domingo, febrero 25, 2007

WESTPHALEN EN LA VANGUARDIA Y MÁS ALLÁ/ MAURO MARINO JIMÉNEZ

Cuando situamos a un autor en la historia de la literatura de un determinado país lo hacemos tomando en cuenta el año en que sus primeras obras son ofrecidas al público. Es por eso que, como complemento a un estudio minucioso de su obra, resulta interesante observar la propuesta que éste tiene para con su entorno cultural. En el caso de Emilio Adolfo Westphalen
[1], poeta que brindó una serie de aportes a actividad intelectual y artística de nuestro país en el último siglo, ha habido una clara maduración de las convicciones que manifestó desde los años finales de la vanguardia (época en que comenzó su producción literaria); confirmadas, en su validez, por el reconocimiento de la crítica de los últimos años.
Tratemos de establecer una breve noción de lo que significó la vanguardia como fenómeno cultural en nuestro territorio bajo dos ejes temáticos: la actitud crítica y el surgimiento de un arte nuevo, para relacionarlo con lo expresado sobre el poeta peruano en el primer párrafo.

1. Actitud crítica

La vanguardia fue un período medular en cuanto a la aparición y formación de nuestra literatura tal y como hoy la conocemos. Una de las principales razones de esto es el espíritu crítico que podemos ver como característica primordial a sus diversas manifestaciones o ismos. Como señala Perter Bürger:

"La vanguardia aparece (...) como una instancia autocrítica, no tanto del arte como de la estructura social en la que se da; no una crítica inmanente al sistema, que actuaría en el seno de la institución, sino autocrítica de la institución del arte en su totalidad (...) con los movimientos de vanguardia el subsistema estético alcanza el estado de autocrítica. El dadaísmo no criticaría una u otra tendencia artística precedente, sino la institución arte que dicta y controla tanto su producción y distribución como las ideas que regulan la recepción de las obras concretas".
[2]

El artista pasa de ser un seguidor del canon institucional para convertirse en un agente activo en la transformación del mismo. La obra vanguardista, por esta razón, se constituye como una propuesta diferente a lo establecido por la tradición cultural y social
[3].
Westphalen no fue ajeno ante este surgimiento de un arte nuevo. Muy por el contrario, el poeta peruano hizo patente una actitud crítica desde los primeros años de publicación. Mostró, en sus artículos y ensayos, una necesidad radical por reprobar obras y actitudes de autores como Vicente Huidobro
[4] y José Santos Chocano, quienes se valieron del reconocimiento público para respaldar sus intereses personales. Tampoco escatimó adjetivos al señalar las limitaciones de la crítica literaria, cuyo nivel de análisis y sensibilidad no siempre estaba a la altura de escritores que proponían un nuevo lenguaje, abocándose a respaldar lo ya establecido[5]. Nuestro autor, asimismo, fue categórico en su reconocimiento hacia escritores que señalaron un camino modélico en la historia de la poesía, como lo fueron el conde de Lautréamont en Francia[6] y José María Eguren en nuestro terrritorio[7]. Valoró, asimismo, la obra de autores contemporáneos como César Moro[8] y Martín Adán[9]; en quienes observó aquellas virtudes de las que carecían los blancos de su crítica. El criterio de Westphalen se basó más en la calidad del trabajo artístico y crítico que en la ideología, el tiempo o el lugar en el que esta labor ha sido desarrollada. Es por eso que José María Arguedas (quien pese a representar un ámbito distinto de género, como la novela indigenista) es resaltado por la calidad de su trabajo como escritor e investigador de la realidad peruana[10]. Tanto así que este último fue compartido con el poeta en años posteriores[11].
Esa permanente convicción reafirma a Westphalen como un intelectual seguro en señalar los defectos de una obra o actitud; manteniendo su opinión sin dejarse llevar por intereses personales, como bien señala Mario Vargas Llosa:

"de él se puede decir que no ha escrito una sola línea, ya no que repugnara a sus convicciones, sino que fuera hija del mero compromiso, una forma u otra de rendición a la necesidad, a la amistad, a la facilidad".
[12]

2. Arte nuevo y tradición.

En contraste con otros autores que tomaron el lema “arte nuevo” como un rechazo de la tradición, Westphalen demostró un profundo reconocimiento hacia autores de diversas épocas y lugares. Nos ofreció un epígrafe de Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz como título de su primer libro (Las ínsulas extrañas), despertando inquietud en un lector implicado por su perspectiva y aprecio hacia dicho legado. Este gesto se repetiría años más tarde, en su labor cultural, al tomar el nombre de una obra de Santa Teresa de Jesús para bautizar a la revista que dirigió en la década del 40: Las moradas
[13].
Nos muestra, con esta iniciativa, una propuesta dialogal con aquellos autores ya reconocidos por él mismo en sus ensayos; eligiendo y resaltando cada una de sus obras como una contribución al desarrollo del hombre. Concibiendo un concepto de arte nuevo no como aquel que niega un pasado o una tradición (que muchas veces ha tratado de justificar una obra de pobre valor estético), sino como aquella que es capaz de relacionarse con las que ya representan un legado, el cual puede ser apreciado, renovado y cuestionado.

3. A manera de conclusión.

Vemos, en ambas características, el ejemplo y desarrollo de un sólido pensamiento para comprender los valores estéticos de una obra de arte, sin que esto signifique una recepción pasiva de la institucionalidad que se ha formado alrededor de ésta; dada la evidente tendencia a extraviar el objeto estético frente a los intereses personales de sus autores, la incomprensión de la crítica o la negación intransigente de una tradición cultural. Difícilmente podríamos decir que la crítica que Westphalen ha hecho del arte y la literatura ha perdido validez en nuestros días. Tratemos de mantener los ojos abiertos al cambio, a nuestro presente y también a nuestro pasado.


[1] Emilio Adolfo Westphalen (1911-2001). Autor de los poemarios: Las ínsulas extrañas (1933). Abolición de la muerte (1935), Otra imagen deleznable (1980), Arriba bajo el cielo (1982). Máximas y mínimas de sapiencia pedestre (1982), Amago de poemas de lampo de nada (1984), Porciones de sueños para mitigar avernos (1986), Ha vuelto la Diosa Ambarina (1988), Cuál es la risa (1989), Bajo zarpas de la quimera (1991) y Poesía Completa y Ensayos escogidos (2004). Sus artículos y ensayos han sido reunidos en: La poesía los poemas los poetas (1995) y Escritos varios sobre arte y poesía (1997). Fue director de las famosas revistas Las Moradas (1947-1949) y Amaru (1967-1971).
[2] Bürger, Peter. Teoría de la vanguardia. Barcelona, Ediciones Península, 1997, p. 23.
[3] Bürger señala que lo que distingue a los vanguardistas “es el intento de organizar a partir del arte, una nueva praxis vital” (Ibídem, p. 104).
[4] El autor de Abolición de la muerte no guarda mesura en condenar la actividad del padre del Creacionismo: “Por lo tanto, actitud nada más de servilismo y compromiso ésta, y que no puede merecer sino el desprecio y la mofa. Bien puede Huidobro abrazar a Hitler y a Stalin, ponerle una vela al diablo y otra al papa. “no proclamar nada con exclusión de algo”: llorarle al buen dios y pretender servir (?) la revolución social: el hombre “TOTAL”, es decir, el hombre dueño de todos los disfraces: ya policía o sacerdote o presidente de la república o mensajero de Apolo. He aquí el estafador “TOTAL”, “ni cubista, ni creacionista, ni dadaísta, ni surrealista”, nada más que mierda, simplemente mierda “TOTAL” (de Vicente Huidobro o el obispo embotellado. Lima, Perú- Febrero de 1936, p. 1)
[5] En el artículo “La poesía y los críticos”, Westphalen declara: “Al solo anuncio de la presencia de la poesía, los tahúres siniestros se cubren con gran manto funerario y pretenden exorcizar con hipocresía y mentira su presencia irrefutable. Elevan muro tras muro de falsedad engaño, se golpean el pecho, gimen erigen asquerosos ídolos deleznables, a quienes rinden adoración y dan los nombres que únicamente corresponden a la auténtica a la desafiante a la insobornable. Estas prácticas de mal agüero, estos usos carentes de resonancias fecundas de cualquiera especie, esta estafa desvergonzada, lleva nombre, en muchos países, de “crítica de poesía” (de El uso de la palabra. Lima, diciembre de 1939, p. 1)
[6] Al respecto del poeta simbolista, Westphalen observa que:
“En la obra de Lautréamont ha sido llevada a su más alta y extremada expresión el propósito que reconocemos común a toda obra de arte: la confrontación del hombre consigo mismo.” (“El centenario de Lautréamont”. En Revista Letras. Lima, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Tercer Trimestre de 1946 y recogido en Escritos varios sobre arte y poesía, p. 81)
[7] Westphalen señala: “En todo caso, la deuda principal que tenemos con Eguren es que nos hizo patente la fragilidad y el poder, a la vez, de la expresión poética: más poderosa cuanto más frágil. No hay rastros, en la mejor poesía de Eguren, de los timbales de la retórica modernista; nada tampoco de la demagogia de los grandes temas. Pero el dolor y el misterio del destino humano se revelan más que implícitos en su poesía, en apariencia sobre muertos y aparecidos, en realidad sobre lo incierto de la condición humana, titubeante entre imaginaciones, símbolos y mitos, dividida entre angustias y goces igualmente perecederos o inexistentes.” (de “Eguren y Vallejo: dos casos ejemplares”. En Debate Nº 37, Lima, marzo de 1986 y recogido en Escritos varios sobre arte y poesía, p. 180).
[8] “El caso Moro es complejo no únicamente por cuestiones de clasificación o nomenclatura literaria. Alcanzó excelencia, a la vez, en la pintura y en la poesía, y sería difícil precisar en cual se hallaba, más a gusto, cual practicó con más constancia o en cuál tuvo sus logros mejores”. (“Nota sobre César Moro”. En Revista de Cultura Peruana. Lima, Nº 4, enero de 1965; recogido en Escritos varios sobre arte y poesía, p. 108).
[9] Al respecto del autor de La casa de cartón, Westphalen señala: “Habremos seguramente quemado demasiadas etapas en esta tentativa por aprehender de modo más o menos coherente lo que para nosotros significa en la actualidad la poesía de M.A. Mejor sería cambiar de paso y rehacer el camino, en la medida desde luego en que una experiencia vivida en un largo período sea recobrable en apretada y sincopada síntesis.” (de “Homenaje a Martín Adán”. En Amaru Nº 9, Lima, marzo de 1969, p. 42).
[10] El poeta peruano es enfático en señalar el aporte del autor de Todas las sangres: “Envidiable destino: poseer un doble instrumento de captación de la vida y el universo, expresarse libre y gozosamente en dos idiomas de tan diversas estructuras y posibilidades de uso, aprovechar de todo el rico acervo de dos tradiciones culturales antiquísimas y en muchos aspectos disímiles y contradictorias, pero ambas válidas como sistemas para la comprensión del hombre y la exploración del cosmos. JMA tuvo la fortuna de no tener que repudiar parte alguna del doble legado.” (de Amaru Nº 11, Lima, diciembre de 1969, p. 1).
[11] A partir de la década del sesenta aparecen una serie de estudios sobre el problema de la identidad nacional, el cual lleva a sumar esfuerzos entre intelectuales de distintas áreas. Luis Rebaza Soraluz, observa que: “En esta interacción especializada, Arguedas se vincula con Westphalen (a través de la dirección de la Casa de la Cultura, de las publicaciones de trabajos etnológicos e históricos en la revista Amaru, y de las actividades de la “Peña Pancho Fierro”). (En La construcción de un artista peruano contemporáneo, Lima, PUCP, 2000, p. 47).
[12] “Presentación”. En Creación & Crítica. Homenaje a Emilio Adolfo Westphalen Nº 20. Lima, agosto de 1977, p. 2.
[13] Cabe mencionar que Martín Adán (1908-1985), otro autor importante en nuestra tradición literaria, demostró una perspectiva similar al emplear formas clásicas, tales como el soneto y la décima, para escribir sobre un tema clásico (la rosa) en sus dos primeros poemarios: La rosa de la espinela (1939) y Sonetos a la rosa (1942). El resultado de estos libros, lejos de representar una repetición de lo ya presentado, renovaron el tema y el uso de las formas elegidas.


BIBLIOGRAFÍA

BURGER, Peter. Teoría de la vanguardia. Barcelona, Ediciones Península, 1997.

REBAZA SORALUZ, Luis. La construcción de un artista peruano contemporáneo. Lima, PUCP, 2000, p. 47.

VARGAS LLOSA, Mario. “Presentación”. En: Creación & Crítica. Homenaje a Emilio Adolfo Westphalen Nº 20. Lima, agosto de 1977, p. 2

WESTPHALEN, Emilio Adolfo. “Eguren y Vallejo: dos casos ejemplares”. En: Debate Nº 37, Lima, marzo de 1986 y recogido en Escritos varios sobre arte y poesía. Lima, FCE, 1997, p. 180.

................................................. “El centenario de Lautremont”. En: Revista Letras. Lima, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Tercer Trimestre de 1946. Texto recogido en Escritos varios sobre arte y poesía. Lima, FCE, 1997, p. 81.

................................................. “Homenaje a Martín Adán”. En: Amaru Nº 9, Lima, marzo de 1969, p. 42.

................................................. “La poesía y los críticos”. En: El uso de la palabra. Lima, diciembre de 1939, p. 1.

.................................................. “Nota sobre César Moro”. En: Revista de Cultura Peruana. Lima, Nº 4, enero de 1965. Texto recogido en Escritos varios sobre arte y poesía. Lima, FCE, 1997, p. 108.

................................................... Vicente Huidobro o el obispo embotellado, Lima, Perú- Febrero de 1936.





Mauro Marino Jiménez. Bachiller en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha publicado el poemario Edades sin nombre (1998), así como diversos trabajos en creación y crítica literaria. Comparte la Dirección Cultural de ARDA Asociación de artes, así como la coedición de Revista Miríada (www.revistamiriada.org) y de la revista literaria Bocanada (www.bocanada.net).

1 comentario:

Camilo Fernández Cozman dijo...

Efectivamente, la actitud crítica es uno de los rasgos centrales de la poesía moderna y, en particular, de las vanguardias artísticas.