un resfriado. La lámpara parpadeaba de manera intensa. Algo le atemorizaba y no podía moverse de su sitio. Una suave sensación de temor le atrapa, pero también todo esto le parecía absurdo. Muy dentro de sí comenzaba a burlarse. “Qué tontería ¡Mejor me cambio”, y cuando lentamente comenzó a pararse, el sonido desesperante del teléfono la hizo saltar del susto. Lo miró de soslayo y no atinaba a responder. Se volvió a mirar al espejo y le pareció absurda toda la situación. Imaginó que se trataba de su amiga que recién se acordaba de llamarla para coordinar sobre el trabajo pendiente. Con decisión y cuando el teléfono iba en su cuarto timbrazo, levantó lentamente el auricular. Logró escuchar una respiración muy agitada, alguien que se atoraba en su aliento con un halo de miedo y terror. Ella, igualmente asustada, empezó a sentir un frío que se colaba entre sus piernas. Se sintió tan mareada: ahora el sueño de la madrugada regresaba a su mente con tanta impaciencia, como trauma. En ese instante y ya casi por inercia logro balbucir un tímido “alo”. Un propicio silencio al otro lado de la línea, como para dar cabida a colgar, le estaba dando un ligero indicio de todo lo que sucedida, hasta que una voz tan familiarmente conocida la hizo temblar de emoción. Miró al espejo y le pareció que algo entraba o se le escapa de su cuerpo. Entonces, en ese momento en que la oscuridad teje más oscuridad sobre sí misma, supo a quien llamaba en su sueño.



David Durand Ato (Lima, 1980). Estudió Literatura en la Universidad Federico Villarreal. Actualmente sigue estudios de Maestría en Literatura Peruana y Latinoamericana en la Universidad de San Marcos.

(Foto: Mujer durmiendo (1935), óleo de la pintora polaca Tamara de Lempicka)



1 comentario:

Anónimo dijo...

queria llamarse a si misma ... wow desde q lo empeze a leer siempre quize saber a quien llamaba , supongo q esa era la idea , me gusto y quisiera leer mas