sábado, febrero 17, 2007


A LA ESPERA DE LA BELLEZA/ CRISTIÁN GÓMEZ OLIVARES


Tal vez el lema que pueda definir la escritura de Marcelo Pellegrini (Valparaíso, 1971, ver foto arriba) sea el que él mismo nos entrega en el que es, hasta ahora, el más sustancioso –en tamaño y cronología cubierta, por lo menos- de los libros que hasta ahora haya publicado, Ocasión de la ceniza (2003):

El poema es oscuro como el bosque y la memoria

No se trata con Pellegrini de una lectura fácil, pero sí gozosa. Los hallazgos no son de aquellos que se encuentran simplemente al caminar por las páginas del libro, sino que estamos ante una especie más bien dada al escabullimiento y, como se dice hoy en día, a la necesidad de aplazar el sentido.

Todo lo anterior es para contextualizar la reciente aparición del último libro de poesía de Pellegrini, El sol entre dos islas, poemario publicado durante el año 2005 por Manulibris, una “subsidiaria” de la ya pequeña y casi unipersonal Beuvedráis Editores, a pesar del plural.

Empiezo por una confesión: no partí con el pie derecho al leer este libro. Acostumbrado, para bien o para mal, a cierta poesía que se ha destacado por su identificación con una historia reciente de Chile, quiero decir: por una poesía de marcado tono referencial, la primera lectura del libro de Pellegrini puede resultar si no derechamente errónea, por lo menos equívoca: y es que, tal como lo dicen el epígrafe de Celan que abre el libro y la nota preliminar del autor, la belleza de la que trata este libro es una que se cierne sobre nosotros, pero no llega a una concreción palpable ni inmediata[1]. Cito los tres últimos versos del epígrafe: “(…) la tiza se paseaba escribiendo;/ abierto estaba y saludó:/ el libro que se hizo agua”. Aquí no sólo quiero hacer hincapié en la imagen de ese libro que se diluye, que no alcanza la otra orilla, sino señalar el que desde un principio símbolos tan preciados para el autor como el agua –y la luz, el cristal, el árbol, el cielo, todos ellos sancionados por la tradición, según el decir de Andrés Anwandter[2]- ocupan un lugar central de este poemario. Conformado por "Partitura de la eternidad" y "Las dos islas", El sol entre dos islas creo que puede ser leído perfectamente como un tránsito, casi como un libro de viajes sin estaciones pre-establecidas, pero en el que todo es pasajero, o al menos susceptible de convertirse en algo más. Así, y concordante con el tono establecido por el epígrafe inicial, uno de los textos que me parece central para entender este libro –¿será éste el verbo que corresponda?-, es uno que al principio pareciera pasar desapercibido, pero luego nos llama la atención en la misma medida que nos rehúye: “Waa”, voz de procedencia guayaqui, de la desaparecida tribu del mismo nombre que habitara en lo que hoy en día es Paraguay[3], que significa tanto “nacer” como “caer”, lo que para efectos de este libro no deja de ser elocuente.

El nacimiento como caída, la Historia como condena: cierta negatividad que podría leerse en este texto –un tono innegablemente reaccionario, en tanto el acontecer se entiende como punto de partida de la “caída”, casi un sinónimo de la “pérdida de la gracia-, esta negatividad, decíamos, se ve inmediatamente puesta en duda, o en suspenso, cuando vemos el apego de la mirada del hablante por compartir el espacio de los objetos y los seres en su propio contexto: así por ejemplo “Robert Duncan por la playa”, así por ejemplo “Un supermercado en California”, así también un notable texto titulado “Extraña fruta”, escrito a partir de la letra de una conocida canción de Billie Holliday, Strange Fruit, oscura parábola sobre los linchamientos de negros en el deep south norteamericano y su racismo consuetudinario[4]: en este caso no sólo el mundo representado adquiere una irónica extrañeza –el ahorcado como un fruto atípico de los árboles del sur y de las costumbres de esa gente que quemaba una enorme cruz y se vestía por completo de blanco-, sino que también el observador se sabe un extraño: un extranjero en ese lugar.

Mención aparte merece el poema “Mapache”, que no sólo se entronca con la veta de traductor de Pellegrini, parte esencial, por lo demás, de su poética[5], sino que también se condice con este ir y venir –esa extrañeza, ese nacer y caer, ese fruto que no es un fruto sino una targedia- que pareciera regir de punta a cabo este libro. La dualidad lingüística del mapache –raccoon en inglés- encuentra un paralelo en su “máscara blanca y negra también” (54), en esas “dos profundas esponjas de luz/ en los ojos” (54). Para el hablante ambos nombres –como si la cosa difiriera de su nominación- le producen y/o son producto de una extrañeza. No es gratuito: en un libro que titula otro de sus poemas “Gegenwort”, i.e., la contra-palabra, podemos ver las trazas de un espíritu o una técnica celaniana. Las dos estrofas centrales de este poema rezan:

No hay lugar en este lugar:
experiencia en el perihelio
o en la penumbra del verano.

En la isla otra isla,
llave cerrada en el corazón abierto.

Ni son meros juegos de palabras las contradicciones aquí establecidas. Por el contrario, la palabra y su contradicción, ese doble fantasmático que es también su traducción, no son necesariamente su negación, sino parte inextricable de ella. No es que la fotografía sea el positivo y el negativo, su desecho, su sombra: ambas son no un complemento, sino ese signo saussieriano en el que el significante –aun cuando su relación sea arbitraria- no es independiente del significado, como las dos caras de una hoja: páginas que intrínsecamente se necesitan. Ahora bien, no podemos obviar una condición de la escritura misma de este poemario, que nos parece guarda directa relación con el imaginario del mismo. Bajo el título del libro, en las páginas interiores, leemos una inscripción que nos da cierto marco de lectura: “Berkeley, California • 2003/2005”.

Pero, para seguir con el análisis de “Mapache”, permítanme primero traer de nuevo a colación el iluminador ensayo de Miguel Gomes antes mencionado. La tesis esgrimida por el ensayista venezolano considera lúcidamente este libro como una reacción simbólica ante los avatares de la transición democrática chilena, con posterioridad a la dictadura pinochetista, y la necesidad de dar cuenta de ella a través de un lenguaje que se juega antes por la ambigüedad que por un tono tajante y pontificial, en la misma medida que tal proceso político ha abundado en zigzagueos, prórrogas y tentativas que –de acuerdo a Gomes-, ha llevado a buen puerto las expectativas democráticas abrigadas durante los tiempos del oscurantismo militar[6]. Cito in extenso:

“Uno de los aspectos más memorables de El sol entre dos islas es su captación de la experiencia colectiva del Chile de los últimos años sin recaer en formas usuales, cansinas, fácilmente mercadeables y consumibles de testimonio. Estos poemas, de hecho, traducen una estructura de sentimiento colectiva al lenguaje de la lírica sin tener que arrastrar a ésta a dominios expresivos que le son ajenos. Si la transición a la democracia ha sido un camino lleno de incertidumbres, vacilaciones y ajustes de cuenta prorrogados, pero no por ello ha dejado de hacer realidad ciertos cambios u ofrecer un giro esperanzador para quienes anhelan un mínimo de justicia, igualmente la visión del mundo que construye esta poesía refleja vivencias en suspenso a través de las cuales el deseo intenta orientarse e insinúa su acción sobre el entorno. El desplazamiento luminoso por un espacio impreciso sintetiza ese patrón de conocimientos e intuiciones que no puede, por el momento, concretarse o verbalizarse de otra manera”.

Y aun cuando no estoy en desacuerdo con lo que expone Gomes, creo que ciertas precisiones merecen hacerse aquí. Lo primero es referente a la inscripción temporal por parte del autor, que me parece que hasta cierto punto desautoriza la anterior cita, ya que el período de escritura de El sol entre dos islas (2003-2005), no corresponde a cabalidad con la descripción hecha aquí. No por nada la publicación del Informe Valech[7], durante el período presidencial de Ricardo Lagos, es entendida por muchos como el fin de la transición, i.e., como el asentamiento ¿definitivo? de un modelo que combina dosis atendibles de participación cívica ciudadana –a pesar de que permanecen sin resolver problemáticas como la de los derechos humanos-, junto a un sistema económico neoliberal que sobrevive gracias al esquema libidinal que transversalmente se impone sobre (y seduce a) los chilenos. Lo que quiero decir, entonces, es que el Chile actual, aun sin esconder la suma de contradicciones que son parte de su rostro más visible, parece estar buscando –desesperadamente- la consolidación de un modelo representacional disociado, para bien o para mal, de la memoria inmediata del trauma[8].

En este punto quisiéramos, por lo tanto, señalar que, a nuestro parecer, una lectura distinta de este libro pasaría por relacionarlo con ciertas circunstancias vitales que podrían darnos algunas luces para seguirle la pista a este libro. Por una parte, su traslado a tierras norteamericanas, desde hace ya largos diez años o más, convierte al autor real de estos poemas en un expatriado: este dato por sí mismo sería irrelevante, de no ser porque dentro de la producción de Pellegrini este tema, aunque no explícito, es recurrente. Si revisamos, por ejemplo, su libro anterior, Ocasión de la ceniza (2003), nos encontramos con ese poema superlativo titulado “Las aguas de este océano”, mitad profesión de fe, mitad versión al castellano de un poema de Milosz que es lema y epígrafe:

Nos ha traído los ojos y el origen,
corazón repartido en el cielo,
furor de relámpago,
cabellera vecina de toda heredad.
En ella habitamos sin demora
como en el brillo del entendimiento,
entre lo real y lo irreal,
entre el irse y el volver,
entre rincones de aire y soledad.

Sería difícil, creo, ser más explícito al respecto. No abogo por leer este poema y, por extensión, El sol entre dos islas, sólo como un trasunto simbólico y escritural de la experiencia en el extranjero del autor, sino que, teniendo en cuenta esto, considerar el conjunto de este texto como una metáfora de la escritura, a saber: alguna vez, nos cuenta Pellegrini en su Confróntese con la sospecha (2006), que en una conversación con el poeta Enoc Muñoz, le preguntó a este por qué escribía. Vale la pena citar la respuesta de este último: “No sé. Tal vez la respuesta está en ese espacio en blanco que hay entre el ‘por’ y el ‘qué’”. No creemos forzar los términos de la comparación si contemplamos a la luz de estas palabras el libro que ahora reseñamos. Esa luz a medio camino entre dos islas, ese puente tendido con palabras del que tenemos noticia en la “Nota preliminar” (Pellegrini, 2005), son, en consecuencia, el espacio o el lugar de la escritura y la razón de ella, esas “vivencias en suspenso”, de las que hablara Miguel Gomes. Así como la traducción ha sido definida como lo que está in between –la frase, afortunada, es de Judith Butler-, de esta manera nosotros podemos comprender la obra toda de Marcelo Pellegrini como una escritura que o no puede o no se decide a estar aquí o allá, ya sean sus traducciones, sus ensayos o sus propios poemas, sino que se juega por ocupar una zona de difícil asidero y comprensión pero que no por eso la hace menos prístina, una especie de exilio de la palabra en la palabra, o para usar una expresión de nuestro poeta que viene ahora al calce, “un vacío lleno de sí” (Pellegrini, 2006).

Volviendo, ahora, a “Mapache” y su vaivén entre Raccoon y su contraparte castellana, por todo lo indicado anteriormente es que pensamos en el carácter de crisol de este poema, en el rol definitorio para contemplar a ese hablante que va de una a otra palabra como quien va de umbral en umbral haciendo un elogio de esa misma distancia que habita con una mezcla de melancolía y resignación. Raccoon y mapache “encarnan una extrañeza en el aire,/y su articulación es tan difícil/como cuando intentas verlo/entre los arbustos, escondido/del mundo, casi temblando/mirando fijamente” (Pellegrini, 2005). Y, sin embargo, aun ante esa alternativa que se abre frente el hablante, el poema termina titulándose “Mapache”, incluso si la última línea del poema deja abierta la duda.

La versión del exilio que nos entrega Pellegrini tiene poco que ver, por cierto, con el exilio político al que nos acostumbramos los chilenos a partir de mil novecientos setenta y tres. Es, a todas luces, un exilio voluntario que, a diferencia de lo que ocurriera en un principio con los exiliados por la dictadura, no vive con las maletas listas para volver. Pero también es, por decirlo así, más duradero, irrenunciable, en cuanto actitud plenamente asumida ante la palabra. El mundo que el autor intenta representar tiene, en consecuencia, no tanto que ver con una situación coyuntural como es la transición democrática en Chile (aun cuando distamos mucho de negar las relaciones existentes), sino que se imbrica con una necesidad expresiva fermentada al alero de, precisamente, una falta de certidumbres, en un país donde aún pena la incertidumbre por su pasado reciente. Dicho en castellano, la poética de este autor hace del desierto de lo real[9] su veta más fértil y genuina. La dificultad de nombrar no radica en una incapacidad del hablante, sino en lo inasible de su objeto. Carente de referentes –sean estos previos o no a la escritura, ese es otro tema en el que siempre hay mucho paño que cortar-, la palabra se interroga por su ejercicio con la lucidez que le permite y le exige la distancia: de la lengua, de lo que algunos llamen patria, de lo que otros entiendan por hogar. Así se explican muchos poemas de El sol entre dos islas, así, también, que el referido “Las aguas de este océano” concluya con estos versos:

No sé si todo pasó, pero,
después de mucho tiempo,
aprendí por fin a decir:
El mar es la única casa.


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Pellegrini, Marcelo. El sol entre dos islas. Santiago de Chile, Manulibris, 2005.
______________Confróntese con la sospecha. Santiago de Chile, Editorial Universitaria, col. El saber y la cultura, 2006.
______________ Ocasión de la ceniza. Santiago de Chile, Calabaza del Diablo, 2003.
Gomes, Miguel. Los umbrales del sentido en la poesía de Marcelo Pellegrini (2005). Consultado desde Proyecto Patrimonio http://www.letras.s5.com/
Shakespeare, William. Constancia y claridad. Traducción de Marcelo Pellegrini. Santiago de Chile, Manulibris, 2005.
Rexroth, Kenneth. La señal de todas las cosas. Selección, traducción, notas y comentarios de Marcelo Pellegrini y Armando Roa V. Santiago de Chile, Editorial Universitaria, col. Literatura, 2004.
Zizek, Slavoj. Welcome to the desert of the real. London, Verso, 2002.
Navia, Patricio y Eduardo Engel. Que gane “el más mejor”. Santiago de Chile, Editorial Debate, 2006.
Moulian, Tomás. (1997). Chile actual, anatomía de un mito. Santiago de Chile. Lom ediciones, serie Punto de Fuga, col. Sin norte.

NOTAS
[1] Seguimos aquí el artículo de Gomes (2006), aun cuando presentemos una propuesta de lectura que en una incierta medida difiere de la suya, aun cuando se apoya en ella.
[2]“Sobre Ocasión de la ceniza de Marcelo Pellegrini”, de la presentación que hiciera Anwandter del libro homónimo (La Calabaza del Diablo, Stgo., 2003), tercer libro de Pellegrini. Allí plantea Anwandter que “(…) la atención especial e incluso obsesiva que le concede a unas cuantas imágenes, más o menos sancionadas por la tradición poética. Se trata de la noche, del río, del pájaro, del fuego, de las luciérnagas y, particularmente, del árbol y el bosque, entre otras. Imágenes naturales y concretas que se modulan distintamente en estos poemas, en sus distintas posibilidades metafóricas (“Todo poblado de aguas,/ el bosque nos mira arder”). Es como si el poeta restringiera conscientemente su repertorio imaginario a un puñado de imágenes, de manera de conformar un lenguaje depurado, y en ese sentido, original o esencial”.
[3] Toda esta información me la facilitó por escrito el mismo Marcelo Pellegrini.
[4] Esta es la letra, escrita por Lewis Allen:

Southern trees bear strange fruit,
Blood on the leaves and blood at the root,
Black bodies swinging in the southern breeze,
Strange fruit hanging from the poplar trees.

Pastoral scene of the gallant south,
The bulging eyes and the twisted mouth,
Scent of magnolias, sweet and fresh,
Then the sudden smell of burning flesh.

Here is fruit for the crows to pluck,
For the rain to gather, for the wind to suck,
For the sun to rot, for the trees to drop,
Here is a strange and bitter crop.
[5] En Agosto del 2004, Pellegrini publicaría en Chile (Editorial Universitaria, col. Literatura), La señal de todas las cosas, una antología de Kenneth Rexroth traducida y comentada por Pellegrini y Armando Roa V. Pero la labor traductológica de Pellegrini no termina (ni empieza) aquí, sino que se remonta a, por ejemplo, sus versiones de varios ensayos de Eliot Weinberger, a los poemas de autores de lengua portuguesa incluidos en su anterior Ocasión de la ceniza (ver nota 2), a las diversas reseñas que ha publicado al respecto. Me gustaría detenerme aquí porque es evidente que para un poeta como Pellegrini la traducción de poesía no es una actividad ancilar ni secundaria, sino que dice relación con la razón misma de la escritura. A propósito de los sonetos shakespeareanos que tradujera y publicara hace poco (Constancia y claridad, William Shakespeare, selección, traducción y prólogo de Marcelo Pellegrini: Santiago de Chile, Manulibris, 2006), escribe allí nuestro poeta que una línea de Celan (traducida del alemán al francés por Denise Naville y de éste al inglés por John Felstiner) es la que le da el sentido y el carácter a su tarea de traductor: “Siendo apóstata soy fiel”. Dice Pellegrini: “ese apóstata que es fiel es la imagen por excelencia de todo el que se aventura por los meandros de este oficio: alguien que permanece leal al texto que lee, a pesar de las apostasías que comete en su contra”. Pero todavía más interesante resulta el que el autor extienda esta contradicción al tema de los veintiún sonetos que tradujo, un amor fiel e infiel, melancólico y sardónico, nuevo y antiguo al mismo tiempo. Nosotros quisiéramos extrapolar este oxímoron al mundo representado en El sol entre dos islas: significantes que no se agotan en una sola significación, sino que se mueven hacia sentidos dispersos o que, por lo menos, no han sido previamente establecidos.
[6] Una visión bastante menos optimista de lo que fuera el primer lustro de los gobiernos democráticos en Chile, es la que ofrece Tomás Moulian (1997), para quien la transición no fue sino una operación gatopardística, destinada a consolidar y convertir en intocables, las piedras angulares del sistema neoliberal implantado por Pinochet, salvaguardándolo, a través de ropajes institucionales y seudo-democráticos, de cualquier amago de cambio, proviniese este del mundo social o del político.
[7] Su nombre oficial es el de Informe de la comisión nacional sobre prisión política y tortura, comisión presidida por monseñor Sergio Valech. El Informe fue presentado en ceremonia pública el 28 de Noviembre del 2004, al presidente en ejercicio en ese entonces, Ricardo Lagos E.
[8] Navia y Engel (2006), plantean que el Estado chileno no sólo debiera proteger, sino estimular la competencia como un mecanismo de justicia social. Las precauciones que debiera tomar el Estado son las de asegurar que esa competencia sea en condiciones justas, con igualdad de oportunidades para todos.
[9] La referencia es al texto de Slavoj Zizek titulado Welcome to the desert of the real (2002).




Cristián Gómez Olivares (Santiago de Chile, 1971). Ha publicado Inessa Armand (2003) y Como un ciego en una habitación a oscuras (2005). Tiene un doctorado en Literatura Hispanoamericana y reside en Iowa City.





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